Recuerdo muy bien el momento en que me enteré del plan de acción de la primera guerra de Líbano. Fue durante la tarde del 6 de junio de 1982. Estábamos reunidos unos cincuenta profesores, todos en la reserva; era el primer día de la guerra. Esa tarde me quedé atónito cuando nuestro oficial, que acababa de salir del pozo,nos reveló la finalidad de la guerra, llamada entonces "guerra por la paz en Galilea". Meses después, el primer ministro de entonces, el fallecido Menahem Begin, y el jefe de la oposición, Shimon Peres, que votó junto a su grupo parlamentario a favor de la guerra, dijeron que desconocían las intenciones originales que habían promovido esa guerra.

Sin embargo, nosotros, igual que otros muchos, supimos muy bien, y desde el primer momento, cuál era el ambicioso plan, que finalmente acabó en un rotundo fracaso. El plan era destruir el pequeño Estado que la OLP había montado en el sur de Líbano, ocupar la ciudad de Beirut, aliarse con los cristianos y los drusos, y, junto con ellos, establecer un nuevo gobierno que firmaría la paz con Israel. No se hablaba de llegar a cuarenta kilómetros de Beirut, sino de ocupar la capital de un país árabe, algo que Israel nunca se había atrevido a hacer.

Una semana después algunos de nosotros volvimos a casa; entre ellos, mi amigo Avi Rabitzky, catedrático de Filosofía judía en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Cualquier oficial sabe que puede mandar a un soldado a luchar en una guerra en la que él mismo no cree, pero nadie puede obligarle a justificar delante de sus soldados una guerra que él considera desde el primer día un acto estúpido, perverso e innecesario.

De hecho, han pasado los años y el tiempo ha dado la razón a aquellos que dudaron desde el principio de la necesidad y utilidad de esa guerra. Miles de soldados murieron o fueron heridos en ella, se invirtieron ingentes recursos en la contienda, se produjo la masacre de Sabra y Chatila, se enrareció el ambiente con Egipto, se rebelaron los chiíes en el sur y se creó Hizbulah, y sobre todo, aquella OLP que había sido liquidada en Líbano volvería años más tarde, procedente de Túnez, a Cisjordania y a la franja de Gaza. Mucha sangre se derramó en vano, aumentó el caos en Líbano y creció la tensión política en la zona. Y de este modo ocurrió que con los años la guerra cambió de nombre y pasó a ser llamada simplemente "la guerra de Líbano".

Hace un año, el 12 de julio, las milicias de Hizbulah, desde el otro lado de la frontera reconocida internacionalmente, atacaron a las tropas israelíes. Ocho soldados murieron y otros dos fueron capturados. Además, Hizbulah lanzó misiles sobre las poblaciones del norte de Israel. No volveré a relatar todo lo que aconteció hace un año. Es bien sabido por todos. La rotunda reacción de Israel al ataque estaba justificada moralmente y así lo entendió la mayor parte de la comunidad internacional, incluidos algunos países árabes.

No obstante, también es cierto que la guerra se prolongó más de lo debido y puso al descubierto los numerosos puntos débiles en el ejército israelí y en los sistemas de defensa de las localidades del norte. En cualquier caso, también es cierto que las debilidades y los errores no implican necesariamente falta de legitimidad, del mismo modo que las victorias y los éxitos tampoco conllevan legitimidad. La guerra de hace un año sí que fue realmente la guerra por la paz en Galilea, y no en cambio la primera guerra de Líbano, inmersa en el caos y la destrucción causados por Begin y Sharon.

¿Cabe la posibilidad de que haya paz en Galilea en el futuro? No lo sé. Si la guerra que estalló hace un año y que ahora recordamos no se convierte sólo en una retahíla de culpas y reproches, sino que da lugar a que se lleven a cabo cambios urgentes tanto en el ejército israelí como en los sistemas de protección de las poblaciones del norte, y sobre todo sirve para promover de verdad un acuerdo de paz con Siria, sí es posible que en el futuro la paz reine en el norte de Israel, un norte más amplio de lo que creemos, y que llega incluso hasta las callejuelas de Tel Aviv.

A. B. YEHOSHUA, escritor israelí, inspirador del movimiento Paz Ahora. Traducción: Sonia de Pedro.