domingo, 08 de julio de 2007

WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

En el corto tiempo de una semana se han sucedido varios atentados, reales o fallidos, del terrorismo islamista. Uno en Líbano, el día 24 de junio; dos en Gran Bretaña, el 29 de junio en Londres y el 31 en Glasgow; en Yemen, el 2 de julio. Se presiente, pues, un verano caliente. ¿Europa y los europeos están expuestos cada vez más a una guerra difícil de definir y de asumir?

Se dijo a raíz del 11-S que comenzaba una nueva era, aunque había una ristra de precedentes de menor dramatismo. Esto de las eras históricas es una convención, pero útil. Sirve para avisar de que conviene cambiar algunos puntos esenciales de referencia en el panorama internacional, la necesidad de verlo de otra manera. Ahora ocurre en varias direcciones. Acabó la guerra fría y se nos abre un horizonte distinto. Yen éste aparece, ineludiblemente inmediato, el islamismo, su progresiva radicalización ideológica, política, moral y social. Y la manera en que esto nos afecta como parte de "nuestra" realidad.

Realidad nuestra por lo que fue la colonización; nuestra por el orden de prioridades que determinadas formas de poder y del capitalismo globalizado están forzando. Tropas europeas hay en Iraq, Afganistán, Líbano. La pretensión de un orden mundial siempre conlleva diversas variedades de desorden. Un equívoco que se presta a toda suerte de distorsiones.

Veamos con este enfoque los citados acontecimientos de estos días.

Todos nos colocan ante posibles y grandes convulsiones.

- En Líbano un coche bomba ocasiona la muerte de seis soldados españoles de la FINUL.

- Dos coches bomba no llegaron a estallar en Londres. Sólo unos fallos imprevistos impidieron que ocasionaran centenares de muertos y heridos. Tenían que hacer explosión delante de una discoteca, en aquel momento abarrotada de gente. En el centro neurálgico de la capital: la calle Haymarket, junto a Piccadilly Circus, no lejos del palacio de Buckingham, Westminster, Museo Británico. El corazón del corazón de Inglaterra.

- En Glasgow un jeep 4 x 4 se estrelló contra el exterior de una terminal del aeropuerto.

Falló también el dispositivo para activar los explosivos que llevaban dispuestos sus dos ocupantes. De no ser así, el número de víctimas podía haber sido también crecido.

- Siete turistas españoles murieron y seis fueron heridos con diversa gravedad por un coche bomba en Yemen.

En cada uno de estos atentados se hace patente el fanatismo islamista dirigido contra el mundo occidental. Pero también que el mundo musulmán vive con tensión traumática su identidad. Todos los atentados de estos días parecen atribuibles a Al Qaeda, internacional del terrorismo que opera de manera indistinta mediante individuos y células itinerantes o grupos y clanes armados locales autónomos, muchas veces tribales. En Londres y Glasgow se trata del primer caso; en Líbano y Yemen, del segundo.

Esto nos remite a la heterogeneidad y fisuras del mundo musulmán y, dentro de éste, a la multiplicidad de derivaciones violentas y antioccidentales. La guerra externa es la proyección de un conflicto interno, al cual Al Qaeda contribuye y del que, a la vez, se alimenta. Con el 11-S despertó la furia norteamericana, y ésta en Iraq abrió el escenario de la gran tormenta. Creó el campo de combate para la causa del islamismo radical contra un enemigo común, el Satán de que hablaba el ayatolá Jomeini. Y, al mismo tiempo, produjo la confusión de la lucha contra este enemigo. Al Qaeda encontró la ocasión para convertirse en punta de lanza y también fuerza rectora de la lucha. Así ahora se hace presente ya en campos de refugiados palestinos de Líbano como el de Nahr al Bared, contra el que el ejército libanés tuvo que emplear su fuerza recientemente. Y presiona para introducirse en Gaza. Pero lo hace contra el criterio de Hamas. En Líbano, Hizbulah ha manifestado su disconformidad con el ataque a soldados españoles. Y tanto chiíes como suníes de Iraq recelan de Al Qaeda.

En la complejidad inabordable de la violencia musulmana, Al Qaeda dispone de un caldo de cultivo fecundo, así como también levanta animosidades y temores. En Iraq es especialmente visible. Hay un enemigo común, pero luchan entre sí suníes y chiíes o cada una de estas minorías confesionales entre sí; amén de un complicado rompecabezas de poderes territoriales - en el mismo Bagdad- o de clanes familiares en armas y enfrentados. Y todos ven en Al Qaeda tanto un ocasional aliado como la organización que pretende robarles los trofeos de guerra.

Al Qaeda se vale en este sentido de la ventaja de su extraterritorialidad e internacionalismo. Es la única fuerza con capacidad para mantener abierto un doble frente: contra los gobiernos considerados traidores marionetas de las potencias occidentales - como el del primer ministro Maliki en Iraq- y, simultáneamente, en la tierra misma de dichas potencias. La red de Al Qaeda se conecta con grupos salafistas de muchos estados musulmanes. Puede activarlos, servirse de ellos o apoyarles y prestarles su divisa para iniciativas propias. Y está presente, clandestinamente, en células llamadas durmientes, como se dice, en Europa, en Estados Unidos.

Así el régimen islamista de Irán puede extender sus tentáculos a los chiíes de Iraq, Líbano,

Pakistán. Tal vez, también a los de los emiratos del Golfo. Incluso aparecer ante los musulmanes del mundo como seductor modelo y avanzada. Pero la bandera de la yihad para conseguir la umma, unidad del islam, la enarbola Al Qaeda por su guerra internacionalizada. Cada atentado en Marruecos, Yemen, Indonesia, España, Gran Bretaña se proyecta sobre el islam con la patente más o menos comprobable de Al Qaeda. Y esto adquiere una fuerza difusora enorme a través de medios audiovisuales como la emisora televisiva Al Yazira. Sin embargo, la fragmentación del mundo musulmán es casi infinitesimal, y las discordias irreconciliables del integrismo islamista difíciles de superar.

A raíz de los atentados en Gran Bretaña, Gordon Brown, recién iniciado como premier,dijo que es necesario combatir el terrorismo con medios policiales y de seguridad, pero que de nada servirán si no se distingue entre islamismo radical y moderado y no se actúa apropiadamente para entenderse con el último. Ciertamente el integrismo religioso se extiende por los países musulmanes con rapidez e intensidad. Es visible en la Turquía que quiso laica Kemal Atatürk, en la Palestina nacionalista de la OLP de Arafat, en el que fue Líbano cosmopolita, en Iraq, Argelia y Marruecos. La imagen de la mujer tapada no es una anécdota.

Claro que es nocivamente erróneo y ofensivo identificar islam y terrorismo. Pero las formas rigurosas de religiosidad siempre han fomentado compartir el sentimiento de comunidad poseedora de la verdad indiscutible que no facilita la apertura a la revisión crítica. Muchos y mucho hemos repetido la parte cuantiosa que en ello corresponde a la avidez depredadora, la torcida astucia política y el desprecio de los occidentales. La llaga de Iraq supura. Afganistán se despedaza. Israel ha triturado Palestina. ¿Cómo volver atrás, crear un clima de confianza?