A raíz del informe sociológico presentado por el Instituto de la Mujer sobre el papel de las abuelas en el funcionamiento de las familias con hijos pequeños se me ha ocurrido una reflexión que, de hecho, me gustaría compartir con las interesadas. Quiero decir con las abuelas, porque parte interesada lo son todos los miembros de la familia, tanto ellas, como padre, madre y nietos, amén del marido/abuelo.

Se dice en el estudio que de las 600 mujeres encuestadas la mayoría manifiesta que cuidar de sus nietos constituye, ante todo, un placer, aunque a veces les resulte cansado. Más de cuatro horas diarias es el tiempo que de promedio dedican a ello, de lo cual se deduce que algunas pueden llegar a sustituir a los padres durante toda su jornada laboral.

Un aspecto que perfilar sería el de conocer si el principal motivo de su dedicación es ayudar a los hijos en el lío de compaginar trabajo y familia, poder atender a sus nietos más amorosamente que la mejor canguro o disfrutar de ellos. Cualquiera de las tres razones es suficientemente válida, además de merecedoras de gratitud las dos primeras.

No cabe duda de que, en el caso de los padres auxiliados por la abuela, el agradecimiento suele estar presente. Ahora bien, ¿cómo responden los nietos al hacerse mayores? He aquí un estudio que aún no se ha realizado, por lo que yo sé, pese a que nos proporcionaría un retrato de cómo reaccionan los niños ante los abuelos a medida que van creciendo. Sabemos qué hacen las abuelas cuidadoras, conocemos que tienen una edad promedio de 61 años, que a medida que envejecen suele aumentar el número de nietos, su ocupación y su agotamiento, pero no sabemos cómo actúan en lo tocante a ellas los preadolescentes, los adolescentes, los jóvenes.

En las sociedades urbanas, tecnológicas, consumistas y hedonistas, ¿los nietos son cariñosos, considerados, agradecidos respecto de las abuelas, en ocasiones los abuelos, que les han cuidado cuando eran niños? ¿Van a visitarlos con frecuencia?, ¿una vez al año?, ¿quizás nunca? La imagen del pequeño que recibe a su abuela con los brazos abiertos mientras corre hacia ella, consciente de que le espera una mañana o una tarde llena de amor y de juegos ¿tiene su parangón diez años después?

He aquí una radiografía sociológica que todavía no se ha abordado, tal vez porque penetraría en algo muy íntimo, muy decepcionante, muy doloroso. ¿Cabe imaginar en la actualidad una ternura de los nietos hacia los abuelos al estilo de la archifamosa Heidi en relación con su abuelo? Me temo que lo más corriente es que los niños no conserven en la memoria todas las horas vividas con su abuela y que tuvieron por maravillosas. Habría que preguntar a las abuelas qué ocurre con sus nietos a partir de cumplir los doce o trece años.

Preguntar cuántas se quedan aturdidas al comprobar que su nieto o nieta ya no tiene nada que decirles, que cuando se pone al teléfono se limita a pasarle el auricular a uno de los padres, que protesta si ha de pasar una tarde aburrida con los abuelos cuando lo que quiere es divertirse sin parar.

A pesar de todo, las abuelas continuarán ocupándose de los nietos que aún son niños, sabiendo de antemano lo que ocurrirá al cabo de unos años. Irán envejeciendo mientras prodigan ternura, y cuando se acaben las fuerzas, a medida que los pequeños van creciendo, aguardarán su visita en casa o en la residencia. Si es que sus padres tienen el buen criterio de recordarles que la abuela existe y espera una muestra de cariño.