Esta ha sido una semana plagada de tomas de posesión y de discursos programáticos. El lunes bien temprano mientras Vicente Alvarez Areces obtenía el respaldo del parlamento asturiano para un tercer mandato, en Madrid los nuevos ministros de José Luis Rodríguez Zapatero prometían sus cargos y poco después se sabía que José Bono, siempre inquieto en la retaguardia, decidía volver al primer plano de la actividad política. Y en el resto de España han ido formándose los gobiernos autonómicos una vez acomodadas las mayorías salidas de las urnas.
Como la política tiene una gran importancia para los medios de comunicación -no sé si para la mayor parte de los ciudadanos vista la alta abstención del 27 de mayo- hemos ido conociendo muchos detalles profesionales y personales de los ministros y consejeros que acceden al cargo por primera vez. Hemos visto como el presidente Zapatero ha combinado la elección de militantes destacados junto a expertos de prestigio y defensores de ideas progresistas. Es el caso de Bernat Soria, quien no goza de beneplácito eclesial tan importante en un país en el que la religión vuelve a ser ariete e instrumento de debate. Más prudente ha sido la elección de César Antonio Molina, uno de esos gestores intelectuales que gozan de un bien merecido prestigio. El caso de Carmen Chacón es indiferente: los políticos profesionales valen para cualquier desarreglo y, a pesar de su entusiasmo inicial, habrá que ver si es capaz de reconducir la polémica de los mini-pisos de la desafortunada María Antonia Trujillo quien, de vuelta a Extremadura, puede ir de tertulia con su mentor, el ex presidente Juan Carlos Rodríguez Ibarra.
PARECIA CANTADA la salida de esa ministra de bajo perfil y de la dicharachera Carmen Calvo, pero no tanto la de Jordi Sevilla, que da la impresión de haber sido competente, y desde luego es un ciudadano responsable porque fue en metro a entregar la cartera a su sucesora para hacer visible que se baja del coche oficial. Un coche que ha dejado de funcionar para Izquierda Unida en Asturias, confirmada la ruptura del pacto de izquierdas que sostuvo al Gobierno en los cuatro años anteriores.
Para un político de largo recorrido como Alvarez Areces no es un papel nuevo el de gobernar en minoría, pero no por eso será de su gusto. Una cosa es salvar el debate de investidura en el que la habilidad del legislador permite gobiernos en minoría al impedir los votos en contra y otra el día a día parlamentario y, en especial, los presupuestos anuales. Estos días han circulado muchas teorías sobre las causas de la ruptura y en el debate de investidura se cruzaron acusaciones mutuas entre el presidente y Jesús Iglesias, viejos conocidos, por otra parte, de circunstancias similares en el ayuntamiento de Gijón. Con independencia quien cargue con la responsabilidad, lo que si parece claro es que muchos socialistas estaban incómodos con la coalición en el gobierno, más por pequeños detalles que por las grandes decisiones en las que hubo sintonía salvo casos muy puntuales como la presa de Caleao o el uso del asturiano. Y que, por el contrario, en IU han vivido toda la legislatura pendientes de que sus méritos no fueran capitalizados por la más potente maquinaria de su socio de gobierno.
Resulta sorprendente, no obstante, que después de tantas jornadas de negociación se produjese un corte tan brusco: por lo que han dado a entender había los mismos desacuerdos que son bien conocidos pero también una voluntad de continuar. Así lo han reiterado desde Izquierda Unida que una vez fuera han pedido con reiteración retomar las negociaciones ante el ademán impasible de Javier Fernández y Fernando Lastra.
Es llamativo también que los socialistas que han pactado todo lo posible en el resto de las comunidades hayan optado por un gobierno monocolor aquí. Sea cual sea la razón para cerrar el capítulo, parece claro que en el sanedrín de la FSA había intención de navegar en solitario: por la incomodidad de los cuatro años anteriores, por la necesidad de llegar a acuerdos con el PP en la futura reforma del Estatuto, para reforzar su posición hegemónica o incluso por razones internas con las que se ha especulado mucho.
DE LA LECTURA de los textos y las declaraciones se colige que en IU no se imaginaban en el escenario de volver a la oposición pura y dura y no se atisban posibilidades de reeditar la famosa pinza con el PP, que fue especialmente duro en sus críticas durante la legislatura pasada. Pero ya se sabe que en política cabe todo. Por ejemplo el giro de Ovidio Sánchez, instalado en la perpetua oposición, que ofrece la mano a los socialistas para los grandes asuntos de la región. Al PP le viene mucho mejor un gobierno débil que otro con capacidad de gestión y con suficiente apoyo parlamentario.
El Gobierno monocolor de Areces es, en fin, un poco más de lo mismo, aunque paritario, con muy pocos cambios y el intento evidente de diluir el pasado de IU en el gabinete reestructurando por completo las que habían sido consejerías de Laura González y Quico Valledor. Un gobierno en el que el presidente seguirá siendo su principal portavoz y quien llevará el peso político junto a Ana Rosa Migoya, situada ahora en el meollo. No ha habido ningún guiño a los sectores que Zapatero procura cuidar con ministros procedentes de la judicatura o de la cultura aunque carezcan de carné socialista, por lo que aquí se habla de gestión, que no está mal, pero también hay que intentar ilusionar con alguna novedad, algún gesto que no se ha producido.
Mario Bango. Periodista.

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