Sexo en Madrid
Aunque venía de un pueblo pequeño, Paca estaba acostumbrada a que le pidieran cosas raras. A 100 metros de Paqui's Peluqueras, donde había empezado a trabajar, estaba el prostíbulo más grande de la zona: El Conejo de la Suerte, un emporio con 100 habitaciones. Paca estaba acostumbrada a hacer a las rumanas depilados brasileños y a las brasileñas depilados púbicos completos. Entre tira de cera y tinte vegetal le contaban cosas que no sabían casi ni ellas mismas. Había recortado y teñido el vello púbico para hacer corazones, el escudo del Celta de Vigo, dianas... Y había oído hablar de todo tipo de preferencias sexuales y parafilias. Casi nada le sorprendía. Una vez instalada en Madrid, donde Paca había conseguido trabajo en un centro de estética de lujo, la Señora Alenza le dijo que tuviera cuidado con los puntos de la vagina. Ella no hizo ningún comentario. Depiló y calló. Pero se dio cuenta de que tenía los labios mayores más prietos, menos descolgados que antes. En cuanto se fue, Paca le preguntó a su compañera por la enfermedad de la pobre Señora Alenza. Ella le explicó que se había hecho una reducción de los labios mayores porque así recuperaba el aspecto de las vaginas casi adolescentes. Paca empezó a obsesionarse con aquello. Ella, que era una experta en labios mayores (llevaba cinco años depilando una media de tres pubis al día), se dio cuenta de que no había caído en que sus labios (inferiores) mayores estaban un poco descolgados. ¿Cómo los había llamado su compañera? ¿Cuello de pavo? Tenía que ahorrar para operarse. Por un instante pensó que a lo mejor eran cosas suyas, que era muy impresionable. Desde que había descubierto el depilado integral, jamás dejaba que creciera ni un milímetro el vello de su pubis. Finalmente, se operó. Un mes después, cuando todo cicatrizó, se encontró con Alferedo, quien le gustaba desde hacía años y nunca le había hecho caso. Aquella noche, milagrosamente, terminaron juntos. Cuando él hizo amago de practicar el sexo oral, se paró en seco, la miró y le dijo: «¡Lo siento, no puedo!». Le explicó que el sexo rasurado le producía un rechazo que no podía evitar. Que a él le gustaban las mujeres, no las niñas, y que aquello le quitaba todo el morbo a la relación. A Paca le gustaba de verdad aquel chico, así que pensó que merecía la pena sacrificarse, dejarse crecer el vello y parecer una mujer.
© Mundinteractivos, S.A.

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