Con muchas más oficinas y empleados que los bancos, las cajas de ahorros representan más de la mitad del mercado financiero español, se sitúan en lugares destacados de los rankings y desarrollan una gestión moderna dentro de los parámetros del sector. Tal vez por esto prácticamente toda la población es cliente de alguna caja, dando validez a uno de sus atributos comerciales básicos, la confianza basada en la seguridad y la prudencia, factor histórico pero vigente, y dando valor a un atributo más tangible como el servicio al cliente, en cantidad y calidad. No obstante la modernidad que destilan estos puntos, las cajas de ahorros aún descansan en estructuras de propiedad y objetivos sociales algo anclados en el pasado, aparte de no tributar por beneficios. De naturaleza fundacional, sin finalidad de lucro, captan e invierten los ahorros de sus clientes, destinan los beneficios a obras sociales y a reforzarse financieramente. En frente, los bancos, empresas con accionistas que buscan negocio, que controlan a sus directivos y que ante resultados pobres venden sus acciones y enfocan hacia otros horizontes. La existencia dos tipos de organizaciones tan heterogéneas compitiendo en un mismo mercado constituye una singularidad cada vez más rara.
En la empresa capitalista imperante en nuestro sistema se ejerce control a dos niveles: interno, por parte de la propiedad sobre la dirección, y externo, por parte del mercado de valores y por parte del mercado de control, el que da lugar a las conocidas opa. En las cajas, organizaciones sin propietarios claramente definidos, el control es mayormente interno (entidades fundadoras, directivos, empleados, impositores, cuando no es político, como ocurre en unos pocos casos), a través de órganos legalmente regulados. En la práctica, casi todo el poder de la organización recae en los equipos directivos, con el riesgo universal en este tipo de situaciones de que puntualmente se den conductas oportunistas o que se actúe con motivaciones desviadas. En prevención de ello, se les exigen algunas obligaciones informativas más estrictas que en los bancos.
No deja de ser algo chocante que muchas cajas se conviertan en propietarias de empresas capitalistas y actúen como tales, como debe ser, nombrando y controlando sus directivos, comprando y vendiendo acciones, aplicando en definitiva unos criterios de propiedad y control que no pueden aplicar en casa.
En lo referente a las funciones de las cajas, administrar los recursos de sus clientes es plenamente vigente, actuando igual que los bancos; no es tan vigente la denominada obra social, debido a la creciente cobertura de muchas parcelas de la misma por parte del Estado de bienestar. Precisamente de ahí viene el interés político en supervisar y, en lo posible, intervenir en la toma de decisiones. Pero ¿alguien duda que el estado desatendería colectivos que ahora atienden las cajas si éstas no lo hicieran? En cambio, su protagonismo en el ámbito cultural y de patrocinio es mucho más argumentable. Por tanto, luces y sombras, y en cualquier caso la obra social no justificaría en la actualidad su existencia.
En el siglo XXI, en plena vorágine de empresa privada incluso en los servicios más básicos, parece necesaria una revisión de los pilares contractuales de las cajas (objeto y estructura de propiedad, y en consecuencia control). El trato fiscal diferenciado de sus competidores tampoco parece poder perdurar, aunque los bancos se quejan de hace mucho sin éxito. Veremos a dónde llevan los cambios que sin duda se sucederán en el futuro. Convertir las cajas en instituciones públicas sería un error, nada estimula tanto la eficiencia como tener que competir. Veo más probable que a la larga estas históricas instituciones acaben privatizándose, pero Dios me libre de decirlo con demasiada convicción a la vista de que 1) a las propias cajas, que no son un don nadie en el sistema financiero español, les va bien el esquema vigente, 2) el legislador no tiene prisa en cambiar su estatus, como máximo les obliga a más niveles de transparencia, 3) el regulador está relativamente satisfecho de cómo operan, y 4) aunque es un punto aparentemente accesorio, millones y millones de impositores (en cierto modo singulares propietarios de organizaciones singulares) avalan la figura. En cualquier caso, lo que sea, sin prisas.
MODEST GUINJOAN, Consulting Barcelona Economia y UPF.

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