Cumple treinta años la defensa del Estado, a cargo de un ministro civil. El de las fuerzas armadas ha sido uno de los cambios más notables de la vida oficial española, de cara a la homologación con las democracias europeas y a la integración en el sistema de la seguridad colectiva. Con la guerra, y tras ella, la vida civil quedó militarizada. Mandaba, con autoridad plena, un capitán general al frente de un gobierno de predominio castrense. De ministro de la Presidencia, un almirante, y otros tres titulares de máximo rango como representantes de las diferentes ramas, uno por cada arma. Otras carteras clave, tales como Gobernación e Industria, solían entregarse a otros tantos generales. En provincias, la mayor parte de los gobiernos civiles, y muchas jefaturas de policía, también fueron confiados a jefes del ejército. E incluso la presidencia de varios sindicatos verticales. Durante lustros, dominó una psicología social cuartelera.

La normalización democrática trajo un nuevo concepto de la defensa, subordinada al poder civil. Si bien la Constitución de la nueva monarquía parlamentaria, refrendada por el pueblo soberano, aprobó que la jefatura suprema de las fuerzas armadas recayera en el jefe del Estado. En el caso de don Juan Carlos, la de un rey soldado, cuya formación técnica en las diferentes academias lo revistió de autoridad suplementaria que abortó el insensato golpe del 23-F de 1981. La casi unánime plana mayor obedeció las órdenes de la cadena de mando que confluía en el Rey. Fue una suerte.

La nueva política democrática devolvió las fuerzas armadas a sus funciones normales, consagradas a la misión esencial: la defensa del territorio, en condiciones análogas a la de los aliados occidentales. A escala euroamericana, la experiencia de la última Gran Guerra puso de manifiesto que la supervivencia de las democracias dependía de su voluntad de defensa. Nada más inseguro que una democracia débil. Las libertades, garantizadas por la convivencia pacífica, exigen una protección disuasiva frente a los peligros que conllevan radicalismos agresivos.

Otra de las lecciones de ineludible adaptación a los nuevos tiempos ha sido la realidad de la interdependencia de los estados; en nuestro caso de los europeos, igual en materia política que de seguridad. Además, el cambio de hábitos coincidió con la elevada tecnificación de los armas modernas y con la tendencia general hacia la profesionalización, a la que obliga el manejo de la revolucionaria tecnología.

Todo ello tuvo por resultado primordiales aprendizajes en los órganos de la defensa, en concordancia con las instituciones de la seguridad colectiva, sea de la OTAN, de la ONU o de las proyectadas fuerzas de acción rápida de la UE. En todas ellas participa la defensa española la cual, a través de misiones especiales en varias partes del orbe, ha adquirido experiencias equiparables a las de sus aliados. Cabe afirmar que, en materia defensiva, este país va camino de estar al día. La paz en libertad bien lo merece.