CARTA DEL DIRECTOR

Espero no ofender demasiado a ese grupo de abonados puristas del Teatro Real que nos han escrito a las empresas patrocinadoras, pidiéndonos que nos lo pensemos dos veces antes de seguir fomentando el desenfreno de algunos montajes recientes, si dejo constancia de que mi segundo mayor deseo como modesto amante de la ópera sería poder ver a la sexy soprano rusa Anna Netrebko en una producción lo más desenfrenada posible del transgresor Calixto Bieito. O en todo caso obtener la inmediata absolución de tan clásico tribunal al añadir que mi primer deseo habría sido conocer a Nellie Melba. Y es que lo único más interesante que una prima donna guapísima es una prima donna misteriosa y magnética.

La bautizada como Helen Porter Mitchell en una localidad australiana próxima a Melbourne debió de ser ambas cosas en grado superlativo, pues su acariciadora voz de terciopelo con agudos de platino -de la que aún queda constancia en las grabaciones de los primeros tiempos de la industria discográfica- no basta para explicar el profundo impacto que aquella joven, llegada de las antípodas, causó en el Londres del cambio de guardia entre el siglo XIX y el XX.Coronada como reina del bel canto en el templo del Covent Garden, ella fue, sin embargo, mucho más que una gran diva de la ópera. Casi se podría decir que desde que, a instancias de su profesora de música, inventó su nombre artístico -Melba tenía que ser, pues venía de Melbourne-, cien años antes de que se acuñara el concepto, ella empezó a comportarse ya como una personalidad mediática.

El mimetismo hacia su forma de hacer, decir, vestir y peinarse llegó a ser una de las obsesiones del momento. Incluso sus preferencias en la mesa hicieron época y aún alargan su huella hasta las cartas de los restaurantes de nuestros días. Cuando el chef del Hotel Savoy, Auguste Escoffier, supo que a la diva le encantaba el helado, pero no se atrevía a tomarlo a menudo por miedo a que afectara a sus cuerdas vocales, decidió aprovechar una cena en su honor para inventar un postre a su medida. Tomó como base las dos mejores frutas del verano, mezclando trozos de melocotón con una salsa de frambuesa, añadió mermelada de grosella, lo adornó con trozos de barquillo y dejó el helado como una simple base a deglutir mezclada con todo ello. Aprovechando que la cantante acababa de representar Lohengrin, el postre fue servido en unos cuencos helados con forma de cisne. Señoras y señores, acababa de nacer el Melocotón Melba.

Poco después cayó enferma y hubo que ponerla a dieta. Podía tomar muy pocos alimentos sólidos, pero el médico recomendó que no faltara el pan tostado. El propio Escoffier tomó cartas en el asunto, introduciendo la moda del tostado en dos fases. Entre medias cortaba el pan en tiras longitudinales que terminaban resultando doblemente crujientes. Con ustedes... las Tostadas Melba.

Pero su impronta no sólo alcanzó a los ámbitos de la moda y la alimentación, sino que llegó también a configurar toda una sociología de la popularidad. Nellie Melba entendía los mecanismos de la fama como muy pocos artistas de cualquier generación. Era consciente de las fantasías, las ilusiones, la ansiedad y el deseo que sus actuaciones despertaban en el público. Del juego de dependencia y posesión que la unía con sus fans. Y de que no había mejor técnica para alimentar ese apetito que la hábil intercalación de temporadas de ayuno. La oportunidad de regresar a través de una gira triunfal a su nativa Australia le permitió así retirarse de los escenarios europeos, tras realizar memorables despedidas. Un par de años después la jugada se repetía a la inversa, diciendo adiós a sus paisanos para preparar su histórica reaparición en el Covent Garden.

El problema fue que, a base de tanto manejar esos resortes, la drogadicción por los aplausos sobre el escenario terminó apoderándose de ella e incluso a medida que iba perdiendo facultades y atractivo físico ya no era capaz de retirarse sino pensando en cómo orquestar su nuevo regreso. Cualquiera puede descargar por internet la grabación de una de sus últimas despedidas, cuando al final de la representación explicó al público londinense que no decía goodbye sino sólo farewell para que les fuera bien durante el tiempo en que dejaran de verse.

Como de lo sublime a lo ridículo hay siempre un breve trayecto, llegó un momento en que las retiradas y reapariciones de la artista pasaron a convertirse en elementos tópicos del paisaje operístico e incluso en objeto de chanza y malevolencia. Así cualquier mutis por el foro seguido de una nueva irrupción en escena quedó caracterizado como hacer un nellie melba. Pronto la expresión se utilizó tanto para el marketing del retorno como para la descripción de las despedidas especialmente premiosas. Así alguien escribió que el primer gran nellie melba de la historia fue el de la resurrección de Lázaro y que Frank Sinatra fue el mayor virtuoso -se olvidaba, desde luego, de los Stones- en la ejecución de los nellie melbas con los que mantuvo el fuego de su fama encendido hasta el fin de sus días.

Hace sólo unas semanas era el ex primer ministro John Major quien rompía su silencio de discreto jubilado para rogar públicamente a su sucesor Tony Blair que «acabara de una vez» su interminable nellie melba y entregara, al fin, el relevo a Gordon Brown. La mejor prueba de la distinta actitud entre quien se resignó a ver concluida su era y la de quien no parece concebir otra vida sino la pública, fue la duración del lapso de tiempo entre la salida de Blair de Downing Street y su ávida aceptación del cargo de Alto Comisionado de la ONU, Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea para Oriente Medio: 24 horas.

Todos sabemos a cual de estas dos categorías pertenecen Rodrigo Rato y José Bono. Aunque al segundo se le note más que al primero -eso y todo-, ni el uno ni el otro han podido ocultar el mono que les ha producido el abandono del primer plano de la política española. En el caso del ex vicepresidente del PP el síndrome de abstinencia ha durado ya más de tres años, pero ha quedado atenuado -al modo de los tratamientos con metadona- por el paliativo de los oropeles del Fondo Monetario Internacional. El ex ministro de Defensa socialista lleva menos de la mitad de ese tiempo fuera del poder, pero no habiendo encontrado otra vía de desenganche que los viajes a lugares remotos y estando a punto de agotar el catálogo de destinos exóticos de todas las agencias especializadas en turismo de aventura, de un momento a otro va a empezar a comerse las uñas de ansiedad. Está bien, está contento, se siente cómodo, pero se aburre de forma pertinaz.

Un buen baremo para medir las segundas intenciones de las retiradas definitivas de ambos es la cantidad de entrevistas concedidas por uno y otro a lo largo de este tiempo con la condición de no hablar de lo que más importaba a los lectores: su vuelta a la arena política. El periodista fingía aceptar, Rato y Bono fingían creer que el periodista cumpliría su palabra, el periodista preguntaba luego lo que tenía que preguntar, Rato y Bono se salían por la tangente y todos tan contentos. El lector sabía leer entre líneas y bastaba con que el desmentido no fuera el más categórico de los que el idioma castellano incluye en su repertorio para que el sobrentendido funcionara. No era su diagnóstico sobre las grandes tendencias mundiales de la economía lo que atraía a los reporteros españoles al despacho del director del FMI en Washington. Ni tampoco era su ingenio para proporcionar buenos titulares lo que convertía al socialista manchego en el político en paro más solicitado por la prensa. Todos queríamos ser los primeros en dar la noticia de sus inexorables nellie melbas.

Uno y otro están ahora en pleno proceso de gestación y en ambos casos con buen diagnóstico. Los dos se han refugiado en el burladero de las «razones familiares» para justificar sus pasos, pero no han llegado nunca ni siquiera a despistar a nadie. Y no porque no tengan una vida privada rica y plena -que, en la medida de mis conocimientos, la tienen- sino porque las pasiones humanas no son vasos comunicantes en los que el superávit de felicidad doméstica permita compensar otros déficit. Por bien que les vaya en su espacio más personal, Rato y Bono siempre necesitarán jugar una partida simultánea en el tablero de la estrategia política con todos los focos encendidos sobre ellos. Podrán ganar o perder, acertar o equivocarse, pero no podrán evitar la tentación de mover ficha.

Rato lo tiene más difícil de entrada, pero con un mejor horizonte. Sus dos problemas esenciales son que no deja de haber un ingrediente de capricho e irresponsabilidad en su súbita espantada de Washington y que su regreso a España coincide -inesperadamente- con uno de los momentos más tambaleantes del liderazgo de Rajoy. Y hago el inciso de lo imprevisto porque hay algo muy extraño en la percepción de la figura de un jefe de la oposición que, tras ganar las primeras elecciones de ámbito nacional en siete años, no logra transformar ese impulso en un auge en popularidad e intención de voto. Ni los supuestamente nefastos consejos de Arriola, ni el tratamiento distorsionado que transmite la madrastra televisual, ni la injusticia de un formato que otorga innumerables ventajas al presidente, bastan para explicar por qué Rajoy pierde todos los debates frente a un parlamentario mucho menos brillante que él como Zapatero.

Eso no significa, claro está, que no pueda ganar las elecciones, si hay un número suficiente de españoles que se den cuenta a tiempo de las calamidades que están incubándose de resultas de los garrafales errores del actual presidente. En ese escenario un Rodrigo Rato que ya se ha puesto formalmente "a disposición" de su partido, podría volver a ser zar de la economía, zar de la política exterior o zar de las alianzas con las minorías con rango otra vez de vicepresidente. Y si, en cambio, lo hoy por hoy más probable sucede, se convertiría -una vez dentro del grupo parlamentario- en el principal favorito del nuevo hipódromo sucesorio que, con reglas muy diferentes del anterior, se pondría en marcha en el PP.Bono tiene un aterrizaje más sencillo, pero un itinerario más abrupto. Su principal activo es también su gran lastre: hay muchos más votantes del PSOE adictos a su idea de España que a la de Zapatero y todo el mundo lo sabe. Con su proverbial frialdad el presidente está buscando la fórmula para contar con su tirón electoral sin que luego le complique la vida como germen de una alternativa dentro del Gobierno y del partido. De ahí la prematura y jactanciosa idea de venderle la rutilante piel de la presidencia del Congreso aun antes de haber cazado el oso de la mayoría electoral. A Bono le conviene que los promotores de la idea piensen que esa alta función institucional le neutralizaría políticamente -tal y como en la práctica ha sucedido hasta ahora con todos los titulares del cargo-, pero, por mucho que se aplique a ello, nunca logrará emular las artes del disimulo de su mentor Enrique Tierno y ocultar su convencimiento de que su caso sería diferente. De su boca saldrán en todo caso, a medida que se acerque la convocatoria electoral, las más encendidas declaraciones de lealtad a Zapatero y las más aceradas -e impostadas- descalificaciones contra el PP.Siendo muchas las cosas que les diferencian y muy distintos sus caracteres -Rato deslumbra como un astro que se digna acercar su órbita a la de los mortales, Bono provoca la empatía de todo lo que se cocina a pie de calle-, uno y otro están en todo caso unidos por el abrazo de esa mantis religiosa a la que en su versión light, como droga de diseño, llamamos vocación política y a la que en su amenazante realidad, cuando cada chute precisa ampliar la dosis, conocemos como ambición de poder.

Ambos son muy inteligentes y creen dominar sus propios actos. Pero yo les llevo observando hace tiempo muy de cerca y creo tenerlos lo suficientemente calados como para haber sugerido a Ricardo Martínez que los dibujara hoy como esclavos de la fama -camareros y chevaliers servants al mismo tiempo-, recreando uno de los episodios que más contribuyeron a moldear la leyenda de Nellie Melba como reina de la sofisticación y los placeres prohibidos. Ocurrió cuando la diva tuvo el arranque de comentar delante de su vecino el magnate Hans Irving, propietario de las famosas bodegas Seppelt, que algún día le gustaría experimentar la sensación de darse un baño de burbujas de champán. Poco después recibió una invitación para visitar al viticultor y se encontró con que en medio de las viejas cavas, protegida por unos biombos, había una bañera a su disposición, en la que dos asistentes fueron derramando hasta 152 botellas de la mejor cosecha espumosa de Seppelt.

Lo más gracioso del caso es que, según consta en la contabilidad de la bodega, ese día no se despacharon 152 botellas sino 153. Queda para la imaginación del lector la duda de si la botella restante la compartió la prima donna con su anfitrión o con aquellos dos nada sacrificados esclavos de la fama. No sería mal tema para empezar una conversación si algún día Rato y Bono, Bono y Rato, tuvieran que sentarse a discutir grandes asuntos de Estado, representando a los dos principales partidos españoles al máximo nivel.

Aunque también podría ser que eso no llegara a suceder nunca y que tan sólo coincidieran como dos simples amigos entorno a una mesa, recordando aquella reflexión con la que Antonio Chenel Antoñete, protagonista de los más memorables nellie melbas de la historia de la fiesta nacional, se burlaba de sus propias reapariciones: «Todos los toreros nos morimos soñando que vamos a volver a torear, porque la faena perfecta es la que nos llevamos a la tumba».

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