Poder de cine
No fue la primera vez que Martin Scorsese filmaba una biografía, pero quizá éste es el caso más claro de juicio en su mirada.
Porque Kundun, la película que dirigió en el Tíbet, nos cuenta la primera parte de la vida del último Dalai Lama desde su nacimiento hasta su huida. Y no sé si en la cabeza de este superviviente por derecho propio en el caníbal sistema hollywoodense cabe que los líderes huyan, razón quizá para que el filme acabe cuando el líder tibetano abandona su país invadido por la China comunista; y para que, a pesar de la magnífica acogida que siempre le ha dispensado la intelectualidad progresista del mundo occidental, se nos aparezca entonces la duda sobre su verdadera naturaleza.
A Martin Scorsese, según su propia explicación, le interesaba del personaje su posicionamiento en la lucha que el siglo XX ha vivido de forma definitiva entre el espíritu (que el budismo representaría) y el mundo materialista (que, en su peor esencia, vendría representado por el comunismo). Pero que, entendido en esa clave espiritual, también podría englobar cualquier forma del pensamiento liberal; de ahí que se haya dicho alguna vez, incluso dando título a algún clásico ensayístico, que el liberalismo es pecado. Desde esa perspectiva, se entiende que Kundun sea una película en la que el director haya puesto la cinta al servicio de los ojos de su protagonista; es desde su punto de vista desde el que vemos el mundo por el que transita, y la perspectiva que nos propone aquél supone aceptar que la intención que éste dice tener, la de que el espíritu guíe sus pasos, es verdadera.
Lo que sí acontece es que, como suele ocurrir con todos los antihéroes de este cineasta, la percepción de las cosas del protagonista se aleja de lo que llamaríamos «lo real». Más allá de eso, más allá de que el director crea que la perspectiva del mundo de su protagonista es irreal, ¿le juzga o no? Por lo que he podido ver, la mayor parte del público especializado entiende que la película es una apología de ese mundo y del personaje. Supongamos incluso que así fuera. Yo no sé si deberíamos estar de acuerdo.
Porque, al fin y al cabo, ¿qué arriesgaba el Dalai Lama? ¿Morir? ¿Cómo sufre más la dignidad de su cargo, en la muerte o en la huida, en el sacrificio o en el postergamiento, en la memoria enaltecida o en un indigno presente? ¿Era cierto, como él dice, que si se marchaba con él se llevaba y conservaba el espíritu del Tíbet? Muchos de los súbditos de ese líder encumbrado recuerdan, en cambio, que su reino era una teocracia. ¿Será ésa la única teocracia que se salva en el mundo? ¿Será inconsistente la crítica de sus verdugos cuando sólo para un país, y no para otros, sólo por algunos es criticable una invasión? Intento no juzgar, tampoco yo. Estoy pensando sólo desde el otro lado del espejo.
En todo ese juicio relativo, sólo una verdad se mantiene, como siempre y a pesar de todo. En su reino del espíritu, el poder le vino dado; le buscaron sin descanso los augures hasta entender que lo habían encontrado. La responsabilidad de un designio así es tan grande que sólo en una gigantesca condición cabe a la vez la decisión de líder y la capacidad de asumir la responsabilidad por la acción tomada; porque sólo esa grandeza conoce de la identidad entre su libertad y su servidumbre. Que en realidad el líder actúa como si fuese un líder.
© Mundinteractivos, S.A.

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