Lo mejor que se ha dicho acerca de la presencia de las letras catalanas como invitadas de honor en la feria de Frankfurt ha salido de la boca de un autor que no escribe en catalán ni en castellano. Ha sido el israelí Amos Oz el que ha expresado mejor que nadie el meollo de la cuestión. A raíz de haber sido galardonado con el premio Príncipe de Asturias de las Letras, el autor, a preguntas del tipo de dónde se ubica, si pertenece a la literatura israelí o si a una literatura judía más amplia y sin fronteras, ha respondido con honda simplicidad: "Pertenezco a la lengua hebrea, el hebreo moderno es mi instrumento musical".

Esto no es nuevo, por supuesto. Todo el mundo mínimamente culto sabe a qué literatura pertenece Kafka, judío de Praga que escribía en alemán. Por otro lado, no debemos olvidar que la feria librera de Frankfurt es, sobre todo, un gran espacio de contratación, un Construmat de los libros.Todo esto está fuera discusión, salvo si de ello se habla en Catalunya, donde el asunto se complica hasta la extenuación. Por ello vale la pena salir y escuchar la voz de autores que, desde lenguas tan o más minoritarias que el catalán, nos enseñan hasta qué punto el debate viene lastrado - digamos- por algún gran malentendido.

En las primeras páginas de Una historia de amor y oscuridad,Oz explica que sus padres, políglotas de vasta cultura que leían incansablemente, judíos ilustrados y cosmopolitas, estaban convencidos de que su hijo debía conquistar su lengua mediante lo que hoy llamaríamos inmersión. No les movía el provincianismo, todo lo contrario. El hebreo era esencial para una sociedad nueva que se forjaba sobre la diversidad heredada de la diáspora. El escritor Oz es fruto de esta inmersión lingüística en un idioma moribundo a finales del siglo XIX, hasta que Eliezer ben Yehuda transformó una lengua litúrgica en una lengua moderna y viva.

En 1992, Oz recibió el premio de la Paz de los libreros alemanes, un galardón que han recibido, entre otros, Havel, Vargas Llosa, Pamuk y Semprún (al cual, supongo, debemos considerar como escritor francés, a pesar de su nacionalidad española). ¿Es muy raro Oz por el hecho de escribir en una lengua de cerca de diez millones de hablantes marcada, además, por un proceso de recuperación y normalización que, en nuestro juego de espejos, podríamos ver tan o más politizada que el catalán? La literatura hebrea no ha sido, hasta el momento, invitada de honor a la feria de Frankfurt. Si un día eso ocurre, no creo que nadie en Tel Aviv o Jerusalén se haga preguntas del tipo: ¿las obras de Oz, al igual que las de David Grossman o del desaparecido poeta Amikhai, deben viajar a la feria del brazo de una literatura mayor o más universal,como la escrita en inglés, francés, alemán o español? Los israelíes no tienen estos complejos.

Hay quien piensa que, a la hora de salir de casa, los autores en catalán deberían asumir sin rechistar esa condición subsidiaria de ser, en realidad, un subsistema literario de lo castellano. No lo dicen así, claro está. Todo llega por caminos oblicuos y equívocos, creando una zona de hiperpolémica donde el autor en castellano aparece según convenga: un rato como víctima y otro rato como paternal valedor del pobre escritor en catalán. Pero Porcel, Monzó, Coca, Villatoro, Sòria, Lluís, Galceran, Serra, Mira o Teixidor escriben sus obras en una lengua de más de siete millones de hablantes y dentro de una tradición literaria reconocida universalmente. ¿Por qué deberían sentirse culpables o menos válidos al acudir (si es que les invitan) a Frankfurt sin las muletas de la literatura en castellano? ¿Por qué un autor catalán no puede conducirse como un autor hebreo cuando divulga su obra en el exterior? ¿Por qué los mismos que esperan que Porcel vaya a Frankfurt de la mano de un colega que escribe en castellano nunca pedirían algo similar a un autor como Oz? ¿Qué dirían estos vigilantes si la literatura invitada a Frankfurt fuera la escrita, por ejemplo, en yiddish, el rico idioma de los judíos centroeuropeos, hoy hablado por apenas tres millones de personas? ¿Con quién debería ir de la mano el desaparecido Isaac Bashevis Singer, polaco de nacimiento que escribió la mayor parte de su obra en yiddish desde su Manhattan de adopción? A Singer, por cierto, le concedieron el premio Nobel de Literatura en 1978.

A pesar de lo dicho, contar hablantes (lectores potenciales, por tanto) no significa nada a efectos de este debate. Las literaturas no pueden medirse como si se tratara de competiciones deportivas. Por otro lado, sería ridículo obviar otros factores, más allá de lo puramente demográfico. Por ejemplo, que el hebreo cuenta con el apoyo de un Estado, mientras que el catalán está a caballo de una Administración autonómica limitada política y económicamente y de una Administración central cuya asunción de las otras lenguas oficiales siempre es lateral, la mera propina. La gran política cultural de Estado desde Madrid es la proyección del castellano, en complicidad con grandes empresas de comunicación, dentro de estrategias de mercado estricto y de mercado simbólico.

Todo esto se presta a grandes distorsiones, interesadas la mayoría de las veces. Pero, si nos dejamos de miserias, volvemos a lo ya dicho: una literatura es una lengua y lo demás es accesorio. Tal vez la claridad mental del mencionado Singer nos diga mucho, hablando de otras latitudes, de algunos de nuestros males: "Los escritores en yiddish los teníamos (a los autores judíos en polaco) por personas que habían desertado de sus raíces y su cultura para integrarse en la cultura polaca, que nosotros considerábamos más joven y puede que menos importante que la nuestra. Ellos, por su parte, pensaban que los escritores en yiddish escribíamos para ignorantes, para gente sin formación, mientras que ellos lo hacían para universitarios. De modo que en ambos lados había buenas razones para despreciar al otro. Pero la verdad es que no había elección para nadie. Ellos no sabían yiddish, nosotros no sabíamos polaco".