TIEMPO RECOBRADO

Era octubre de 1975 y el invierno había llegado prematuramente a París. Me matriculé en Filosofía en la Universidad de Vincennes. Vivía en una residencia de estudiantes en la Rue Vaugirard. Cogía el metro a los ocho de la mañana en Odeon y acudía disciplinadamente todos los días a clase.La línea de metro acababa en el castillo donde fue ejecutado Enghien por orden de Napoleón. Había que andar un par de kilómetros hasta la Universidad, atravesando un bosque cubierto de hojas. A un lado del camino y oculta tras los árboles, estaba la Universidad de Vincennes. Era el único centro de enseñanza de Francia donde no pedían papeles para matricularse. Las aulas no tenían puertas y los profesores sólo disponían de una pequeña mesa y una pizarra sin tiza. Algunos cristales estaban rotos y el patio era un mercadillo persa donde olía a pachulí.Era una rara Universidad porque no había exámenes ni notas ni controles de asistencia. Pero allí daban clases de filosofía Deleuze, Lyotard, Chatelet, Poulantzas, Badiou y otros represaliados de Mayo del 68.Veía caer la nieve -aquel invierno fue muy crudo- mientras Deleuze hablaba sobre la ética de Spinoza o mientras Chatelet con su gran melena blanca disertaba sobre la Revolución Francesa. Había alumnos sentados en el suelo, envueltos en sus bufandas y tomando notas.El único lujo de aquella destartalada Universidad era una excelente biblioteca con una buena calefacción. Allí pasaba las horas vespertinas, leyendo a Althusser y a Lacan. Una de esas tardes, el 20 de noviembre de 1975, ví a una chica que llevaba Le Monde. Estaba a un par de metros. Jamás olvidaré aquel titular: «Franco est mort».Franco murió y yo seguía cogiendo el metro -me colaba sin pagar porque no tenía dinero- para ir todos los días a Vincennes. Una mañana ví a Sartre vendiendo Libération en la plaza del Odeon, muy cerca de la Librería Española.Aquel mes de diciembre colgaban chorros de hielo de las estatuas de la fuente de Saint Sulpice, a unos metros del seminario donde estudió Renan. Iba casi todas las noches al Café du Vieux Colombier en la Rue de Rennes y paseaba los fines de semana por los Jardines de Luxemburgo, donde me paraba frente a la estatua de Baudelaire.No diría yo, como Hemingway, que París era una fiesta, pero sí que era una ciudad donde una persona podía encontrar las experiencias y los conocimientos que nos negaba la mediocre España de Franco, en la que todavía era obligatorio el No-Do y la conexión a los partes de Radio Nacional.El destartalado complejo de Vincennes era un refugio para los desarraigados y para los que no tenían más patria que su afán de conocer. En esa escuela sin puertas, sin exámenes y sin listas, descubrí -entre otras muchas cosas- una forma de aprender que nada tenía que ver con lo que se enseñaba en la burocratizada Universidad que había dejado en Madrid y que ha cambiado poco desde entonces.

@FIRMA:PEDRO G. CUARTANGO

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