Con la desclasificación oficial de las llamadas joyas de la corona,la descripción de las actividades criminales de la Agencia Central de Inteligencia -CIA, en sus siglas en inglés- durante la guerra fría, ha vuelto a surgir el debate, fundamentalmente ético y moral pero también geopolítico, del denominado mal menor. Como es archiconocido, los protagonistas fundamentales de ese relato son el dictador cubano Fidel Castro y los intentos de la CIA, a veces ridículos y ciertamente de un inconcebible amateurismo, de desembarazarse violentamente de él.

Aunque sea a nivel de charla de café, se suscita la inevitable especulación de si al pueblo cubano, un millón como mínimo de cuyos habitantes ha optado por el exilio, no le habría ido mucho mejor si alguno de esos intentos se hubiera visto coronado por el éxito. Quizá en un lapsus freudiano - al fin y al cabo su padre, bien que en una época posterior, fue director general de la CIA-, el presidente George W. Bush ha declarado recientemente que "un día, el buen Dios se llevará a Fidel Castro".

El debate es antiquísimo. En un contexto muy distinto, se atribuye al sumo sacerdote Caifás (Juan 11: 49-53), refiriéndose obviamente a Jesús y, desde luego, con escasas dotes proféticas, aquello de "vosotros no sabéis nada, ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca". En ocasiones, bien que muy aisladas, la teoría del mal menor es prácticamente irresistible. Es muy difícil no lamentar que, el 20 de julio de 1944, Adolf Hitler, en un gesto aparentemente reflejo, apartara de su lado el maletín cargado de explosivos colocado por el coronel Klaus von Stauffenberg, salvándose de una muerte segura... que habría seguramente propiciado la salvación de centenares de miles, quizá millones, de vidas más.

Los pocos que, como José María Aznar, aún defienden la intervención militar en Iraq que empezó en marzo del 2003, sostienen que el mundo es un sitio mejor sin el régimen de Sadam Husein. Evidente, pero ¿no habría sido mejor y, sobre todo, más barato, enviar a un comando suicida? Pues, la verdad, nadie sabe a ciencia cierta qué habría ocurrido con el hipotético asesinato de Sadam, especialmente si sus sanguinarios hijos hubieran conservado el poder (observen las dictaduras hereditarias de Siria o la Corea del Norte de la estirpe de los Kim, tengan en cuenta el mucho dolor que aún infligió en la República Dominicana Ramfis Trujillo, tras la muerte por asesinato de su padre, Rafael Leónidas). ¿Se habría acabado el chavismo si en abril del 2002 Hugo Chávez no hubiera sido detenido, sino simplemente ajusticiado? ¡Quién sabe!

Pero, al margen de las por otra parte imprescindibles consideraciones éticas y morales, el problema de fondo es dónde se pone la raya y, sobre todo, quién la pone. ¿Se imaginan al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas votando la eliminación física de, digamos, el presidente de la República Islámica de Irán? Sería inconcebible, pero un abogado del diablo podría argumentar que, cada vez que ese organismo aprueba una acción militar, se ponen en peligro vidas civiles tan dignas de respeto como la del propio Mahmud Ahmadineyad.

Por no hablar de las represalias. Si se demostrara que el presidente Vladimir Putin ordenó el envenenamiento de su colega ucraniano, Viktor Yuschenko, nada impediría la consiguiente venganza; nadie, en definitiva, estaría a salvo. Verdaderamente, es mejor que decida la providencia.