Está demostrado y más que demostrado que las enfermeras búlgaras y el médico palestino mantenidos como rehenes por Gadafi y que acaban de ser condenados de nuevo a muerte no inocularon nunca el virus del sida a unos niños libios. El testimonio del profesor Luc Montagnier estableció que la contaminación era anterior a su llegada a Libia. Pero nos encontramos frente a Ubú, frente a una maquinación cínica y odiosa.

No hablaré aquí de la suerte que Gadafi reserva a su pueblo desde que llegó al poder mediante la violencia de un golpe de Estado en septiembre de 1969. En última instancia, al pueblo libio le corresponde resistir y luchar contra esa particular dictadura. Sin embargo, el hecho de que haya montado pieza a pieza este asunto rocambolesco y que sólo podía nacer de la mente de un hombre que tiene cuentas pendientes con Occidente constituye un escándalo tan condenable como cualquier toma de rehenes por parte de comandos terroristas.

¿Qué busca Gadafi? ¿Borrar el reconocimiento indirecto de su responsabilidad en los atentados contra unos aviones en pleno vuelo, con 270 víctimas por parte estadounidense y 170 por parte francesa? La entrega de 2.700 millones de dólares a las familias de las víctimas estadounidenses y de 170 millones (sólo) a las familias francesas, por más que efectuada a través de una asociación caritativa (Adaua Islamya) dirigida por uno de sus hijos, no deja de equivaler a un reconocimiento de culpabilidad. No hubo que aceptar ese mercadeo. O bien Libia era inocente y no tenía nada que pagar, o bien su culpabilidad quedaba establecida y a la justicia de un tribunal penal internacional le correspondía condenarla.

Fue un error político y moral cuya factura pagan hoy los rehenes. Ellos siguen vivos, no como los desgraciados pasajeros de los aviones que estallaron en pleno vuelo. No se trata de hacer equilibrismos, sino de recordar que un crimen es un crimen y que todo el dinero del mundo no puede sustituir a una vida humana.

A Libia le gustaría aplicar a Europa su forma extraña, de otro tiempo, de considerar la justicia. Así, nos enteramos de que reclama dinero para llegar a un acuerdo que lograría que las familias de los niños libios infectados renunciaran a la ejecución de la pena capital y se contentaran con una pena de cárcel. Un modo de recuperar el dinero desembolsado en el otro asunto y aplacar la cólera de esas familias golpeadas por la desgracia.

Nos encontramos, pues, en la lógica de la tradición de ese país llamada "deuda de sangre". Dicha tradición consiste en compensar el crimen. La persona culpable de asesinato se somete al arbitraje de la familia de la víctima, que calcula el coste de ese delito. Es justo lo que Gadafi hizo con los estadounidenses primero y los franceses después. Consiguió arrastrarlos a unas prácticas medievales e incompatibles con la modernidad. No había que haberlo seguido en ese terreno.

Europa no debería entrar en esa lógica arcaica y contraria a la justicia y al derecho. Sólo un tribunal de justicia independiente y racional está facultado para juzgar la culpabilidad o la inocencia de esos acusados. Cuando en el 2004 visité Libia por invitación de la embajada de Francia, constaté cuánto dista ese país de ser un Estado democrático, un país donde todo está detenido en el año1969. Todo el mundo sabe que la política se lleva de modo aleatorio, a menudo arbitrario.

Estamos ante un caso en que unas enfermeras y un médico sirven de "pruebas de convicción" para unos fines difícilmente confesables. Desde 1969, Gadafi busca afirmar su legitimidad, gozar de credibilidad ante las potencias occidentales. Consiguió seducir a los estadounidenses abriéndoles las puertas de su país, rico en pozos de petróleo, con la esperanza de dejar de figurar en la lista de los estados delincuentes. Italia cierra los ojos ante todos esos aspectos para mantener con Gadafi buenas relaciones comerciales. La moral debería imponerse al realismo económico.

Gadafi querría ahora que Europa lo considerara y le concediera un crédito moral y político. Lo intenta de la peor forma posible. El guión que ha escrito tropieza en algunos detalles: esas enfermeras y ese médico no tienen relación alguna con la infección de esos desdichados niños. Es inimaginable. A menos que hubieran sido enviados por un demonio más cruel aún que el de los cuentos de Las mil y una noches.¿Qué interés podían tener en causar semejante mal?

Europa tiene que rechazar esos cuentos de deudas de sangre; si negocia con la justicia libia, ¿por qué escandalizarse cuando negocia y se niega a admitirlo con los terroristas que toman rehenes en Iraq, Líbano o Afganistán?

TAHAR BEN JELLOUN, escritor, premio Goncourt 1987. Traducción: Juan Gabriel López Guix.