AQUI NO HAY PLAYA

Lo bueno de tener un alcalde melómano es que a veces saltan iniciativas como ésta de promover desde el Ayuntamiento un sello discográfico para promocionar Madrid en corcheas. Lo malo es que los gustos musicales del alcalde ya sabemos todos cuáles son. No la ópera y ni siquiera la zarzuela, sino el sonido máquina a las 3.00 de la mañana, la perforadora reggaeton y cualquier otra matraca con licencia para reventar de por vida el oído humano. Las versiones de los clásicos madrilés tampoco dan para mucho más porque la cultura musical de la capital se agota en una baldosa, como el chotis. Hay ciudades que tienen como símbolo el acordeón, como París; otras, como Sevilla, la guitarra. En esto los madrileños hemos tenido verdadera mala suerte porque el organillo no es más que el hijo subnormal de la pianola, una auténtica brasa ambulante y maquiavélica que la toca hasta un borracho mientras orina haciendo ochos. Yo creo que algunos organilleros llevaban el mono no sólo para recoger monedas sino por si les daba un infarto, para que el animalito pudiera proseguir el concierto.Habrá que ponerse a desempolvar zarzuelas para encontrar temas castizos y buscar a un músico sin escrúpulos, uno de ésos capaz de fundir Agua, azucarillos y aguardiente en plan relajación espiritual, o de ponerle un bajo heavy a El barberillo de Lavapiés. Un buen amigo mío sostenía que una zarzuela consistía básicamente en 300 tíos paseando juntos, con las manos metidas en los bolsillos y voceando algo delicado y lírico, algo como: «Bájaaate el chilindróoon». Así que sería gracioso encontrar un rapero todoterreno que pudiese recitar aquel glorioso diálogo («¿Qué hacemos, tú?»/«Lo que te dé la gana»./«Anda, vamos a dar una vuelta a la manzana») mientras camina al estilo gorila, con la gorra al bies y agitando el brazo con un telele semejante al de un dictador neandertal. Ya dijo Nietzsche, el día en que oyó su primera y última zarzuela, que el tipo que había escrito aquella música por fuerza tenía que ser un canalla.Menos mal que esto de las modas musicales es más efímero que el bronceado de verano. Todavía no acabas de pelarte el primer moreno y ya has olvidado la última horterada en clave de sol. Si la cosa va de promocionar la ciudad y de untar los oídos de los turistas con una música pegadiza, estaría bien llamar a Georgie Dann, que ya ha perpetrado sendas obras maestras a Cádiz y a Moscú. En un par de compases, este adolescente infatigable que parece conservarse en un tarro de aftersun, monta una chundarata que no se despega de la oreja ni con tenedor. Madrid quedaría inmortalizada en los mismos acordes inolvidables de La barbacoa, El negro no puede y Bailemos el bimbó. Barcelona tenía a Gaudí y ahora a Woody Allen. Nosotros tenemos a Ruiz-Gallardón y a Almódovar. Con algo habrá que deshacer el empate.

@FIRMA:David Torres

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