UN AÑO DE LA SEGUNDA GUERRA DE LÍBANO: El miedo habita en Beirut

Asomado a la terraza de mi piso de la calle Baalbek -que todo el mundo llama Commodore por el famoso hotel vecino-, veo a los agentes del nuevo cuerpo de la policía llamado panteras negras (en alusión al color de sus uniformes), que se rumorea que dependen de la potentada familia suní de Saad Hariri, codo con codo con los gendarmes de la República y los guardias privados de seguridad de mi edificio, rodeado de vallas metálicas. El año pasado, cuando súbitamente empezó la guerra entre la organización chií de Hizbulah e Israel, Beirut no era como es ahora una ciudad erizada de barreras móviles, de barricadas de sacos terreros alrededor de las residencias de los zaim o notables del Gobierno, los Hariri, Yumblat, Siniora, o en torno a los edificios públicos. Desde que empezaron los atentados, sobre todo nocturnos, atribuidos siempre por estos dirigentes a la "larga mano siria", sus habitantes apenas se atreven a salir a la calle. El miedo habita de noche la capital, casi desierta.

La guerra empezó después de que los guerrilleros de Hizbulah capturasen a dos soldados israelíes al otro lado de la línea divisoria internacional, como habían hecho dos años antes, para poder canjearlos por prisioneros árabes. El Tsahal atacó las pistas del aeropuerto de Beirut y desencadenó una brutal ofensiva por tierra, mar y aire calificada en el edulcorado lenguaje diplomático de "desproporcionada". Ninguno de los beligerantes esperaba la guerra, pero tanto los militantes de la organización proiraní de Hizbulah estaban preparados para el combate como lo estaba el Tsahal, que ya había previsto una operación de envergadura para el pasado otoño a fin de aplastar al Partido de Dios y arrancarlo de su arraigada presencia en las localidades fronterizas.

Durante los bombardeos, un vecino de Nabatiyeh, la localidad chií más populosa del sur, me contó que desde hacía meses veía el ir y venir de los chebab o muchachos de la milicia, y que Hizbulah había acumulado cohetes y armas en galerías y grutas de aquella abrupta región, como ya lo hicieron en los años setenta los fedayines palestinos. Los bombardeos israelíes destruyeron un perímetro urbano de los suburbios donde se hacinan alrededor de 800.000 habitantes de la comunidad chií - y donde vivían dirigentes de Hizbulah, se encontraban sus oficinas y centros políticos y asistenciales- y atacaron localidades fronterizas como Bint Jbeil y Jiam, arrasando algunos de sus barrios.

Al año de la guerra, apenas ha empezado la reconstrucción. Nunca se supo con exactitud cuántos milicianos perdieron la vida en los combates, pero según algunos cálculos de expertos militares llegaron a alrededor de la décima parte de su fuerza armada, estimada en siete mil hombres.

La guerra concluyó cuando el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución 1701, que establecía el urgente envío de 15.000 soldados para reforzar la Finul, ya destacada en 1978, a fin de impedir ataques israelíes y de Hizbulah, acometer la imposible misión de desarmarlo y ayudar al despliegue del débil ejército regular libanés.

Hizbulah, que consiguió disparar misiles sobre la ciudad portuaria israelí de Haifa, mantuvo una tenaz resistencia durante 34 jornadas, en las que el ejército del Estado israelí no pudo aplastar su fuerza ni ocupar el territorio situado al sur del río Litani. Pese a sus grandes pérdidas, a la extensa devastación de barrios y localidades chiíes, el Partido de Dios proclamó su "victoria divina" y su secretario general, el jeque Nasrala, emergió como un gran héroe en los pueblos árabes y del islam, apareciendo sus imágenes pegadas en los muros de las calles desde Damasco hasta Gaza.

Las consecuencias de la provocación militar de Hizbulah tuvieron que ser asumidas, mal que bien, por el Gobierno de Beirut, pero la forzada "unidad del frente interior" muy pronto se resquebrajó. El primer ministro suní, Fuad Siniora, apoyado por Estados Unidos, Arabia Saudí, Francia y naciones de Europa, surgido de la mayoría parlamentaria de las elecciones del año 2005 - que redujeron enormemente pero no por completo los grupos políticos calificados de prosirios-, se enfrenta a Hizbulah y a sus aliados, entre ellos los cristianos maronitas del general Michel Aoun, que cuentan con el respaldo de Damasco y Teherán, en un forcejeo suicida que ha llegado a provocar una espantosa crisis interna que paraliza el Parlamento y las instituciones desde hace ocho meses.

Los partidos de la oposición, cuyos seis ministros chiíes dimitieron del Ejecutivo - que ha quedado, por tanto, sin la representación de la comunidad confesional más numerosa-, piden inútilmente la formación de un gobierno de unidad nacional, no están de acuerdo en la constitución de un tribunal de justicia de la ONU para juzgar a los autores del todavía no esclarecido atentado contra Rafiq al Hariri de hace dos años - los partidarios del Gobierno acusan al régimen sirio de estar implicado- y apoyan al presidente de la República, Emile Lahud, aislado en su palacio de Baabda, marginado y boicoteado por los políticos occidentales.

Esta gravísima crisis se ahonda con la incertidumbre de las elecciones presidenciales que deberían celebrarse en septiembre. Si nadie había previsto el año pasado la guerra del verano, en cambio era seguro que los problemas de la posguerra, las divisiones y ajustes de cuentas internas estallarían el pasado otoño. La aparición del grupúsculo salafista Fatah al Islam en el campo de refugiados palestinos de Nahr al Bared, en el norte, que sigue luchando con los soldados libaneses, y sobre cuya naturaleza hay toda suerte de especulaciones - incluyendo que había sido un instrumento en manos de Arabia Saudí y de la familia Hariri, bendecido por EE. UU., para enfrentarse a los chiíes de Hizbulah y a Irán-, desbarató las últimas ilusiones de un verano en paz. Encajonado entre Oriente y Occidente, Líbano se debate siempre entre dos poderosas tentaciones, entre dos modelos de identidad.

En estas cálidas noches húmedas de Beirut, los panteras negras han armado un puesto de vigilancia ante mi casa para registrar automóviles y a veces también transeúntes. Nadie sabe lo que mañana va a acontecer en esta capital.