JUICIO POR UNA MASACRE: LAS VICTIMAS
11-M: 'dramatis personae'
Fueron la preocupación más urgente. Y fueron también una duda, pero ésa se despejó nada más empezar. La preocupación tenía que ver con su adecuada asistencia. El presidente del tribunal había mandado preparar una sala especial, fuera de la del juicio, para alojarles en ella, y dispuso un equipo de psicólogos para atender posibles crisis de ansiedad. Eran personas que, o habían perdido a los suyos de aquella manera salvaje e inicua, o habían sufrido personalmente en su cuerpo y en su alma el ataque inabarcable de ese atentado infernal. La duda era de otro tipo: existía el temor fundado de que la ira de las víctimas acabara desbordándose ante la vista de esos casi 30 sujetos acusados de haber participado en la matanza. No se sabía qué iba a pasar.
Pero no pasó apenas nada. Ni gritos, ni tumultos, ni nada que no fuera una enorme indignación contenida y una tensión muy evidente, pero administrada con mucha más serenidad de la que una pensaba que podía acopiarse en un ánimo tan maltratado. Algunas víctimas se acercaban al cubículo de cristal para mirar de cerca la cara de los procesados y fijar sus rostros en la memoria. Otras les hacían un gesto de desprecio o amenaza. Nada más. Era el diálogo imposible de los inocentes con los culpables.
La sala destinada a ellos nunca estuvo abarrotada y a veces, incluso, estuvo vacía. Sucedió que muchos de los afectados tardaron algún tiempo en atreverse a acudir al juicio. Enfrentarse a tanto dolor y a los rostros de quienes lo han provocado requiere un valor del que no siempre y no todo el mundo dispone. El primer día vinieron los más valerosos, pero casi se confundieron entre tanto periodista como poblaba ese día las instalaciones de la Audiencia Nacional. Luego se vio que algunos, como Pilar Manjón, estaban decididos a presenciar todos los actos, a escuchar todas las versiones, a valorar todos los detalles, hasta el último instante de la vista oral. Otros venían de vez en cuando.
Y no es que no hubiera tensión, que la hubo. La hubo entre las distintas asociaciones de víctimas, que tenían visiones distintas de cómo había de abordarse el proceso. Y la hubo, por lo tanto, entre los abogados que defendían los criterios de sus respectivos clientes. A veces saltaron chispas ahí.
Pero había otra clase de tensión posible que resultaba mucho más temible y más estremecedora. La sola idea de que las víctimas presentes en la vista, o las que estuvieran siguiendo el juicio por televisión desde sus casas, fueran a escuchar el relato de los hechos, de cómo habían quedado los cuerpos tras las explosiones, u oyeran las escenas terribles que los forenses vivieron en el pabellón de Ifema ante la llegada de bolsas con cuerpos despedazados mientras se oía, insistente, el timbrazo repetido de decenas de teléfonos móviles, la sola idea de saber que estaban asistiendo a semejante calvario ponía los pelos de punta. ¿Cómo no iban a echarse a llorar ante eso? ¿Cómo no iba a haber tensión? Pero todo sucedió mucho más pausadamente de lo que los culpables merecían. Las víctimas de este atentado, como las de tantos otros padecidos en nuestro país, reaccionaron como siempre: de una manera asombrosa.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados