HE VISTO en televisión las imágenes de los niños de Morelia: esos 456 huérfanos o hijos pequeños de combatientes republicanos de nuestra Guerra Civil. La Universidad Nacional de México ha recuperado la filmación de su llegada al puerto de Veracruz en el «segundo año triunfal», 1937. El hallazgo y difusión de ese documento nos hizo revivir la parte más penosa de nuestra historia moderna: la del exilio de menores cuya máxima y única responsabilidad fue vivir en una época de odios y fratricidios.

Ahora, en el siglo XXI, vemos embarcaciones y columnas de refugiados que llegan a campamentos donde les esperan duras condiciones de vida, si es que sobreviven. Son también víctimas de guerras crueles o huérfanos de padres perseguidos por regímenes dictatoriales. Tendemos a pensar que eso ocurre en lejanos países y que esas cosas nunca pueden suceder en la civilizada Europa. Pues a nosotros nos ha ocurrido, y no ha sido en los tiempos de las tribus y las mesnadas. Ha sido hace solamente setenta años. Todavía hay gente que lo puede recordar. Y todavía están vivos algunos protagonistas de aquel exilio, que ayer se reunieron con el presidente Zapatero en su visita oficial a México.

¡Y después nos dicen que no se debe agitar la memoria histórica! Claro que se debe agitar. No para construir sobre ella episodios de revancha. Ni para echárnosla en cara, con su carga ideológica de enfrentamiento. Ni para suscitar nuevos odios. Se debe agitar para que conozcamos lo que nos ha ocurrido. Para que las nuevas generaciones sepan que el exilio no perdonó a nadie, y que esos niños han sufrido una desgracia que sólo fue atenuada por la «fortuna» de que alguien los acogió en un país de su mismo idioma. Otros muchos tuvieron que vivir soledades más terribles.

Eso forma parte de la memoria colectiva. Uno de los problemas de este país es que, cuando se invoca ese concepto, se hace para darle la vuelta a los acontecimientos. Se agitan las víctimas de un conflicto civil para asentar sobre ellos nuevos cimientos de rencor. En esa actitud está una parte de la nueva clase política española, que ha perdido las referencias del pasado y cree poder inventar la historia a golpes de leyes de revisión y actos de justicia que huelen a actos de represalia contra la otra mitad del país.

Los niños de Morelia, hoy tan mayores, son los hijos de una España que perdió la guerra; pero hijos de España. Ojalá el presidente del Gobierno, que ayer habló con ellos, no traiga de su apretón de manos un impulso más para revisar todo lo ocurrido en este país en el último siglo. Si alguna misión tienen los gobernantes españoles desde la muerte de Franco es que nunca más tenga que haber un niño de Morelia.