LA NUEVA AGENDA POLITICA: La opinión
A lo largo de años y años de rivalidad soterrada pero feroz, las diferencias políticas entre Gordon Brown y Tony Blair no han dejado de ser resaltadas de manera escandalosa por sus respectivos seguidores. La idea de que Brown era un radical obligado a disimular porque estaba preso en las garras del thatcherismo indisimulado de Blair no ha sido nunca más que una pura ilusión o una fantasía paranoide: tanto el uno como el otro han sido los arquitectos del Nuevo Laborismo y de su entrega en brazos del atlantismo neoliberal.
Sin embargo, también resulta obvio que un gobierno de Brown no podría estar nunca a la derecha de uno de Blair; la ley de la gravedad política no lo permitiría. Se advierte palpablemente en el Partido Laborista una «sensación de alivio», por emplear la expresión que utilizó el parlamentario Jon Cruddas. A juzgar por las encuestas de opinión, ese sentimiento también resuena como un eco por todo el país. Michael Meacher, que se presentó como candidato frente a Brown en las elecciones que nunca se celebraron a la dirección del partido, lo describe como «un comienzo sorprendentemente bueno; fundamentalmente, porque no está Blair». Se han recibido con satisfacción general las propuestas de Brown en favor de reformas democráticas y de una más amplia rendición de cuentas ante el Parlamento, así como su decisión de vaciar de cierto contenido el discurso de la reina al anunciar por adelantado las leyes que va a presentar.
Buena parte de la música general de fondo ha sido asimismo bien recibida, desde la aceptación por Brown de que las desigualdades crecientes constituyen un problema que hay que abordar, hasta sus nombramientos de un funcionario de la ONU y crítico de la Guerra de Irak como Mark Malloch-Brown para el cargo de secretario de Estado de Asuntos Exteriores y el de David Miliband -nada partidario del mencionado conflicto- como ministro y jefe suyo.
La propuesta de reducir el papel futuro del sector privado en el Sistema Nacional de Salud y el anuncio de que se multiplicarán las becas para beneficiar a unos cientos de miles más de universitarios han contribuido a crear la sensación de que es posible que la dirección política esté cambiando de manera real, como también ha ayudado el compromiso asumido por Brown de atajar la disminución del número de viviendas de precio asequible.
Sin embargo, hay otras decisiones que simplemente parecen prometer más de lo mismo -un lo mismo bien poco apetecible- y algunas ya han provocado el escándalo entre los partidarios naturales del Laborismo. Entre las primeras han figurado los nombramientos del ex director general de la CBI [equivalente a la CEOE española], el conservador radical Sir Digby Jones, como ministro de Comercio e Inversiones, y del magnate capitalista Damon Buffini como miembro del Consejo Empresarial del Gobierno. Al renunciar a taparse siquiera con la hoja de parra de un sindicalista para mantener un cierto equilibrio, con la incorporación de personas que representan la cara más repugnante del capitalismo británico ha dado la impresión de que envía una señal calculada en el sentido de que la contemporización con el poder empresarial más arrogante va a continuar sin el menor disimulo.
Esta impresión se ha visto subrayada por la insistencia de John Hutton, el nuevo secretario de Empresa, en que el Laborismo se ha propuesto disputar a los conservadores su papel como partido natural de la empresa, seguida de la confirmación de Ed Balls, responsable de Infancia, de que se dará más cancha al polémico programa de academias ciudadanas patrocinado desde instancias privadas.
La dirección tomada por este Gobierno dependerá no sólo de las preferencias de sus dirigentes, sino de las circunstancias y las presiones políticas y sociales en las que se desenvuelva. Si Brown está dispuesto a adoptar una trayectoria diferente de la de su predecesor, son necesarias nuevas políticas que dispongan desde ahora mismo de apoyo político y popular.
El primer cambio de política tiene que consistir en poner punto final al papel del Reino Unido en la catastrófica ocupación de Irak. No sólo por una cuestión de principios, sino también porque representaría una ruptura decisiva con la herencia blairista de engaños y servilismo hacia EEUU. El segundo de los cambios ha de ser poner coto a la privatización de los servicios públicos y recuperar el control de los ferrocarriles. El fomento decidido de la prestación privada de servicios públicos, promovido por el gobierno de Tony Blair, ha sido caro, ineficaz e impopular, al tiempo que las administraciones de Gales y Escocia han puesto de manifiesto los beneficios políticos que cabe obtener de abandonar esa vía.
Por otra parte, si el plan de vivienda social de Brown pretende ser creíble, el primer ministro va a tener que permitir que los municipios y los inquilinos opten por soluciones públicas frente a las privadas. El tercer cambio ha de consistir en una subida de los impuestos de los sueldos más altos como parte de un plan más ambicioso de medidas que inviertan el crecimiento de las desigualdades. Antes de que el Nuevo Laborismo accediera al poder, Brown hizo saber que pretendía aumentar hasta el 50% el gravamen máximo sobre los ingresos anuales superiores a 100.000 esterlinas [unos 150.000 euros al cambio actual] en el impuesto sobre la renta, pero Blair se lo impidió. Ahora tiene la oportunidad de llevar adelante su plan original.
Junto con otras políticas que ya deberían haberse puesto en marcha -tales como la mejora de los derechos laborales y medidas más estrictas de defensa del medio ambiente-, los cambios mencionados no exigirían ninguna modificación fundamental de las propuestas del Gobierno. Tampoco son de un radicalismo especial. Sin embargo, contribuirían a volver a conectar el Ejecutivo con la mayoría de la opinión pública y con sus propios partidarios.
Si hay que reelegir a los laboristas para un cuarto mandato, y si para ello tienen que recuperar a los votantes de la clase obrera y de la clase media progresista que se ha dejado en el camino, no hay que seguir una trayectoria que ha ido perdiendo cada vez más crédito. Lo que puede salvar a Brown es la presión que se haga sobre él para que emprenda algunos cambios de verdad..
Seumas Milne es analista del diario británico The Guardian.
© Mundinteractivos, S.A.

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