Con la última de las doce campanadas del 14 de agosto de 1947 se cerraron trescientos años de gobierno británico en el subcontinente indio, que entonces se partió en dos, Pakistán e India, después de uno de los traspasos de poder más trágicos de la historia. El último virrey de India, lord Mountbatten, convenció a los hindúes, contrarios a partir el subcontinente, de la necesidad de la división, cosa que satisfizo a los musulmanes, que temían un solo país mayoritariamente hindú. Pero a Mountbatten le tembló el tiralíneas, por lo que tuvo que echarle una mano su esposa, quien mantenía una apasionada relación con Nehru, el padre de la independencia india.

Nehru tenía una idea clara de lo que quería construir: una estable democracia en uno de los países más pobres, más poblados y más socialmente divididos del mundo. Por eso el último británico de la escena india fue Nehru, un indio fabiano educado en Cambridge, que construyó una India democrática, socializante y laica. Cincuenta años después, India ha cambiado, pero es una democracia y una superpotencia emergente.

La idea del Pakistán musulmán nunca ha sido clara, pese a la voluntad de su fundador, Mohamed Ali Jina, un musulmán de maneras victorianas. Pakistán se fundó sobre una alianza feudal entre el liderazgo militar, los terratenientes y la elite económica, aunque una chanza pakistaní lo explica mejor: "Todos los países tienen un ejército, pero aquí es el ejército el que tiene un país". No obstante, Pakistán sigue siendo un enigma. Es un país cliente de Washington, pero recela de Estados Unidos; participa en la guerra contra el terrorismo,pero fabrica talibanes y miembros de Al Qaeda; y la ciencia y la educación no abundan (sólo el 43,5% de los mayores de 15 años no es analfabeto, mientras que en India el listón sube al 61%), pero tiene la bomba atómica.

Stephen Philip Cohen, autor de The idea of Pakistan (2004), ha explicado lo que mueve a los pakistaníes: a India no hay que dejarle pasar ni una, la bomba atómica garantiza la seguridad, hay que recuperar Cachemira, una profunda reforma social es inaceptable y el vociferante nacionalismo musulmán es preferible al islamismo. El resultado es que el ejército, que tiene grandes intereses comerciales, industriales y rurales, nunca ha permitido que un gobierno electo terminara su mandato.

La economía de Pakistán es débil, dependiente de las remesas de los pakistaníes en el extranjero. Pero Pakistán es un sofisticado ejemplo de clientelismo. La guerra contra los soviéticos en Afganistán le proporcionaron dineros procedentes de Estados Unidos y Arabia Saudí: la rivalidad con India le granjeó la ayuda de China, y la segunda guerra afgana le ha procurado un maná estadounidense. Eso no ha sido suficiente, sin embargo, para evitar que Pakistán esté entre los primeros doce estados fallidos del mundo, por delante de Corea del Norte, según el Failed State Index de este año. ¿Cómo, en estas circunstancias, el ejército sigue mandando, incluso si tiene que desprenderse de Musharraf? Muy simple. En Egipto, Mubarak detiene a los islamistas, pero los tolera. En cambio, el líder de la oposición democrática, Ayman Nour, ha sido condenado a cinco años de cárcel. ¿Por qué? Porque Mubarak quiere que la única alternativa sea el temido islamismo. Musharraf se las tiene con los partidos laicos, que están acogotados, para que la única alternativa sea lo que más teme Estados Unidos.