EL RELEVO EN EL 10 DE DOWNING STREET

John Colville, diplomático y secretario personal de Winston Churchill, escribió en su diario una anotación, correspondiente al 4 de julio de 1955 (vigilia del día en que el viejo político dimitió como primer ministro y abandonó la escena), en la que refleja el estado de ánimo del líder tras la cena que ofreció a la Reina en el número 10 de Downing Street, inmortalizada por la fotografía en la que Churchill despide a su soberana ataviado con calzón corto. Dice así: "Cuando todo el mundo se hubo marchado, subí con Winston a su dormitorio. Se sentó en su cama, llevando aún la jarretera, la Orden del Mérito y sus bombachos. Durante unos minutos no dijo una palabra y yo, imaginando que meditaba con tristeza que era su última noche en Downing Street, permanecí en silencio. Luego me miró y me dijo con vehemencia: 'No creo que Anthony pueda hacerlo'. Se refería a Anthony Eden, su sucesor, quien efectivamente no pudo hacerlo y se ahogó en Suez".

NO ME CONSTA que Tony Blair augure lo mismo a Gordon Brown, pero estoy seguro de que habrá experimentado idéntica sensación de desgarro por la pérdida del poder. Escribe Martin Amis, en un reportaje del adiós a Blair, redactado tras acompañarlo en diversos viajes: "No está mal recorrer la ciudad en coche con Tony. (...) Los policías, encorvados, con sus bandas de color amarillo fosforescente, zumban a nuestro lado como avispas decididas para despejar el camino delante de nosotros. Prácticamente no tenemos que frenar ni una vez entre Downing Street y el Westway. El poder se le acaba, pero todavía podemos disfrutar de este lujo durante un poco más de tiempo. (...) El mejor instante se produce cuando nos aproximamos a Hyde Park Corner. En vez de rodear el arco, como todos esos pobres desgraciados, pasamos a través, en diagonal, por debajo del arco (...). Me pregunto si el motivo de que Tony tenga un aspecto tan juvenil es ese: 10 años sin tener que sufrir atascos". No es extraño que, al final de su recorrido, Amis le pregunte a Blair: "¿Y cómo se encuentra ahora que está desvaneciéndose? Me refiero al poder". "Hasta ahora, bien -responde Blair-. Cuando llegue el día, seguramente me aferraré a la aldaba de la puerta. Pero hasta ahora, creo que estoy dispuesto a dejarlo marchar".

Hace 10 años, Blair logró una aplastante victoria, que repitió luego dos veces, si bien con apoyo decreciente. El Partido Laborista, al que accedió impulsado por su conciencia social y su visión cristiana de la comunidad, se transformó bajo su impulso en el Nuevo Laborismo, defensor de una socialdemocracia modernizada para un mundo en transformación, que funda su prosperidad en el capital humano y social, y promueve una tercera vía que discurre tan lejos del neoliberalismo como de la versión estatista de la socialdemocracia. Se trata en suma -según Garton Ash- de una "forma posideológica y pragmática de hacer política, una actitud ecléctica que toma elementos prestados de la izquierda y de la derecha y se preocupa más por los resultados que por la coherencia ideológica". Blair hizo entender a los laboristas que la vieja clase obrera se estaba convirtiendo en una nueva clase media con ganas de prosperar y dada al consumo. Como escribe Rosa Massagué en su excelente libro El legado político de Blair, "esta nueva clase media era la que había traicionado al partido que históricamente la había representado para dar sus votos a los conservadores".

Pero, además de ello, el activo esencial de Blair ha sido su enorme calidad como comunicador. Su capacidad de convicción, la claridad de su mensaje, su habilidad extrema para encontrar la palabra adecuada para condensar -en cada momento- el sentimiento colectivo dominante, hacen de él un líder que sobresale sin discusión por encima del conjunto de medianías que pululan en la política europea. Con este bagaje, no es extraño que sean notables sus logros: la paz en el Ulster, un crecimiento económico sostenido, gestionado con tino por Gordon Brown, la devolución a Escocia y Gales y la reforma del Estado del bienestar. Pero en estas mismas virtudes se hallá quizá el origen de sus defectos, que completan su perfil de político más hábil que sólido, más intuitivo que reflexivo, más proclive a la manipulación mediática que a la transparencia parlamentaria, y más atento a su entorno de colaboradores que al Gobierno. Un político, en fin, con tendencia a adoptar aires de presidente y proclive a mostrar cierto mesianismo, mientras decide el futuro del país sentado en el sofá y de espaldas al Parlamento.

ESTE AUTISMO, unido a su relativismo ideológico, explica en parte su pasivo como gobernante: el fracaso de su política educativa y el hecho de que la sociedad británica sea hoy menos equitativa y con menor movilización social que hace 10 años. Como apunta Massagué, "al final del segundo mandato de Blair, en el mejor de los casos, el laborismo habría frenado la desigualdad, evitando que empeorara, y en el tercer mandato parece que el freno empieza a saltar". Los indicadores de pobreza absoluta y relativa, así como de pobreza infantil, lo demuestran. Pero, sobre todo, ha sido también este autismo el que ha provocado el gran error de su vida: su apoyo incondicional a la invasión de Irak por EEUU, en el marco de una sumisión absoluta -impropia de un premier británico- a George Bush. Mintió doblemente a sus conciudadanos. Les mintió para llevarles a la guerra, y les mintió al negar cualquier relación entre esta y los posteriores atentados de Londres. Esto ha precipitado su marcha y marcará para siempre su legado.

Juan-José López Burniol. Notario.