DEBATE · Libertad y seguridad

Sí, cierto, aunque parezca mentira!, aunque también será cierto que antes de fallecer tendrá, a buen seguro, reanimaciones peligrosas y desconcertantes. Una vez más, la velocidad de los cambios en nuestros días es tan alta que incluso un hecho tan importante como éste puede ir sucediendo y pasar, de momento, casi desapercibido.

Pero sí, insisto: aquel conjunto de macropolíticas económicas estratégicas cuya implementación venimos adjudicando a la señora Thatcher y al señor Reagan - decidieron, se dice- y que, más adelante, a posteriori, se consagraron bajo la etiqueta del consenso deWashington...¡se muere! Y, como tantas veces en la historia, no porque haya sido vencido por un paradigma alternativo-por un consenso distinto;se muere por su propio y estrepitoso fracaso, por el cual, eso sí, millones de seres humanos han pagado y siguen pagando un precio muy alto: la miseria en sus más diversa facetas.

Para mantener el objeto de deseo por excelencia del crecimiento económico mundial, que necesitaba más y nuevos mercados, la ayuda que demandaban (y ahora demandan todavía más y con más apremio, pero eso sería objeto de otro artículo) los países en desarrollo fue condicionada por los países más poderosos y ricos del mundo (que hoy conocemos como el G-8, en realidad, el G-7) a que los primeros reajustaran sus estructuras y, en definitiva, privatizaran - vendieran en el mercado- sus servicios públicos más fundamentales: salud, educación, construcción de infraestructuras, seguridad alimentaria, etcétera.

Claro está, y aquí radicaba desde mi punto de vista el objetivo fundamental del neoliberalismo, que a estas privatizaciones sólo podían concurrir, en el sur del mundo, las empresas del norte del mundo que necesitaban, para continuar aumentando sus beneficios y continuar contribuyendo al pretendido crecimiento económico, ganar estos nuevos mercados. Si el sistema capitalista fuese mínimamente equitativo, eso habría llevado a dinámicas de redistribución de la riqueza.

Pero al contrario, como hoy reconoce incluso la OCDE: globalmente, los salarios (de quienes viven de ellos) han bajado, el trabajo (de quienes viven de él) ha disminuido y, por lo tanto, el pretendido y alcanzado crecimiento resultante de la economía mundial sólo está haciendo más ricos a los cada día menos más ricos del mundo (perdón por el abuso de lenguaje), mientras que las supuestas clases medias, en vez de crecer como tales según se decía que pasaría, pasan a incrementar la base de la pirámide en la que se asientan los más pobres del mundo. Éste ha sido el gran resultado de la globalización económica neoliberal, que, afortunada y esperanzadoramente, tantos movimientos en contra ha ido suscitando y a los cuales sí que hay que atribuir, y no es poco, la victoria en la batalla ideológica más importante del final del siglo pasado y principio de éste.

Y son estos nefastos resultados y esta derrota ideológica lo que, parece mágico, está sacando del lenguaje de las instituciones internacionales - a pesar de todo, un cierto reflejo siempre de las realidades globales- todo aquel argot neoliberal que cual catecismo dogmático era repetido una y otra vez.

Las condiciones a las que hemos hecho referencia, es decir, las condiciones que se debían cumplir para obtener la ayuda que ha dado lugar, como uno de los signos más claros del fracaso, a la tan famosa, por usurera, deuda de los países del sur con los nortes del mundo empiezan a desaparecer de los textos y reuniones de nada menos que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Efectivamente, yo me atrevería a decir que desde la aprobación de la declaración de París sobre la Efectividad de la Ayuda, en el 2005, las condicionalidades se han invertido y que ahora, ¡Dios del cielo!, a los países del sur se les recomienda unos sectores públicos fuertes, sanos y transparentes con los que reconstruir lo destruido: sistemas de salud, de educación, de alimentación; de progreso, en definitiva. Decía, al empezar estas líneas, que no, que la muerte no venía por un paradigma alternativo; en efecto, de momento, sólo volvemos otra vez, pero ya es mucho y bueno, al economista Keynes.

J. XERCAVINS, coordinador del Foro Mundial de Redes de la Sociedad Civil-Ubuntu.