Todavía me dura la indignación que me provocó la lectura, hace unos días, de un magnífico reportaje de Daniel Verdú y Oriol Güell en EL PAÍS. Contaba la historia de Teresa Ramírez, de 69 años, que se pasó los seis últimos meses de su vida quejándose de espantosos dolores en el costado. Como había tenido algunos antecedentes de artrosis, los diversos médicos que la vieron decidieron sin más que se trataba de eso, y a pesar de que el dolor era atroz y no remitía con la medicación, no se les ocurrió hacer otras pruebas, ni siquiera una simple ecografía o una analítica con marcadores hepáticos. Al cabo de meses de tortura, se descubrió que Teresa tenía un cáncer de hígado. Ya estaba tan avanzado que murió a los pocos días, aunque, tratado a tiempo, su tumor tenía unas posibilidades de remisión en el 35% al 45% de los casos. Por no hablar de ese medio año de agonía infernal.
Con todo, lo peor no es el error en sí, la necia ceguera de los médicos y su empecinamiento en no ver más que lo que esperaban encontrar, sino el trato que dieron a Teresa. Porque les fastidiaba que se quejara, que las medicinas que le recetaban no funcionaran, que les dijera que su sufrimiento era inaguantable. Pero, cómo, ¿iba a saber la enferma de su enfermedad más que ellos, grandes gurúes de la carne doliente? En uno de los desesperados ingresos de Teresa en urgencias, los médicos apuntaron en el informe: "La paciente es muy demandante, demanda cita ahora con algún especialista o que le hagamos una resonancia o incluso que la ingresemos". Incluso, fíjense. La enferma está tan loca que se atreve a decirnos a nosotros que debemos ingresarla. Muy demandante. Una histérica, en fin. Una pesada que se inventa los dolores y que de ese modo estropea los estupendos diagnósticos de sus doctores. "No se queje tanto, que seguro que yo tengo males peores", le llegó a decir uno de los facultativos, según cuentan las hijas de la víctima. Y, naturalmente, le aconsejaron que fuera a un psiquiatra. Era una depresiva, eso creían. Sí, desde luego debe de ser muy deprimente morirte entre dolores brutales totalmente abandonada por tus médicos.
Hay un par de palabras que deberían ser erradicadas del vocabulario médico por los abusos que generan, y son los términos psicosomático y somatizar. Hubo una época en la que algunas dolencias tenían el sambenito de ser consideradas psicosomáticas, como, por ejemplo, la úlcera de estómago; y, más que diagnosticar a los enfermos este tipo de males, se les acusaba de ellos, como si el paciente fuera un chiflado obstinado en dañarse y el único responsable de su situación. Hoy esta terminología ha caído en desuso, porque ahora se sabe que el estado psíquico influye en todas las dolencias: todas son psicosomáticas, de algún modo. Además ha habido importantes descubrimientos científicos (como el hallazgo de la bacteria helicobacter pylori, desencadenante de muchas úlceras gástricas), que demuestran que las enfermedades son hechos complejos, y que recurrir a meras explicaciones de somatización es un simplismo. Pero todavía quedan muchos marmolillos, doctores carentes de humildad, de rigor y de empatía, que siguen culpabilizando a los enfermos de su propia ineptitud. Desde luego hay, por fortuna, médicos maravillosos, pero también hay otros tan pagados de sí mismos y tan ignorantes que, si no saben qué le ocurre al paciente, recurren enseguida al lastimoso comodín de la enfermedad imaginaria. Médicos iracundos porque el enfermo se niega a obedecerles y persiste en sus síntomas, el muy taimado.
Es probable que esto suceda sobre todo con las mujeres. Si la que se queja es una mujer, y además de cierta edad, como Teresa, siglos de prejuicios médicos y machistas pueden caer sobre ella. Recordemos que la palabra histeria viene de útero, y que durante muchos años se vació quirúrgicamente a las mujeres a la menor excusa, con el convencimiento de que semejante mutilación las tranquilizaba. De manera que tal vez las mujeres estén más expuestas a estas tropelías. Aunque Daniel y Oriol contaban también en el reportaje el caso de un varón de 63 años que murió en 2004 por un cáncer en el riñón; los médicos no se lo detectaron (tampoco le hicieron ecografías) y acabaron ingresando al pobre hombre en psiquiatría. Pero ya ven, el paciente era escayolista. Un hombre modesto. Me temo que, a mayor modestia y desprotección del enfermo (cultural, económica, social, de género, de edad), más proclives serán los doctores a no hacerles ni caso y a abusar de ellos. Me refiero a los malos doctores. Que además son malvados.

Tras leer los artículos de opinión remitidos por diversos lectores a esta revista con respecto al artículo de Rosa Montero: "Médicos iracundos y enfermos indefensos", tuve mucha curiosidad por conocer el contenido de dicho artículo. Tras haberlo leído me di cuenta que la escritora por un lado está criticando unos hechos en concreto y , por otro, el comportamiento de unos profesionales que partiparon de ellos y que ni mucho menos representan a todo el colectivo.
Tengo 26 años, soy diplomada en enfermería y estudio medicina. Mi experiencia laboral es escasa, pero intensa. He trabajado en cuidados intesivos y en atención primaria y he visto y tratado a personas de todo tipo en muy distintas situaciones. Yo me tomo muy en serio mi trabajo y mi formación, porque para mi es vocacional. Deseo ser médico desde que tenía uso de razón y como enfermera he podido experimentar el lado más humano de esta profesión, tanto en su lado positivo como negativo. Y les puedo asegurar que he aprendido muchas cosas de todas y cada una de esas situaciones.
Una de ellas es que es totalmente irracional generalizar y, por lo tanto, hay que tener en cuenta que en todos los gremios y colectivos hay buenos y malos profesionales; personas que se preocupan por estar al día en su trabajo y otras que no. Hay profesionales con un sentido de la humanidad muy agudo y una gran sensibilidad y preocupación hacia las vidas humanas que se ponen en sus manos y; que demuestran día a día su gran sentido de la responsabilidad hacia su trabajo y otros que no. Pero esto también es aplicable a otras profesiones. Por ejemplo, un ingeniero de caminos que ha de construir un puente o un arquitecto que diseña un edificio; si hacen mal el cálculo de estructuras y no se toman en serio los proyectos que tienen en sus manos de una forma responsable, también pueden poner en peligro la vida de las personas que circulan por esos puentes o edificios, porque al haber errado en el cálculo se pueden venir abajo y hemos visto un ejemplo de esto hace muy poco en televisión en EE.UU, y no por eso se le demoniza de forma general.
La ley general de sanidad de 1986 establece los derechos y deberes tanto de profesionales como de usuarios. Yo como usuaria tengo derecho a usar las hojas de reclamaciones cuando considere que no se me está tratando con el respeto y la atención que requiero, pero también tengo el deber de hacer un uso responsable de los servicios que se me prestan y de cuidar las instalaciones que todos pagamos con nuestros impuestos. Y como profesional tengo derecho a ese mismo respeto; respeto hacia mi persona y respeto hacia el trabajo que desempeño. Y, además tengo el deber de ponerme al día en mis conocimientos para prestar la mejor atención a las personas que trato, teniendo en cuenta que trato enfermos y no enfermedades, que por lo tanto, sienten, piensan y actúan en consecuencia.
Creo que no hay que ser alarmistas ni tener miedo, sólo hay que preocuparse por informarnos de nuestros derechos y de cumplir con nuestro deber lo mejor posible, ya seamos usuarios o profeionales. Porque una persona sin información es una persona sin opinión y siempre hay que tener en cuenta todos los argumentos y no quedarnos sólo con una parte de la historia.