Todos los hombres (cesados) del presidente, de Roberto L. Blanco Valdés en La Voz de Galicia
¡QUE NO se alborote el elemento feminista ni, menos aún, el femenino! Lejos de mí cualquier pretensión de sostener que las ministras que se han visto forzadas a lo largo de los últimos tres años a abandonar sus ministerios, tras el cese presidencial correspondiente, son menos importantes que los hombres cesados por Rodríguez Zapatero.
Ocurre, sencillamente, que en el caso de las mujeres (María Jesús San Segundo, María Antonia Trujillo y Carmen Calvo) resulta difícil encontrar un hilo conductor que explique por qué ellas y no otras. Que siga en el Gobierno Magdalena Álvarez, por ejemplo, y hayan debido abandonarlo las tres citadas, pone de relieve hasta qué punto estas decisiones son personalísimas y, por ello mismo, arbitrarias por completo.
Después de haber asistido, durante un cuarto de siglo largo de democracia, a docenas de nombramientos y de ceses, uno sabe ya que las razones por las que alguien entra o sale del Gobierno pueden ser muy variadas, por más que todos los apologistas del Ejecutivo de turno tiendan a ver en los caídos muchos motivos para el cese y en los recién llegados méritos sobrados para la designación. Así ha vuelto a ocurrir ahora, y nadie debería extrañarse.
De hecho, la salida del Gobierno de Jordi Sevilla entraría en ese saco general de las incógnitas que sólo los zapatólogos podrían descifrar, de no ser porque sucede a las de Bono, Montilla y López Aguilar. ¿Y qué tienen en común todos ellos, más allá de la circunstancia de que abandonaron el Gobierno por motivos (supuestamente) diferentes?.
Veamos: López Aguilar y Bono coincidían en ser dos de los ministros mejor valorados del Gobierno; los dos citados y Sevilla tenían en común, además, su buena formación, muy superior a la de casi todos los restantes miembros del Gobierno (incluido, por supuesto, el presidente); si al trío le añadimos a Montilla, tendremos el cuarteto de ministros que compartía una idea precisa de qué había que hacer en España en el terreno resbaladizo de la cuestión territorial, aunque es cierto que Montilla acabó por subordinar sus proclamadas convicciones a sus incontenibles ambiciones.
A muchos les parecerá del todo casual, pero reconocerán ustedes que la cosa es, cuando menos, sorprendente: tras tres años de Gobierno, no queda en él nadie que puede hacer sombra a Zapatero, ni nadie capaz de corregir con convicción y con razones la futura política territorial, que ya es fácil de entrever: dar a los llamados nacionalistas moderados lo que pidan, tras haber entregado a los nacionalistas radicales un nuevo marco estatutario que los moderados jamás hubieran podido llegar a imaginar.
