Ultimo debate de una legislatura que tuvo la crispación como denominador común. Entre las muchas y abismales diferencias existentes entre Zapatero y Rajoy, la más palmaria de todas no ha sido advertida por los comentaristas políticos más sesudos de todas las Españas. Y es que al actual Presidente el estilo del que vino haciendo uso le va pintiparado, mientras que al jefe de la oposición el tono bronco no le favorece en lo más mínimo. Zapatero es optimista y no incurre en profundidades ni en la brillantez. Dista mucho de ser un gran orador. No tiene la mordacidad del primer Felipe González, tampoco su poder de convicción. Su discurso es plano. No hay acogida para lo vertiginoso, no sabe emocionar; es la suya una retórica de bombero que está persuadido de su capacidad para sofocar los incendios de la vida pública y mediática. Y, en eso tiene razón Rajoy, demostró no tener el don de la profecía.

En Rajoy, la retranca para la que parece tener aptitud sólo se queda en amago. Su guardia pretoriana impuso el tono bronco desde que perdieron las elecciones hasta el momento. Es un grave error no ser fiel al estilo propio, o, como diría Juan de Mairena, a la máscara que debe tener todo hombre público.

Dicho todo esto, el mayor problema de esta legislatura se emplaza dentro de la misma clase política, y termina donde empezó, es decir, no reconociendo en términos democráticos los resultados de las elecciones de 2004.

¿Cómo es posible tamaña ceguera por parte de los analistas políticos? ¿Por qué no se ha querido reparar en que las circunstancias vinieron a disponer que concluya el juicio sobre el 11-M casi en el mismo momento en que se escenificó el último debate sobre el estado de la nación?

Se equivoca mucho el PP con su crispación a cuestas. Reciente, en términos históricos, está el período 93-96, trienio del griterío, que concluyó con la victoria pírrica de Aznar frente a un González enfangado al máximo en terrorismo de Estado y en corrupción. El ex presidente conservador desbancó a González, más que por méritos propios, por las miserias y tropelías del felipismo, que, un día sí y otro también, trascendían a la prensa.

Ahora bien, como es obvio, Zapatero no es González. Arremeter contra el político leonés por haber intentado, sin conseguirlo, la paz en el País Vasco se vuelve y se revuelve contra quien esto promueve. No se le puede culpar de haber cedido al chantaje de ETA, toda vez que la organización terrorista rompió la tregua. Y, dígase lo que se quiera, es deber de cualquier Gobierno luchar por la paz. Aznar negoció y lo intentó, también sin éxito.

Luego vino la acusación de que con Zapatero España se desmembraba o desaparecía. Por fortuna, tan terribles augurios no se cumplieron. Todo ello surgió sobre todo a resultas del Estatuto de Cataluña, que, miren por dónde, fue un fracaso colectivo. En primer término, de sus promotores, tal y como lo demuestra el resultado del referéndum que al efecto se celebró. En segundo lugar, del PP, que demostró quedarse fuera de juego, sin ofrecer más alternativas que negarse a lo que se negociaba, sin que su política al respecto le haya favorecido electoralmente en Cataluña.

Para después de un debate que marca el fin de la presente legislatura. Rajoy en su último discurso hizo gala de una dureza extrema. Zapatero, en su línea, de un optimismo poco contagioso, a decir verdad.

Asignaturas pendientes, casi todas. La España plural sigue siendo una realidad social y cultural que, sin embargo, no tiene la plasmación política deseada. ETA tiene su maquinaria a punto para extorsionar y asesinar. Se cierra el juicio del 11-M, y la clase política sigue sin estar a la altura obligada ante una matanza tan brutal. Ahí siguen las teorías de Dios sabe cuántas conspiraciones, sin que, por su lado, el señor Acebes, responsable de la seguridad de la ciudadanía en aquel momento, haya pedido perdón por no haberlo sabido evitar y por la forma en que administró la información sobre el atentado.

Y lo peor de todo es que sigue habiendo dos palabras, la palabra «España» y la palabra «Estado», que, en lugar de ser nombradas con la solemnidad requerida, continúan teniendo connotaciones negativas para unos y para otros. La izquierda no termina de poner su proyecto de país sobre la mesa, su proyecto de España, haciéndolo de un modo atractivo y aceptable. España, por fortuna, es mucho más que la charanga y pandereta del poema machadiano. Y, si al sentido de Estado vamos, a la existencia de verdaderos estadistas en la política de nuestro país, la orfandad que podemos sentir estremece.

Zapatero es un Adolfo Suárez rebajado y descafeinado. Rajoy se ha amordazado a sí mismo, limitándose a cumplir el guión que le dictan Zaplana y Acebes, por un lado, y el señor Aznar, envalentonado y crecido tras haber metido a su país en una guerra injusta y tras haber perdido unas elecciones a las que -¡oh, paradoja!- no se presentaba, por otro.

Para después de un debate. La cuadratura del círculo de una legislatura en la que Rajoy parece que puede conseguir que Zapatero salga ligeramente victorioso, no por sus propios aciertos, sino por la oposición que se le hizo. Y eso, don Mariano, sí que es tocar techo.