CUADERNO DE MADRID

Y a ti, ¿por qué te interesa Galicia?, suelta de pronto Uxío Labarta, con su mirada triste, alegre y submarina. Labarta es biólogo del mar, trabaja para el Centro Superior de Investigaciones Científicas y lee La Vanguardia, porque se ha hartado, como muchos, del navajeo obsesivo de la prensa madrileña.

- Dímelo, ¿qué es lo que te interesa de Galicia?, insiste, al verme clavado en esos cinco segundos de silencioso cálculo que todo catalán lleva siempre encima; ese momento mercantil: no fos cas que quedessim malament.

- Me interesa por la sirena que apareció preñada en una de las playas de Arousa y de la que algunos gallegos descendéis...

- ¡Eso lo escribió Álvaro Cunqueiro!, replica Uxío, emergiendo del fondo de sus recuerdos. La dejó preñada, nadie sabe cómo, Roldán, el sobrino de Carlomagno muerto en la emboscada de los vascos en Roncesvalles. Es una leyenda que también interesó a Valle-Inclán.

- Y al niño, que tampoco se sabe bien cómo nació, le pusieron de nombre Palatinus, porque su padre era paladín: fuerte y valeroso. Y de Palatinus vino Paadin. Y luego Padin. De manera que todos los gallegos que se apellidan Padin descienden de la sirenita de Arousa...

- Ten en cuenta que las sirenas no tienen ombligo, insiste Labarta, que de los misterios del mar sabe mucho. Cunqueiro, sin embargo, cita a un sabio gallego de hace un siglo, Narciso Correal y Freire de Andrade, que creyó hallar la solución: estando con Roldán, la sirenita se bajó la cola de pez, dulcemente, como si fuese una falda.

- Cunqueiro ha sido el mejor de nuestros escritores, tercia Ramón Villares, que asiste a la conversación con una sorna infinita bajo los bigotes. El historiador Villares, ex rector de la Universidad de Santiago, preside el Consello da Cultura Galega y coordina junto con el catalán Josep Fontana los doce volúmenes de una nueva y ambiciosa Historia de España, concebida desde la pluralidad de los orígenes peninsulares. Un relato pocas veces intentado.

Y entonces brindamos por Cunqueiro. Por todos los gallegos que se llaman Padin, y por el reino submarino de Ys, allá por la Bretaña, que fue motivo de grandes disputas eclesiásticas, puesto que cerca de él -en una catedral sumergida- se conservaban los huesos de los doctores que litigaron con el Niño Jesús en el templo. Nos acompaña, divertido e inquieto, el periodista Anxo Lujilde, eficaz corresponsal de este diario en Galicia. Santiago de Compostela, miércoles por la noche.

El escritor Suso de Toro se remueve un poco en la silla, cuando, un día después, también en Santiago, le hablo, con gran entusiasmo, de la ironía extrema de Cunqueiro. Protesta.

- Cunqueiro era muy bueno, no te lo niego. De los mejores. Pero no te dejes confundir por la ironía gallega. La ironía siempre es una máscara; un mecanismo de defensa. Y, a veces, una trampa. Galicia no es tan suave como mucha gente cree. Ésta es una sociedad muy dura, muy contradictoria, violenta, incluso. Ahora Galicia está en una fase de cambio importante, pero aún es difícil distinguir lo nuevo de lo viejo. El nuevo poder político se ha instalado en la horma del fraguismo, y, desde ahí, se mueve cautamente. Piensa que éste es un país todavía humillado. Coge el diccionario de la RAE , busca gallego y verás como la acepción referida a nuestro idioma aparece en séptimo lugar, por detrás tonto y tartamudo. eso admisible?

- También veo la huella de Nietzsche en Galicia, respondo. En algunas actitudes actuales y en Valle-Inclán, sobre todo.

Suso salta de alegría. "¡Yo soy de Valle!", exclama. Y acabamos deambulando, ya de noche, por el enorme claustro de uno de los palacios diocesanos de Santiago. Densa penumbra y un furtivo rayo de luna que, de improviso, nos acaricia. Hablamos de los orígenes. De Juana la Beltraneja, que aspiró al trono de Castilla con el apoyo de parte de la nobleza gallega. De la implacable doma de Galicia, ordenada, de inmediato, por su hermanastra Isabel la Católica. Y de Cara de Plata, comedia bárbara de Valle-Inclán, de final terrible. Después de robarle la novia a su hijo, don Juan Manuel Montenegro cierra el paso a sus campesinos, que van en procesión a la ermita. Hay un forcejeo y se impone la voluntad de poder: el Santo Cáliz cae al suelo. Silencio. Las sirenas se esconden en el fondo del mar, la ironía se queda sin máscara y se autodestruye el deseo. Hay un pánico sagrado. Y grita el de Montenegro:

- ¡Tengo miedo de ser el diablo!