Civismo: cosa de todos, de Miquel Roca i Junyent en La Vanguardia
La asignatura de educación cívica despierta una fuerte y legítima polémica. Es lógico que esta enseñanza sea vista con distinta percepción según diferentes posicionamientos ideológicos. Pero ello no debería impedir una inicial aproximación positiva: es bueno que en las escuelas se enseñe qué significa un comportamiento cívico; es positivo que se comprenda y conozca que el civismo es la base fundamental de una convivencia en libertad. Pero algunas reflexiones podrían generar, quizá, una amplia coincidencia. Así, por ejemplo, en los guiones de la asignatura que se han dado a conocer destaca el estudio de los derechos como base de la conciencia cívica. Pero tan importantes como éstos son los deberes; el civismo tiene más de obligación y respeto que de ejercicio de los derechos. Es más fácil aprender éstos que aceptar sus límites. Y en éstos descansa el civismo.
La educación cívica también es un mensaje a favor de la autoexigencia y de la cultura del esfuerzo. Sin ello, el civismo fracasa. No es posible construir una convivencia desde la indolencia o el pasotismo; estas características se encuentran en la antesala del incivismo. Y, en esta asignatura, la escuela no está sola. No le corresponde ni la exclusiva ni, quizá, la parte más principal de esta responsabilidad formativa. Los padres, la familia y la sociedad entera participan por igual en la tarea de formar ciudadanos cívicos. La asignatura de la educación cívica debería prolongarse, como mínimo, en los medios de comunicación social que sean de titularidad pública. Si los valores que la asignatura pretende introducir no se corresponden con los que los alumnos perciben de los medios de comunicación a su alcance, se crea una contradicción en la que la escuela tiene todas las de perder. Una asignatura tiene mucho de obligatorio, de oficial, de incómodo; la televisión, la radio son espacios que se perciben como voluntarios, libres, de ocio. Su mensaje penetra más fácilmente en la personalidad de los alumnos.
Y la asignatura tendrá que prolongarse en el ambiente familiar. Salvadas las discrepancias ideológicas, el comportamiento de los padres habrá de ratificar la educación cívica de sus hijos. Su comportamiento, su actitud, su manera de entender las relaciones sociales; cómo respetar, cómo enseñar, con el ejemplo, a convivir. La autoexigencia y el propio esfuerzo no es un mensaje acotado a la escuela; es un programa de vida que tiene en la familia una referencia fundamental.
Introducir la asignatura puede estar bien, pero con un amplio consenso, pues todos deben participar en la definición de su contenido para evitar contradicciones y fracasos. El civismo es cosa de todos.
