El ojo del tigre
A estas alturas -más de una semana transcurrida desde el fracaso oficial de las negociaciones entre la FSA-PSOE e Izquierda Unida para formar un Gobierno autonómico conjuntamente- todavía se sigue especulando sobre las causas que provocaron la imposibilidad de conjugar pasiones e ideas para lograr el fin perseguido. Los más atentos observadores de la res publica asturiana no se ponen de acuerdo en cuanto a razonar la causa más verosímil de ese fracaso. Hay quien opina que se debe a la excesiva soberbia del grupo que representa a los socialdemócratas del PSOE, porque son ellos quienes tienen la sartén por el mango; otros, lo achacan a los conflictos familiares que, últimamente, han agobiado a los dirigentes de la coalición (supuestamente) comunista, y asombraron a la sociedad asturiana... En cambio, nadie ha pensado que pudo deberse a la necesidad de experimentar -por parte de la FSA- la posibilidad de gobernar sin necesidad de sentar en su mesa a un histórico enemigo dándole la oportunidad -por segunda vez- de volver a figurar en el catálogo del poder autonómico a quien, por su condición de partido minoritario, jamás alcanzaría tan alto honor...
Es posible que esta decisión ya estuviera tomada antes de iniciar la representación pública de un pacto político entre dos fuerzas que son antagónicas entre sí; no por causas naturales de rivalidad en la actualidad, sino por simples motivos de rechazos ideológicos que, si hace setenta años pudieron tener una explicación convincente, hoy no tienen ni un ápice de razonamiento político serio.
SE PUEDE creer que en la FSA pesó más el simple recuerdo histórico de los odios socialistas a los marxistas, pero muchísimo menos que esa ruptura se deba por temor a unos hipotéticos sucesores de aquellos de antaño, que le provocaban tremendos dolores de barriga a Don Indalecio Prieto... les pudiera segar la hierba debajo de sus pies en el idílico jardín de la Presidencia en la calle Suárez de la Riva de Oviedo. Si quien determinó el fracaso negociador fuera este segundo temor, estaríamos contemplando un insólito caso de neurosis política peligrosísima para el presente y el futuro de esta singular democracia que nos inspira la convivencia nacional.
Odiar a los comunistas no ha sido siempre un patrimonio en exclusiva del integrismo conservador (católico), sino una extendidísima fobia política a una ideología que inspira recelos, porque podría -hipótesis nada verosímil- desplazar del poder -incluso, de los aledaños del mismo...- a otra ideología aunque fuera igualmente obrerista.
Suponiendo que fuera razonable tratar como un adversario duro al Partido Comunista de España, porque en 1936 había demostrado su enorme capacidad para organizarse y hacer frente eficazmente a la clase social española que pensaba que, teniendo en sus manos un reglamento redactado a su gusto, podía convertir en ineficaces las leyes que no le conviniesen, podría entenderse esa fobia histórica a los comunistas; pero en este momento, cuando aquel partido marxista es únicamente un recuerdo, seguir odiándolo con la misma intensidad me parece una reacción descabellada. No habíamos quedado en que después de la caída del mítico Muro de Berlín, el comunismo había desaparecido de la faz de la Tierra...?
Sospecho -intuitivamente, claro- que el frustrado asunto de la negociación para formar un nuevo Gobierno asturiano entre los nuevos socialistas y los neocomunistas, que se mueven actualmente sobre el escenario de la no menos nueva Monarquía española, se debe simplemente a razones de intereses -más individuales que colectivamente ideológicos-; los cuales, no responden a razones comprensibles sino que se deben a unos desahogos personales que tienen mucho que ver con las fobias maníacas y no con la lógica política, que también existe aunque no lo parezca...
Lo que si parece estar clarísimo -¡esto si es transparente...!- es el dominio que el partido (el PSOE, en este caso) ejerce sobre el Gobierno del Principado. En realidad, desde 1939 hasta este mismo momento, a los asturianos -y españoles todos...- nos ha gobernado siempre el partido único. Primero, fue el Movimiento Nacional -la edición corregida y aumentada de la "Unión Patriótica", fundada por otro general (Primo de Rivera) en 1924, tras conocer éste el funcionamiento del fascio en Italia-; ahora, otro partido único -aunque bicéfalo- (PSOE-PP), decide el destino de la sociedad española, en general, y de la asturiana en particular.
Estoy de acuerdo con usted en que decirlo así, tan crudamente, puede parecer una boutade; sin embargo, esa es la realidad que nos arrastra como si fuéramos guijos en la playa durante la resaca... El nuevo -o así...- Gobierno autonómico asturiano lo decide el partido (FSA-PSOE), no la ciudadanía. En este aspecto, la democracia actual es tan orgánica como lo fue, durante cuarenta años, el régimen de aquel inolvidable general, que no se metía en política... Sociológicamente, el PSOE y el PP son dos partidos -casi gemelos- para un solo y nuevo Movimiento Nacional. Aunque parezca una barbaridad, la realidad de la cuestión es esta. Y ambos a una, negociarán y decidirán el texto del futuro Estatuto de Autonomía para Asturias; ahora bien, aliviándose la faena orgánica convocando a los asturianos -a toro pasado- a participar en un referéndum que les permita vestir el muñeco con las galas de la democracia participativa.
En esta situación, qué pinta una coalición minoritaria -como es IU- en un Gobierno que está sometido a los intereses de un partido, que sumado al PP -porque ambos solo son heterogéneos en lo superficial, mas no en lo esencial...- , funciona como el partido único que sueñan y desean los orgánicos de toda la vida...? Modestamente, opino que no pinta nada. Ahora bien, si se tomara en serio a sí misma, esa coalición de izquierdas tiene, en este momento, la oportunidad de contribuir a que la ciudadanía (tutelada) de esta autonomía (le quedan ciudadanos a Asturias...?) descubra que más allá del bipartidismo único también hay otra vida política.
Lorenzo Cordero. Periodista.

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