No habían transcurrido ni cinco horas desde la concesión del premio «Príncipe de Asturias» de Comunicación y Humanidades a las revistas «Nature» y «Science», cuando entré en la Wikipedia a través de internet y, ¡sorpresa!, ese galardón ya formaba parte de la reseña enciclopédica de ambos nombres.

Algún generoso desconocido había actualizado ambos términos, casi en tiempo real. Es el fenómeno «wiki», el prodigio de la colaboración desinteresada. La gente es capaz de dedicar algo de su tiempo a facilitar las cosas a los demás y la Wikipedia es el ejemplo palmario, donde puede encontrarse todo, por agregación de muchas pequeñas contribuciones individuales.

La teoría económica liberal afirma que «cuando hay armonía, la cooperación no es necesaria». Sin embargo, la globalización nos apunta una nueva rama de la economía: la «Wikinomía». En efecto, en la sociedad del conocimiento nacen las empresas inteligentes y el prosumo, concepto introducido a mediados de los años noventa, mezcla de pro-ducto y con-sumo, donde los clientes participan en la creación de productos de un modo activo y continuado. Los usuarios se organizan para crear sus propios artículos, forman comunidades virtuales de «prosumidores» que comparten información, intercambian herramientas o ciencia.

Por eso, el éxito del libro «Wikinomics» (Paidós, 2007). Una obra que, por varias razones, es un producto del siglo XXI. Así, sus autores, Don Tapscott y A. D. Williams, trabajan a miles de kilómetros entre sí: Toronto y Londres. Su contenido fue virtualmente «discutido» entre ellos y con cientos de personas, a través de internet, y ahora será realimentado a través de su web http://wikinomics.com.

Su atrevida tesis es que las firmas monolíticas, autónomas y centradas en sí mismas están en vías de extinción. Muchas organizaciones ya adoptan los cuatro principios de la «Wikinomía»: la apertura, la interacción entre iguales, el uso compartido y la actuación global. Para ambos autores, las empresas ganadoras tienen límites «porosos» y su departamento de I+D es el mundo en general y cada Universidad pública, en particular.

Ahora, los científicos pueden reinventar la ciencia gracias a la apertura del código fuente de sus datos y métodos, ofreciendo participar a cualquiera, experto o iniciado. No es una utopía. Tienen importantes proyectos en marcha. Como www.plos.org, que se enfrenta al oligopolio de los grandes editores y distribuidores que facturan cientos de millones de euros.

Que las revistas científicas son caras lo supone todo el mundo. Pero pocos conocen que una suscripción institucional es mucho más cara. Con independencia de las razones que llevaron a la escalada de precios, iniciada en los años 70, lo cierto es que las suscripciones personales de los científicos comenzaron a declinar y, por consiguiente, los ingresos de los editores y distribuidores de la época. La reacción fue aumentar los precios a las bibliotecas, que comenzaron, en primer lugar a cancelar las suscripciones duplicadas y, más tarde, las revistas costosas poco consultadas.

Ante esa disminución de los ingresos, los editores elevaron aún más los precios de las suscripciones oficiales, con cierto éxito, pues su demanda de revistas es considerablemente más rígida que la personal y de tres a diez veces más cara.

Las universidades, los hospitales o los centros de investigación se gastan millones de euros en licencias para el acceso a los textos de esas revistas digitales, lo que está impulsando la creación de consorcios bibliotecarios. Para el año 2008, está «en el aire» un importantísimo proyecto: la constitución de la Biblioteca Electrónica de Ciencia y Tecnología, costeada por la Administración del Estado, en una tercera parte, y el resto por el conjunto de las universidades, para que sus profesores e investigadores accedan libremente a los contenidos, desde el mismo momento de su publicación.

En definitiva: dos tendencias contrapuestas. No me atrevo a llamarlas «modelos de negocio». Una que se inicia, para aprovechar la red y trabajar en entornos de colaboración, con descarga y copia libre. Y otra, que se mantiene desde el siglo XIX, proveniente de la «cultura del papel»: entre diez y treinta dólares por artículo descargado. No tengo duda de qué modelo se impondrá en los próximos años. Por eso, el homenaje a las prestigiosas revistas «Nature» y «Science», al que respetuosamente me sumo porque emiten ciencia todos los días desde potentes plataformas web, hay que verlo en términos de pasado y no del futuro deseable.

Es una paradoja que, hoy en día, casi toda la ciencia publicada sea financiada por cuantiosos fondos públicos y, sin embargo, se necesite «pagar el peaje» de editores comerciales para su divulgación internacional. No faltará quien lo justifique porque el acceso libre al conocimiento devaluaría los procesos de selección de los artículos científicos. No sé por qué debería ser así y no al contrario. El incremento de la visibilidad pública no impide que exista una valoración previa, justa y ponderada.

Frente a todo esto, el ruso Grigori Perelman, tras resolver uno de los siete enigmas del milenio («la conjetura de Poincaré») rehusó, hace unos meses, la prestigiosa medalla Fields (equivalente al Nobel de Matemáticas) y rechazó el millón de dólares que le ofreció el Instituto Clay de Massachusetts. ¿Dónde creen que publicó su trabajo? Sencillamente, colgó su demostración en una página de internet, sin que ningún colega haya encontrado un error, hasta la fecha.

Antonio Arias Rodríguez es síndico de cuentas del Principado de Asturias.