Nos ha contado Rajoy en la conferencia que ofreció en la APD (Asociación para el Progreso y la Dirección) que cuando se le paró el primer reloj que le regaló su padre creyó que se había roto, hasta que aprendió que había que darle cuerda. Pues bien, algo parecido nos pasa a todos con el propio Rajoy, que de pronto se para y necesita que alguien le dé cuerda, porque en ciertos momentos parece que se quedó como una estatua —le llaman don Tancredo con asiduidad— de sal por mirar, como la mujer de Lot, hacia atrás y pasar todo este tiempo enganchado a la foto fija de su derrota electoral del 2004, tras el atentado del 11M y los errores cometidos en su gestión política por Aznar, Acebes y Zaplana, el trío de las Azores español y de las mentiras, del que Rajoy no ha querido ni ha podido desprenderse en todo este tiempo a pesar de que conoce muy bien el lastre político, mediático y electoral que representan.

Y ahora, que se ve con el agua el cuello y las elecciones por llegar, dirá que ya es demasiado tarde y tendrá que volver a esconder a estas prendas del PP, como ya hizo en la campaña de las municipales, donde nadie reclamaba la presencia de tan famosos líderes del partido en los mítines importantes, aunque alguna vez fueron de pequeños teloneros o acompañantes en pocas y discretas ocasiones. O sea, que a Rajoy se le ha vuelto a parar el reloj, y cuando ello ocurre en vez de enfadarse consigo mismo se enfada con las televisiones de Zapatero, que son casi todas, o se lía a palos con el jefe del Gobierno, cuando se sube a la tribuna de oradores del Congreso, con un buen discurso en la mano que sólo incluye la obligada crítica destructiva al mal gobernante, pero al que le sobran los insultos y descalificaciones —los hechos son más corrosivos que las palabras—, y le faltan propuestas de alto calado, como la que acaba de hacer en la APD prometiendo una importante bajada de impuestos si gana las elecciones.

Una propuesta sorprendente, que aparece perdida en el fondo del discurso y que quizás debió presentar en el debate de la nación con otras iniciativas, de ahí que haya sorprendido, de pronto, esta iniciativa. Por lo que no se sabe bien si es que Rajoy le ha dado cuerda al reloj, o si se le ha puesto en marcha solo, pero algo es algo, por ahí se empieza, aunque hubiera sido mejor una cierta solemnidad en la presentación de su reforma fiscal, con la que imaginamos que quiere empatar la propuesta de Zapatero de los 2.500 euros por niño recién nacido, lo que Rajoy podría solucionar ofreciendo, como si de un Herodes bueno se tratara, 2.500 euros a todos los niños que han nacido a lo largo del 2007.

En fin, no sabemos si el reloj que le regaló a Rajoy su padre era un reloj de pulsera, de bolsillo, de mesa, de pared o de torre. Desde luego de cuco no era porque de ser así el pajarillo se habría muerto de pena y aburrimiento. Pero sería bueno que, de una vez por todas, Rajoy se pusiera en hora y para empezar convocara ya, sin dilación y sin continuar deshojando la margarita del millón de pétalos, el Congreso del PP para los primeros días del mes de septiembre, no vaya a ser que se encuentre en agosto con la sorpresa de un adelanto electoral. Porque a Zapatero se le ha parado el pulso democrático pero no el reloj.