Preguntas, de Patxi Igandekoa en IzaroNews
No nos damos cuenta de ello tanto como sería de desear, pero la mayor parte de nuestra vida consiste en nadar a favor de la corriente. Nuestra zozobra existencial y la sensación de estar perdiendo el tiempo proceden en gran medida de este hecho. ¿Podemos elaborar un análisis forense de esta trágica circunstancia, no por ubicua menos peculiar? Con solo plantear la pregunta ya hemos comenzado a hacerlo.
Hace poco me encontré en la estación con un antiguo profesor de Filosofía, y al verle me dio por recordar, por primera vez en muchos años, algo que él siempre decía en sus clases: que lo importante no son las respuestas, sino las preguntas. La preguntas preceden a las respuestas de la misma forma que la acción al pensamiento -una verdad incuestionable, ya que incluso para llevar a cabo la más trivial de las reflexiones resulta necesario un acto de voluntad, y no menos movilizar partes del propio cuerpo: glóbulos rojos, azúcares, dopaminas e incluso los músculos que mueven las cejas y el mentón-. Habiendo preguntas y acción después podrán venir o no el pensamiento y las respuestas. Pero si no hay preguntas ni acción, podemos estar seguros de que acto seguido no habrá nada más.
El ser humano va en busca de respuestas sin saber casi nunca a qué interrogantes concretos. Esta actitud es fomentada por el entorno y los medios. Desde que amanece se nos somete a un bombardeo constante de asertos, contenidos, consignas, dogmas, mandatos, slogans publicitarios, exhortaciones, confidencias y demás, cuyo objeto no consiste tanto en satisfacer nuestras necesidades de orientación como en encauzarnos en el gran río de la vida, como si fuéramos troncos que unos leñadores llevan flotando cauce abajo hasta la serrería. Esto, naturalmente, no nos satisface. Tenemos la sospecha de que alguien nos está tomando el pelo, pero no podemos demostrarlo.
Las preguntas no solo sirven para dar una buena clase de Filosofía, sino también para articular un discurso mental sano en la vida cotidiana. Todas esas falsas respuestas que nos llegan no son las que necesitamos; algunas de ellas puede que sí, pero solo por azar. ¿Cómo vamos a tener respuestas de calidad si todavía no hemos hecho las preguntas que realmente nos interesan? Intentémoslo. Bastarán unos cuantos ejemplos para darnos cuenta, por el contraste, de lo poco que aprovecha todo ese alud informativo que pasa por nuestro lado como el agua junto a los troncos que navegan río abajo.
¿Hay algo importante para hacer hoy? La cosa no va mal. Con una sola pregunta hemos puesto orden en nuestra agenda. Sigamos: ¿me llegará el dinero a fin de mes al ritmo actual de mis gastos? Ahora tenemos algo más de control sobre nuestras finanzas particulares. Seamos ambiciosos: ¿en qué estaré trabajando dentro de diez años? ¿cuánto me aprovechan los libros que leo o dejo de leer? ¿es esta persona la pareja definitiva, junto a la cual pasaré el resto de mi vida? ¿Realmente sé lo que quiero hacer...?
Démonos cuenta de lo importante que es la herramienta que acabamos de descubrir. Su eficacia no reside en saber que la tenemos a nuestra disposición, sino en hacer uso de ella con asiduidad. También sirve para gobernantes y gestores de todo tipo. Las cuestiones políticas no se dirimen en función de axiomas ideológicos, táctica de partidos, propaganda y disputas improductivas acerca de lo que se dijo en la legislatura anterior, sino considerando los grandes interrogantes que tienen que ver con el sentir colectivo: ¿Qué quiere el país en realidad: trabajo, vivienda, paz? ¿Estado o globalización? ¿Podemos seguir como hasta ahora? ¿Será necesario un cambio? ¿Qué es lo que habrá que cambiar?
La clave está en las preguntas. Antes de ir en pos de la respuesta, o de saber siquiera si existe una respuesta, la pregunta, en el momento de surgir, ya ha cambiado nuestra percepción de la realidad. Si la respuesta es América, la pregunta es Colón. Y si no, que se lo pregunten -nunca mejor dicho- a Sócrates, ese filósofo de la Antigüedad que probablemente sea el pensador que, después de Jesús de Nazaret, más haya influido en el desarrollo de la cultura occidental. Fijémonos sobre todo en que estamos hablando de un hombre que no dejó ningún sistema de pensamiento estructurado, ninguna doctrina, y tampoco ningún libro. De hecho en toda su vida jamás escribió una sola línea. El solamente hacía preguntas.
