ALGO QUE DECLARAR

Cada vez suenan más nítidas las voces convencidas de que la estrategia seguida en Irak es un fracaso. Tanto, que a pesar de que el presidente Bush quería un verano tranquilo no parece que el 15 de septiembre, fecha propuesta para discutir un cambio de estrategia, colme las aspiraciones ni de unos ni de otros. Para ese día se ha fijado la presentación de las conclusiones del jefe de las fuerzas en Irak, el general David Petraeus. Pero mientras en el bando republicano han empezado las deserciones, el propio Petraeus ha comentado que para entonces todavía no tendrá un diagnóstico riguroso como para tomar decisiones fundamentales. La revelación parecería sorprendente si no fuera porque ya nadie es capaz de responder qué hacen allí los soldados. ¿Contener una guerra civil, mantener una ocupación o intentar establecer una base contra la insurgencia fundamentalista islámica? Precisamente por esta indefinición el momento político se acelera y el cambio de estrategia, como apuntaba esta semana el New York Times solo dibuja un camino, el del regreso a casa.

Irak, no obstante, ni puede ocultar ni debe eludir preguntas todavía pendientes sobre otros frentes abiertos, que nos afectan más directamente. Al Qaeda está más fuerte que nunca. Y no es por alarmar, es la conclusión del informe de expertos en contra-terrorismo que maneja a estas horas la Casa Blanca. Un informe que destaca entre sus conclusiones más claras la inutilidad de la guerra y las bombas para desmantelar la red terrorista internacional. Mientras se llevan a cabo estas prácticas, los discípulos de Bin Laden se han hecho fuertes en las zonas tribales, una franja entre Pakistán y Afganistán que abarca miles de kilómetros, libres del control de ningún Estado. En otras palabras y sin eufemismos, lo que apunta el informe es que estamos perdiendo la guerra contra el terror y no precisamente en Irak.

La torpeza de la intervención en este país no debería hacernos perder la perspectiva. Fue en Afganistán donde se inició la respuesta a los atentados del 11 de Septiembre. La búsqueda de Bin Laden y el final del régimen talibán animó la primera coalición contra el terror.

Por eso fuimos al país de las montañas y los desiertos lejanos. Pero desde entonces los terroristas solo han hecho que crecer, crecer y crecer. Su actividad es tan frenética que el sello de Al Qaeda está presente en todos los escenarios que preocupan internacionalmente. ¿Imaginan la logística para estar en tantos frentes al mismo tiempo? Desde los campos de refugiados palestinos en Líbano hasta la mezquita Roja de Islamabad, incluyendo atentados frustrados en Europa, no hay un rincón libre de la amenaza de este grupo.

Aunque solo fuera por eso, ¿no deberíamos preguntarnos también por la salud y el sentido de una intervención, que a la sombra de Irak, nadie cuestiona? ¿Qué demonios hacemos en Afganistán? Si creemos a nuestro Gobierno, estamos en misión humanitaria y de reconstrucción. Pero ¿tiene sentido reconstruir un país cuando todavía está en guerra? Para defender esos intereses hay que luchar y en ocasiones matar, es decir, somos parte del conflicto. ¿Tenemos claros los objetivos por los que mantenemos a nuestro ejército allá? Porque si ya nadie duda que la respuesta militar es inútil para frenar a los terroristas, quizá no haga falta esperar a un próximo informe para empezar a pensar que la estrategia militar en esos desiertos tiene tan poco sentido como la ocupación de Irak.