Una nueva identificación de los intereses nacionales en el seno de la Unión Europea parece acompañar la crisis de identidad del proyecto constitucional, aflorada con el fracaso del referéndum correspondiente en Francia y Holanda.

El debate abierto por Nicolás Sarkozy sobre el marco de autonomía política en que se aloja la independencia del Banco Central Europeo, establecida en el Tratado de Maastricht, es algo que trasciende lo linealmente económico y monetario resumido en el asunto de la independencia del BCE.

Francia tiene razones para definir una cuestión que antes o después habría de suscitarse. El asunto planteado por el nuevo huésped del Elíseo no estriba en un debate de teoría económica, sobre el primado de la estabilidad monetaria y la conveniencia de acabar con la inflación como se acabó la viruela, o con la peste bubónica en Europa, al desaparecer los barrios de casas construidas en madera en donde medraba la rata negra cuyas pulgas transmitían la muerte en masa. Lo que ha hecho en Bruselas ante los ministros de Economía de la UE ha sido insistir en la denuncia de unas condiciones de asimetría que Francia soporta a la hora de repartir los frutos y costes de la disciplina monetaria que administra el Banco Central Europeo.

Lo más notable del tema es que su encaje específico corresponde al espacio, dentro de la política europea, ocupado por el binomio franco-alemán, tras de la derrota de la socialdemocracia alemana en las últimas elecciones federales, con la consecuente desaparición política de Gerhard Schröder, y la amortización de Jacques Chirac. Del eje París-Berlín, origen del frustrado Tratado Constitucional, apenas subsisten dispersos escombros. Y del proyecto europeo contenido en el Tratado Constitucional con naufragio franco-holandés, ocurre asimismo otro tanto.

La energía como telón de fondo

El cuadro de las insistencias sarkozianas sobre el funcionamiento del Banco Central Europeo está más cerca del perfil de las preocupaciones de la Europa de la Ceca, la Comunidad del Carbón y del Acero, que de esa otra Europa de los Ciudadanos y, por supuesto, de la Europa del Tratado de Maastricht. Lo suyo cabe entenderlo poco menos que como una repristinación de la Europa de los Intereses, es decir, de la Paleoeuropa de los padres fundadores.

¿Por qué la procurada política de convergencia presupuestaria no está acompañada, por ejemplo, de una convergencia suficiente en política energética? Si aquélla resultó imprescindible para la unificación monetaria y la estabilidad económica de la Unión, puede estar pensando el presidente francés, también habría que acercar las opciones energéticas nacionales, verbigracia, en términos de dependencia del exterior y para cuanto signifique blindarse, en la mayor medida posible, frente a la inseguridad de los suministros y las subidas de los precios de los hidrocarburos.

El fortalecimiento del euro frente al dólar inherente a los distintos modelos de gestión monetaria seguida por la Reserva Federal, que es más laxo y flexible frente a los riesgos de inflación, y del BCE, mucho más rígido, hace que Europa pueda absorber mejor el encarecimiento del barril de petróleo, cuyo precio está nominado en dólares. De ahí que a las economías más dependientes del exterior en sus necesidades energéticas les convenga un euro revaluado si, en su balanza comercial, las importaciones de hidrocarburos aventajan significativamente al peso de sus exportaciones, frenadas siempre por las monedas duras.

Francia, con el problema energético resuelto por vía de su todo nuclear (un 80 por ciento de sus consumos eléctricos soportados por la energía de fisión y una tasa de independencia energética del 50 por ciento), mientras que Alemania, con la vulnerabilidad ante los hidrocarburos expresada por sólo su 13 por ciento de generación eléctrica de origen nuclear –lo que se traduce en un peso de sus importaciones energéticas equivalentes, como Italia, al 0,4 por ciento del PIB respectivo–, son desacordes en este particular para lo que respecta a los criterios de gestión de la estabilidad monetaria en el Banco Central Europeo.

Son cifras de diferencia que se disparan, entre Francia y Alemania e Italia, cuando se repercuten los costes del Protocolo de Kioto medidos en derechos de emisión. Aunque los alemanes, a la hora de pactar el Protocolo, deslizaran como base de derechos históricos propios a contaminar las cuentas del desfase industrial de la Alemania comunista.

Ojo, por tanto, al discurso de Nicolás Sarkozy sobre la política europea. A todos los efectos, parte de los escombros del eje franco-alemán. Sobreviene nueva escenificación y distinta política.