El 5 de julio de 2007, Paulino Garagorri, acaso el último gran discípulo de Ortega, acaba de irse, como dijera el maestro en su necrológica sobre Unamuno, «más allá de cualquier horizonte conocido». Su fallecimiento apenas ha despertado atención mediática. En tiempos de pensamiento blando, en días de recetarios débiles, la filosofía no se encuentra en su mejor momento. El orteguismo vive tiempos de orfandad. En los últimos años, han muerto dos de los hijos del filósofo más preclaro que ha dado nuestro idioma, José y Miguel Ortega Spottorno. Muy poco después de cumplirse el cincuentenario de la muerte de Ortega, falleció Julián Marías. Y ahora, en este verano de 2007, abandona la vida Paulino Garagorri.
Discreta e importante la tarea que llevó a cabo este discípulo de Ortega nacido en San Sebastián en 1916. También difícil y compleja. En los años ochenta, Alianza empieza a reeditar la mayor parte de las obras del filósofo, que llevaban la nota preliminar de Garagorri. Casi siempre había añadidos con respecto a anteriores ediciones, de desigual importancia.
A este respecto, téngase en cuenta algo de sumo interés. A poco que se conozca la trayectoria vital e intelectual de Ortega, se entenderán las enormes dificultades que entraña publicar parte no desdeñable de las obras del filósofo, sobre todo aquellos textos que se escribían para conferencias o cursos, que no estaban concebidos en principio como libros. Y no se olvide de otro lado que hay artículos políticos de Ortega que no se editaron en formato de libro hasta los años ochenta. Ello, sin perder de vista, las obras inconclusas de Ortega, como «La idea de Principio en Leibniz», donde no resulta nada fácil la ordenación del texto. Pues bien, la tarea de poner orden en todo esto fue llevada a cabo, entre otros, por Garagorri. También por nuestro Fernando Vela, cuya dedicación al orteguismo dista mucho a día de hoy de haber sido justamente reconocida.
Garagorri sustituyó en 1963 a Fernando Vela en la «Revista de Occidente». Y, dentro de las terribles limitaciones políticas de aquellos años, incorporó en lo posible aires de libertad a través de la empresa cultural más prestigiosa que había fundado el maestro cuarenta años antes.
Por otro lado, la presencia de Garagorri en la primera etapa de Alianza Editorial tuvo una relevancia innegable. No sólo se dedicó a poner prólogo y notas a las obras de Ortega, sino que se encargó también de otros grandes autores de nuestra Edad de Plata. Pongamos como ejemplo la edición de los «Escritos políticos» de Pérez de Ayala en 1967. Entre las últimas entregas de Garagorri, recomiendo encarecidamente que el lector transite su «Introducción a Américo Castro» (Alianza, 1984).
Hombre discreto, enemigo de actuaciones circenses, que huyó en todo momento de cualquier protagonismo, sufrió, con todo, las represalias del último franquismo. En enero de 1969 es desterrado a un pueblo de la serranía de Cuenca, de cuyo nombre vale la pena acordarse: Tragacete. Se tomó tal medida por haber empleado la ironía a la hora de referirse al régimen en el transcurso de una de sus clases en la Facultad de Políticas de Madrid, donde era profesor de Filosofía.
Es injusto que la muerte de Garragori pase desapercibida en la España de hoy. Y es lamentable que no se tenga presente para entender la España del momento lo que fue la filosofía como materia de enseñanza en la Universidad franquista. Una España y una Universidad que rezaron en ejercicios espirituales por «la conversión de Ortega», y no hay licencia literaria alguna en esto que digo. Una España y una Universidad que no apoyaron la candidatura de Ortega al Premio Nobel. El dato que sigue es escalofriante: ni un solo profesor de Filosofía de la Universidad española apoyó la candidatura de Ortega al premio Nobel. ¿Cuántos españoles medianamente cultos conocen esta información? Nos tememos que muy pocos.
Se trata de la misma España y de la misma Universidad que no dejaron sitio a Julián Marías en el Alma Máter, a pesar de su conservadurismo, pues era discípulo de Ortega, y no se decantaba por aquel escolasticismo mohoso que se revivió en la Universidad española a partir de la posguerra. Una España cuya prensa no se hacía eco de los enormes reconocimientos que Ortega tenía en Europa y en los Estados Unidos durante los últimos años de su vida.
Paulino Garagorri fue un orteguiano en tiempos difíciles. Un hombre cuya elegancia abominaba de los brazos en alto y de la filosofía de los tonsurados a los que se refería el maestro Ortega en su libro inacabado sobre Leibniz.
Orteguiano en tiempos difíciles. Discreto y elegante a lo largo de toda su vida. Ortega fue su circunstancia vital y profesional.
Sirva este artículo de recordatorio y desquite hacia una figura muy relevante dentro del orteguismo, un orteguismo que tiene mucho que decir en la España de hoy, que vuelve la espalda a todo lo que no sea pensamiento blando, a todo lo que no sea fárrago de encargo, a todo lo que no sea, en materia de pensamiento, efímero e inconsistente.

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