LA TRASTIENDA

Sólo Carod-Rovira es capaz de llegar al Círculo de Economía y pegarles una bronca a los empresarios catalanes por no haberse implicado más en el proceso de reforma del Estatut. Y lo hacía no tanto como vicepresidente del Govern catalán, sino como máximo representante de la fuerza política probablemente más alejada, por intereses y por desconocimiento, de la masa empresarial del país. Tiene cierta lógica que exista un desfase de interés entre ERC y los empresarios catalanes. No tan sólo porque en un análisis superficial unos son la izquierda y los otros la derecha, sino, y sobre todo, porque los primeros sueñan con iconos del pasado y los segundos son pragmáticos. Tan pragmáticos como es una cuenta de resultados.Pues Carod llegó a la casa de los empresarios y les dijo que si la reunión en el IESE demandando más inversión en infraestructuras, fundamentalmente en el aeropuerto, la hubieran convocado durante la elaboración del Estatut y su discusión en Madrid, se habrían logrado más cosas para Cataluña.La cara de cada uno de ellos, según me han explicado, era de cuadro de Kandinsky. Punto y línea sobre el plano. O sea, todas las formas posibles de mostrar una obra de arte abstracto. El punto, la línea en toda su dimensión y el plano en su labor de espacio contenedor. Carod fue a por todas y, sin importarle las consecuencias o sí, poniendo su mirada en este fin de semana, intentó demostrar a su electorado que ERC está por encima de empresarios y presidentes de gobierno.A José Manuel Lara no le debió gustar en exceso el comentario de Carod. Le recordó la carta, desafortunada por otro lado, que los más importantes empresarios del país, entre ellos Lara, junto con Joan Rosell, Miquel Valls o Ricard Fornesa, enviaron a Maragall solicitando un Estatut fuerte, sólido y rápido. Nefasta carta que después recibió todo tipo de críticas desde Cataluña pero, sobre todo, del resto de España.Durante aquellos días del verano de 2005, esa masa empresarial de elite a la que antes nos referíamos actuó de buena fe apoyándose en un presidente de la Generalitat que nunca les había fallado y comenzaba a hacerlo. Así que allí estaban. Carod pegando la bronca a los más importantes representantes de la economía catalana y Lara no entendiendo nada.Y es que pasa lo que pasa. La sociedad catalana tiene unos empresarios de gran calado, solventes en sus decisiones y proyectos, pero lentos y asustadizos cuando la política se apodera del foco de la cuestión. Los empresarios catalanes deberían dar un golpe en la mesa, con elegancia y sin exceso de ruido, pero dejando claro que parte de los problemas por los que pasan están causados por la irresponsabilidad de los últimos gobiernos, uno de cuyos integrantes estaba en la mesa de los empresarios.Cuando Maragall pidió ayuda a la sociedad civil catalana, todos se convirtieron en cómplices, sin quererlo la mayoría, del desastre del Estatut. Dejando a un lado la torpeza del PP en sus justificadas críticas a un texto incomible y que ahora parece que la mayoría olvidó, el lastre del esfuerzo del Estatut aún vive y sigue en la memoria de todos. ¿Qué hacer al respecto?Madrid y Valencia, cada día que pasa, parecen más alejados de los problemas que siempre ha tenido España. El PP, que tan nacionalista español parece en Cataluña, en estas dos comunidades, donde por cierto gobierna, ha logrado formalizar un discurso entre sector empresarial, instituciones públicas y sociedad, nada patriótico y que ofrece unos resultados que, de tenerlos en Cataluña, darían un vuelco a la economía del Estado. Pero el tren nos sigue pasando y parecemos estar en Babia. Excepto en recintos feriales donde, afortunadamente, Fira de Barcelona sigue manteniendo un nivel de profesionalización envidiable, el resto de las iniciativas se apagan. Hasta la cultura.Y en otros sectores seguimos reclamando una gestión propia del aeropuerto, porque discutir sobre ello es lo que está de moda, aunque la realidad indica que la nueva terminal, más grande que la famosa Terminal 4 de Madrid, situará a El Prat entre los centros aeroportuarios más importantes del mundo en número de vuelos por hora, casi 94. Ahora habrá que llenar los espacios de esos posibles 94 despegues y ello, sólo con la gestión de la Generalitat, resulta difícil. Hay que reconocer una cosa: es más fácil ser empresario en Italia o en la Conchinchina que en Cataluña. El mal sentido de colectivo, de patria, sigue condicionando en exceso muchas de las decisiones de los consejos de administración. O puede que no de los consejos pero sí de sus presidentes. Y así, el mundo corre lento, anodino. Nos pasan por la izquierda y sin quejarnos porque acabarían acusándolos de ser contrarios a Cataluña.Los empresarios catalanes deben tener la valentía de trasladar las inquietudes de los comedores de sus casas a sus empresas.Ellos lo saben. Saben la salida. Pero el valor en solitario sirve de poco si tienes mucho que perder. No hay quien pueda ganar a esta sociedad que tanto ha demostrado durante siglos. Sin embargo, aquí estamos.

alex.salmon@elmundo.es

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