Andan CiU y el tripartito disputándose el enorme mérito de que Zapatero haya anunciado el inminente inicio de las negociaciones para crear la ponencia que dictamine el traspaso del servicio de cercanías de Renfe. Un puntazo, vaya. Yeso que es evidente que el Gobierno ha advertido que lo de los trenes en Catalunya, como en la India, es un problema tan descomunal que cuanto antes se quite de encima el marrón, mejor. A fin y al cabo, lo que el Estatut prevé es el traspaso del servicio de cercanías, pero las vías, que son lo peor, continuarán dependiendo de empresa estatal. Por muy modernos vagones que compre el conseller Nadal, si Renfe no renueva ni desdobla la red, el drama persistirá.

La utopía que perseguía la reforma del Estatut consistía en organizar el autogobierno de Catalunya de manera que la Generalitat funcionara independientemente de la coyuntura política española y catalana y se erradicaran de una vez por todas el "victimismo pedigüeño" o la "sumisión sucursalista". Sin embargo, se ha vuelto a reproducir el viejo debate sobre quién es capaz de meter más peixos al cove, si los nacionalistas poniendo en valor el apoyo de sus diputados en Madrid o los socialistas cultivando la complicidad con el Gobierno amigo. Hasta los independentistas lamentan que Zapatero no les haga caso. Por lo visto, el carnet de buen catalanista lo expide ahora el presidente del Gobierno de España.