Sexo en Madrid

Hacía ya dos años que se había convertido en ella misma. El proceso no había sido fácil pero tenía que reconocer que tener a Alejandro a su lado había hecho todo menos doloroso y más sencillo. Su novio había demostrado que, en su caso, esa frase hecha de «te quiero por cómo eres, no por lo que eres», era totalmente cierta. Alejandro era homosexual, lo había tenido clarísimo desde los cinco años: a él le gustaban los hombres y, como es lógico, se enamoró de un hombre, de Pablo. Al principio todo fue normal, pero cuando estaban a punto de irse a vivir juntos, Pablo decidió que no podía seguir yendo por el camino más fácil (dentro de la dificultad que había supuesto decir a su familia que era gay) y le contó lo que le atormentaba. Él se sentía una mujer y quería comenzar el proceso de reasignación de sexo. Sabía que aquello podía suponer la ruptura con Alejandro. Estaba claro, a él le gustaba Pablo, no Verónica (que era el nombre que iba a ponerse) así que le dijo que si no quería seguir con él lo entendía perfectamente. Alejandro no lo dudó ni un instante. Le acompañó a su primera visita al médico, a ver a sus padres para explicarles que tenían que subir un nuevo peldaño y no sólo entender que su hijo era «marica» si no que además se iba a operar porque era una mujer. Estuvo con él en la operación, en el largo postoperatorio... con cariño, complicidad, compresión. Verónica y Alejandro se habían convertido en la pareja perfecta y ellos también pensaban que lo eran. Pero Verónica llevaba un tiempo rara, sintiendo cosas muy extrañas y dándole vueltas a asuntos que no acababa de entender. Empezó a darse cuenta de que, otra vez, tenía que ser sincera consigo misma el día que fueron al cine de verano del pueblo de Alejandro a ver Oficial y Caballero. A la salida, Verónica le contó a su novio que en la mili ella (entonces él) siempre había tenido la fantasía de acostarse con alguno de sus compañeros y que lo de hacerlo con el uniforme militar le ponía muchísimo. Una semana después, Alejandro llegó a casa con una sorpresa. Había comprado en La Juguetería (travesía de San Mateo, 12) un disfraz de inspiración militar de látex. Era un vestido caqui, con una falda cortísima y muy escotado, rematado por un gorrito militar como el que llevaban las pin up de la Segunda Guerra Mundial. También había traído del Rastro un traje de soldado. Aquella noche jugaron a la mili, pero Verónica no disfrutó, muy al contrario, le entró una angustia tremenda. Se dio cuenta, sin más tonterías, de que aunque en la mili se había convencido de que lo que le gustaría era acostarse con alguno de sus compañeros, lo que realmente deseaba era, vestido de soldado, hacérselo con una chica. En su confusión, había ido recorriendo el camino que parecía más «lógico». Primero se había convencido de que debía ser homosexual, después de que era transexual pero «lógicamente» gay y ahora se daba cuenta de que la realidad era distinta, efectivamente era una transexual femenina pero le atraían las mujeres... sí, estaba claro, era una transexual lesbiana. Le dio vueltas y más vueltas al asunto, hasta que ya no pudo más y decidió hablarlo con Alejandro. Le parecía egoísta cargarle con esa nueva noticia, pero era su mejor amigo y quizá pudiera ayudarla. Alejandro esta vez no fue ni paciente ni comprensivo. Le dijo que ya no podía más y se fue de casa. Después de semanas de sufrimiento y de mucho meditar sobre el asunto, Verónica empezó a darse cuenta de que, de nuevo, había fallado, no había dado en el clavo. Ella estaba enamorada de su novio, le atraía sexualmente, pero tenía fantasías en las que hacía el amor con mujeres. Había chicas heterosexuales que también fantaseaban con escenas lésbicas, pero no quería decir que quisieran llevarlas a la práctica. Así que, después de aclarar sus ideas, quedó con Alejandro y lo dejó todo solucionado. De vez en cuando, Alejandro se pone el disfraz de pin up/soldado y Verónica se viste de miliciano.

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