LOS TRILEROS FILOLOGOS

Leo y releo una noticia firmada en la sección de Sociedad por Oriol Domingo en La Vanguardia de hace unos pocos días, con la duda de haberla interpretado bien. El tema hace referencia al procedimiento canónico que, bajo determinadas circunstancias o motu propio, el Papa Benedicto XVI ha sancionado para autorizar de nuevo la liturgia en latín. La primera parte de la crónica mencionada informa objetivamente sobre la inmediata reacción del obispado de Girona, anunciando que en su diócesis no se dan (¿ni se darán?) las especiales circunstancias previstas en el procedimiento, por lo que los fieles de toda la vida podrán quedar tranquilos: seguirán entonando sus pías melopeas en el catalán canónico consagrado por el Concilio Vaticano II.La segunda parte de la noticia es mucho más jugosa. Resulta que la asociación de «cristianos de base» Església Plural ha expresado su «preocupación» por la iniciativa papal, al considerar que «habilita a los fieles a pedir (sic) la aplicación del preconciliar rito tridentino y a denunciar a los sacerdotes y obispos que no atiendan su petición (sic) de celebrar misa en latín». O sea, que una asociación de cristianos de base está muy preocupada por la posibilidad de que el colectivo o grey de otros cristianos de base ejerza su democrático de derecho, que inexplicablemente el papa les reconoce, a pedir a sus representantes jerárquicos o pastores cosas a las que creen tener democrático derecho, aunque se trate de cosas tan curiosas y acaso peregrinas como el retorno a una lengua que ya no entienden ni los profesores más cultos de segunda enseñanza. O séase, que democracia sí, pero sólo si responde a un esquema ideológico o doctrinal previo del que nadie puede desviarse un milímetro, ni siquiera para ejercer el derecho de elevar «peticiones» a la autoridad eclesiástica. Pues bueno.

De hecho, somos muchos los que, tal y como el gran Valle Inclán puso de relieve en su día, creemos que los rituales elaborados con palabras divinas, cuanto más indescifrables, mejor. Y que la abrumadora caída en picado de la feligresía católica a lo largo y a lo ancho de todas las diócesis y lenguas del mapa canónico conciliar se debe, al menos en sus sectores juveniles, a la repentina comprensión de la letra de los antiguos latinajos, que han dejado de transmitir la menor sensación de sacralidad y de misterio, de lenitivo espiritual en definitiva. Ocurre con la letra de la liturgia postconciliar lo mismo que con la nueva música sacra que los fieles entonan con evidente desgana, que se ha convertido en una producción estéticamente (y por tanto también espiritualmente) deleznable.

Ya he dejado escrito que, si algún día la audición de un himno religioso me induce a algún tipo de experiencia sensible de lo sagrado, es muy probable que este cántico esté entonado, en griego clásico, por un coro ortodoxo, de ésos que todavía encarnan una liturgia interesada en transmitir con dignidad un poco de espiritualidad a sus fieles.

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