En la tarde del domingo pasado coincidieron, casi a un tiempo, en nuestra pantallas de televisión dos manifestaciones deportivas de primerísimo orden. En ambas había españoles en la cabecera como demostración del nivel deportivo de la España que podemos llamar moderna, entre otras razones por su magnífico papel en el deporte internacional.

Tenía lugar la final del torneo de Wimbledon, que colocaba frente a frente a la pareja, en este momento, mejor del mundo. El mallorquín Rafael Nadal venía de ganar el gran trofeo parisién de Roland Garros y el suizo Federer, a su vez, ha cosechado también este año otras finales de campeonato. El envite era esperado porque si Rafael Nadal parece imbatible en tierra batida, Federer todavía es el campeón sobre hierba. La hierba no dejó de funcionar y Federer ganó pero, como se ha dicho, por los pelos. En un par o tres de momentos Nadal parecía llevarse el match,pero los servicios o saques de Federer acabaron por doblegar al enérgico manacorense.

Quisiera señalar que el tenis, deporte inventado, como casi todos, en Inglaterra, es quizá el único que ha conservado ciertos modales y maneras que se han perdido en otros estadios o campos de juego. Todavía en Wimbledon se aplaude al perdedor y las buenas jugadas, sean de uno o de otro. Al final, el segundo clasificado levanta también una copa, más modesta que la del primero, pero aparece como triunfador y dedica unas palabras al público. Rafa Nadal no aludió a las cuatro horas del match del día anterior, con interrupciones a causa de la lluvia, y si no encontró excusas al cansancio, tampoco a un golpe que sufrió, durante el encuentro, en una rodilla. Elogió al ganador, aunque dijo que él había mejorado bastante respecto al año anterior frente al mismo contendiente. Habló en inglés para un público entregado. No pudo, en cambio, hablar en francés en su Roland Garros, que lleva ganando varios años. Prometió al público de París que el año próximo saludaría en francés. Federer ha igualado el récord de Borg (cinco copas), quien estaba sentado en la grada como mudo testimonio. Subrayo con satisfacción los parabienes, saludos y aplausos, casi sin distinción, entre el primero y el segundo clasificados.

También en Inglaterra, en el circuito de Silverstone, se disputaba, aquella tarde, el campeonato de fórmula 1. El asturiano Fernando Alonso, que quedó en segundo lugar, no tuvo las mismas amables palabras que su compatriota Nadal. No las tiene nunca. Si pierde, es porque el contrincante le ha hecho alguna jugarreta o bien porque la caja de cambios no le ha funcionado, o los neumáticos estaban demasiado hinchados. Campeón del mundo, últimamente su estrella empieza a palidecer justamente al lado de un compañero de equipo o de escudería, Lewis Hamilton. Más joven que Alonso, Hamilton le lleva delantera en la clasificación del Mundial de hogaño y no es fácil que lo alcance, aunque el domingo pasado el español le sacó unos puntos. Independientemente de los discursos de la fórmula 1, el colocado en segundo lugar, como el tercero, suben al podio al mismo tiempo. Allí se duchan recíprocamente con champán después de, ocasionalmente, escuchar sus himnos nacionales.

En otros deportes, sin embargo, los segundos no cuentan para nada. Sólo los primeros quedan aureolados y casi endiosados. A un segundón que se quejaba de la diferencia le replicó un federativo: "Vosotros sois los primeros... de los perdedores". Este segundo lugar, que debería en algo enaltecerse, es el que ha sufrido el Barça en el Campeonato de Liga del presente año. Fue segundo, también por un pelo, es decir, por un gol del último minuto de un jugador del Espanyol, que empataba el partido que el Barça venía ganando, a diferencia de su rival, el Real Madrid. Sólo la diferencia de goles separó a ambos, ya que en puntos quedaron igualados. Este segundo lugar ha sido considerado por propios y extraños como una pequeña catástrofe.

Es un poco irritante que en el deporte moderno las diferencias que a veces - en las carreras- son de milésimas de segundo constituyan resultados tan determinantes y tajantes. Ser finalista antes era un timbre de gloria. Ahora no. Los que quedan en segundo lugar en un campeonato suelen salir del estadio entre sollozos hacia el vestuario.

Primeros o segundos, el fútbol español, como otros deportes, vive un buen momento. Cierto es que los mejores cracks de los equipos de bandera suelen ser extranjeros. Pero no es menos cierto que por primera vez en los últimos tiempos jugadores españoles van a mejorar equipos europeos. En este momento, que yo recuerde, dos jugadores están en equipos KRAHN de Inglaterra, cuna del fútbol. El catalán Fábregas, en el Arsenal, y el madrileño Fernando Torres, en el Liverpool.

Y si del fútbol pasamos al baloncesto veremos que desde hace algunos años otro catalán, Pau Gasol, juega en la NBA norteamericana, llamada la Liga de las Estrellas mundiales. Sólo tienen cabida los verdaderamente sobresalientes. Este año, además de Pau, ha ingresado en el sanctasanctórum otro jugador que hasta ahora era del Barça, Juan Carlos Navarro. No podemos hablar de españoles destacados en el Tour de Francia porque apenas se ha iniciado y no será fácil que el corredor Valverde se coloque en el primer puesto que dejó el navarro Indurain.

Sin que el fútbol sea la referencia, lo cierto es que en múltiples deportes nuestro país queda en un lugar muy destacado. No sólo somos europeos por la Unión Europea, sino que ostentamos una posición preferente en algo tan prestigiado y globalizado como es ahora el deporte.