El secuestro de Miguel Ángel Blanco fue narrado en directo por las televisiones. Como en una larga película de terror y suspense, a medida que pasaban las horas, más y más ciudadanos se identificaban con el protagonista. Su foto se apoderó de las calles y de las pantallas: ojos de mirada cándida y rasgos de buena persona que estimularon nuestros mejores sentimientos. A medida que se acercaba el bárbaro desenlace, el dramático destino del joven no solamente emocionó a los ciudadanos más sensibilizados, sino también a los que generalmente se muestran impermeables al dolor ajeno. Los bárbaros culminaron el terrorífico episodio con un final infeliz, trágico. Y una gigantesca ola de tristeza, rabia y decepción cubrió nuestra torturada piel de toro.
Lo llamaron "espíritu de Ermua", como si se tratara de una respuesta moral de la ciudadanía, pero era una pura explosión de sentimientos. De buenos y nobles sentimientos, aunque volátiles. Como sabemos, el poder de sugestión de los medios audiovisuales es enorme. Y colosal, su capacidad de suscitar y potenciar las emociones colectivas. La muerte de lady Di es el ejemplo más conocido de este tipo de reacciones emocionales gobernadas por los medios. En The queen, lúcida visión del cineasta Stephen Frears, dos personalidades políticas, pertenecientes a dos generaciones distintas, se enfrentan de manera opuesta a la explosión sentimental de las masas. Aferrada a los usos tradicionales, Isabel II se niega a hacer el juego a lo que juzga expresión de la histeria colectiva. Tony Blair intenta, en cambio, que la reina comprenda la necesidad de adaptarse a la ola sentimental (aunque, en el fondo, admire la tozudez con que Isabel se encastilla en su obsoleto, pero fundado, papel institucional).
Al final de la película, la reina cede y el político listo ayuda a la institución monárquica a surfear sobre la ola mediática. Pero el final real de Tony Blair (uno de los grandes políticos de nuestro tiempo, a pesar de todo) demuestra que las olas mediáticas acaban arrasando con todo y descabalgan al mejor surfista. A Blair le ha devorado el pacifismo ambiental, no tan distinto, en su empuje, de la ola que, en tiempos de Thatcher, aplaudió la guerra de las Malvinas. Estas olas de líquido sentimiento cambian constantemente de signo, respondiendo a arbitrarios, inconstantes y contradictorios estímulos, como bien explica el sociólogo Bauman.
En España, no eran desconocidos los momentos de catarsis mediática. Quizás el más recordado sea la crónica televisiva y el posterior aprovechamiento carroñero de la violación y asesinato de las jóvenes de Alcàsser.
Entonces el periodismo serio se rasgó las vestiduras, aunque poco después se apuntara al cultivo mediático del dolor para fines considerados serios o legítimos.
El secuestro de Miguel Ángel Blanco y su posterior ejecución convirtió a este joven político en mártir de la democracia. En el icono trágico que despertó definitivamente la sensibilidad de los españoles hacia las víctimas de ETA. Durante décadas, las víctimas del terrorismo habían estado abandonadas a su suerte. Los medios, la sociedad y los poderes apenas las arropaban. El martirio retransmitido de Miguel Ángel situó a las víctimas en el corazón de la democracia. Esta gran conquista, sin embargo, alumbró nuevas tentaciones. Descubrió el PP que las víctimas eran extremadamente útiles para dejar al adversario en fuera de juego. Y no resistió la tentación de ofrecerlas al altar de la patria, confundiendo su dolor con una determinada, discutible, visión de España. El PNV, por su parte, dejó que amainara la ola de fervor y volvió a las andadas, es decir, a la indiferencia: supeditó el sufrimiento de los amenazados por ETA a la causa supuestamente superior de la patria vasca. Situado en aparente punto medio, el PSOE lamenta ahora la instrumentalización que su adversario hace de las víctimas de ETA, pero contribuyó decisivamente a hinchar la ola de buenos sentimientos pacifistas durante la guerra de Iraq y no cesó hasta convertir al PP en el partido de la muerte.
Desde el martirio del joven Blanco, las víctimas son objeto de veneración, pero también son objeto de oscuros deseos. Dotan a las causas partidistas de épica y hervor, ingredientes preciosos, pues escasean en la política presente. Unos abanderan a Miguel Ángel Blanco, otros a Ernest Lluch. Unos se han encastillado detrás de Francisco Alcaraz y sus partidista asociación de víctimas mientras relativizan con pintorescas teorías conspirativas a los muertos del 11-M. Otros se encastillan detrás de Pilar Manjón y la tremenda tragedia de Atocha mientras con frialdad han estado hablando de una paz que congelaba el corazón de los familiares de las víctimas de ETA. Cada partido posee su particular santuario de víctimas.
Respetar la memoria de Miguel Ángel Blanco no obliga a añorar el espíritu de Ermua, fundado en la narración en directo del martirio. Es esencial mantener un recuerdo emocionado y cálido de las víctimas; pero no caliente. Pues también la distancia es necesaria. Para buscar soluciones a la tragedia. Pero para algo mucho más importante: para evitar que el cultivo morboso de la emoción se convierta en la más alta traición a las víctimas. Situar a las víctimas en los altares patrios o en los santuarios de partido es como dar a entender que la sangre ha sido útil a la causa; y el dolor, necesario. Rentable.

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