La Coctelera

Reggio

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7 Julio 2007

Si la propia vida no tiene importancia..., de Lluís Foix en Los Blogs de La Vanguardia

Es imposible averiguar la relación entre lo que está ocurriendo en la Mezquita Roja de Islamabad, el atentado que costó la vida a siete turistas catalanes y vascos en Yemen, la muerte de seis soldados españoles en Líbano y la desarticulación de un complot terrorista en Londres y Glasgow.

Estos actos de violencia política perpetrados en poco más de una semana no pueden estar organizados desde un cuartel general con sede desconocida. Tampoco es probable que respondan a órdenes dadas por un supuesto cerebro que da instrucciones de atacar a soldados, turistas y gentes de varias ciudades occidentales.

Tampoco puede ser el mismo personaje o estado mayor que ordena recluirse en la Mezquita Roja de Islamabad para pedir la instauración de la ley coránica en Pakistán. Ni parece haber una consigna para cada uno de los atentados que a diario se registran en Iraq, Afganistán y Palestina con resultado de muchas muertes.

La teoría de un movimiento capilar que compele a musulmanes radicales a ganar violentamente el poder en sus propios países y a atacar a las sociedades democráticas en las que conviven con total normalidad, va ganando cuerpo.

Precisamente, este desconocimiento de la autoría intelectual y política de la violencia ejecutada en los lugares más inesperados de la Tierra, es un fenómeno contra el que es imposible luchar.

No valen ejércitos, ni armas sofisticadas, ni discursos sobre la libertad o el progreso de las sociedades occidentales. Se estima en diez mil los musulmanes que están dispuestos a inmolarse para hacer saltar por los aires regímenes dictatoriales como el de Pakistán, Arabia Saudí o Líbano.

Se supone que han sido o están adiestrados en Iraq, Afganistán y Pakistán. Pero no tenemos noticias. Ni siquiera los gobiernos de estos países, que operan bajo el paraguas político de Estados Unidos, de Europa y de las Naciones Unidas, saben cómo detectar el movimiento de terror que se incuba en sus propios territorios.

Occidente está preparado para librar guerras convencionales. Estados Unidos tiene la hegemonía militar, económica y política. Pero esta guerra subterránea, ilocalizable, confusa y difusa, no se puede combatir con los manuales clásicos de las escuelas de estado mayor.

Es una guerra de ideas, de sentimientos, de odios y de venganzas. Una guerra que se libra en la red con webs que envían comunicados y señales sobre cómo y cuándo conviene atacar.

Es una guerra de inteligencia en la que no median estados, gobiernos, líderes, ejércitos o flotas. Es un conflicto que pone en entredicho la desproporción entre los arsenales de las grandes potencias y la miserable dotación de armas de los que han plantado cara a Occidente con la bomba atómica de los pobres, los artefactos que muchos suicidas se colocan en la cintura y matan muriendo.

El enfrentamiento será largo y doloroso. Es una guerra que juega con el miedo de sociedades enteras que habíamos pensado que nuestra superioridad económica, militar y de políticas basadas en las libertades, no podía ser puesta en peligro por unos miles de fanáticos que están convencidos que lo único que pueden perder es su vida.

En 1848, Carlos Marx y Federico Engels firmaban conjuntamente el prólogo del Manifiesto Comunista mientras fracasaban todas las revoluciones que se produjeron en toda Europa aquel año.

El texto terminaba diciendo que "los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente. Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar.¡Proletarios de todos los Países, uníos!"

La repercusión mundial de aquel manifiesto es sobradamente conocida. Pero sus autores hablaban de cadenas. Los que perpetran buena parte de los atentados en nombre de la jihad islámica se refieren a sus vidas.

Si la propia vida no tiene importancia, menos la tiene la de los demás. No acertamos a calibrar el alcance de la violencia que se nos viene encima.

Tags: lluis foix

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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