BULEVAR
«Dios, Patria, Rey». Era, con sus mayúsculas, el lema del carlismo decimonónico, cuyo objetivo fundamental era regresar a Atapuerca.Pues ya ven. Esas antiguallas ridículas han logrado, pese a los progresos indudables del método científico, la razón, la Unión Europea y la globalización, alcanzar el tercer milenio cristiano.Ese dios uno y trino -ayudado por sus viajantes de comercio Abraham, Jesús y Mahoma- sigue matando cada día y fabricando creyentes (muchos de ellos fanáticos y algunos incluso asesinos suicidas) por todo el ancho mundo. En cuanto a las patrias, llámense así (padre, patrimonio) o lleven el mote peor aún de nación (nacimiento, comunión) proliferan. Yugoslavia era una patria y ahora son media docena, contando al ya inminente Kosovo de Bush. Esto, sin ir más lejos (y dele usted a «esto» la extensión que guste dentro de la Península Ibérica) está lleno de partidos y partidillos que se llenan la boca de catalanismo o andalucismo, de nacionalistas que matan por la patria vasca, de patriotas gallegos y cantonalistas de Cartagena.Queda el rey. Queda, por supuesto. Y ya tiene heredero. Dentro de nada harán heredera del heredero a la hijita mayor de la periodista que se sacrificó por la patria, todo sea por la igualdad real (nunca mejor dicho) entre varones y mujeres. Los viejos pasamos por eso a regañadientes porque quien ha padecido el franquismo sabe que difícilmente podrá algo ser peor. Los jóvenes pasan sin más. Saben ellos y sabemos nosotros que en la Unión Europea hay otros cinco países (Bélgica, Dinamarca, Holanda, Suecia y Reino Unido) que, pese a ser democracias parlamentarias constituidas en Estado de Derecho, mantienen esa anomalía de la razón llamada monarquía. Dado que el oxímoron monarquía democrática es tan difícil entenderlo desde la razón como el diseño inteligente de Dios y Bush, la extensión de las patrias o la física cuántica, los más renunciamos a intentarlo. Pero algunos, mayormente mayores, no se resignan. El republicano irreductible Ramón Serrano acaba de publicar -en la colección EspañaEscrita que dirige en Planeta su correligionario asimismo incurable Rafael Borràs- Encuentros republicanos. El título es bien explícito. Hablan ahí, sobre «el legado de la Segunda República española y sus valores», una treintena corta de personas, las más de ellas consabidas, empezando por Carlos Rojas y siguiendo con Rosa Regàs, Oriol Bohigas, Eudald Carbonell, Almudena Grandes, Andreu Mayayo, Julio Anguita, ¡Pernando Barrena!... A ráfagas, apasionante. ¿Trabajos de amor perdidos? No diría yo tanto. Diría, eso sí, que hoy en España la palabra «república» suena casi tan obsoleta como «sexo de los ángeles». No es que en España haya muchos monárquicos -¿qué persona sensata puede defender algo tan irracional como la monarquía?-, pero la palabra república, esa cáscara vacía, deja fríos a casi todos los menores de 50 años. ¿Monarquía? Ninguna, por supuesto. ¿República? La de Platón, clasista y misógina, no. Sigamos...
Ivan.Tubau@uab.es
@LEAD:Dios, la patria, el rey y una obsolencia: la república
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