PRISMA

Debe ser porque la aristocracia teatral del país que ocupa las grandes ciudades les impide encontrar una manera clara de normalizar su actividad escénica, o quizá porque la creación artística se produce mejor en circunstancias tranquilas. La verdad es que cada día es más habitual ver como algunas compañías teatrales emigran hacia pequeños pueblos donde trabajar, pensar y vivir fundiéndose en una misma sensación.

Hace poco conocí la experiencia de un grupo teatral de Madrid, ya muy experto, que se llama Guirigai, que por las necesidades de una producción concreta buscaba una nave fuera de Madrid y acabó instalándose con bártulos y estenografías en Los Santos de Maimona (provincia de Badajoz). El alcalde del pueblo no vaciló en ofrecerle una vieja nave previamente ocupada por un Spa a cambio de casi nada y ahora Guirigay forma parte de la fisonomía social de este pueblo y en alguna medida lo coloca en el mapa.

Es un modelo inteligente de plantearse la descentralización, una manera honrada de mirar ese negocio de las mudanzas que en Cataluña llamamos residencias, que es fantástico en el plano teórico pero que pocas veces penetra y altera la geometría cultural de nuestras ciudades.

Guirigai tomó la decisión por su cuenta y encontró el apoyo de un alcalde inteligente. A cambio le montan seminarios y conferencias, a veces internacionales, y los vecinos del pueblo tienen teatro con cierta frecuencia, lo que para un pueblo de 8.000 habitantes es un pequeño milagro.

La complejidad cultural de las grandes ciudades es enorme. Para los creadores independientes competir con las grandes empresas no es tarea fácil en buena parte porque nos hemos acostumbrado a una programación estandarizada que lucha por arrebatarse los mismos públicos, sin preocuparse demasiado por crearlos de nuevo.Descubrir que el país está lleno de rincones con ciudadanos ávidos de descubrir nuevos escenarios culturales puede resultar intrascendente para aquéllos que están instalados en el negocio de la cultura, pero es sorprendente para los que viven la creación como una aventura permanente.

La lección que uno aprende de Guirigai es que se puede funcionar exactamente igual en el mundo cultural, parir espectáculos y realizar largas giras desde el compromiso social y desde la periferia territorial. Sería interesante tomar nota de ello y desde nuestros distintos gobiernos favorecer que aquellos colectivos artísticos que lo deseen pudieran trasladar su residencia a tantos pueblos y pequeñas ciudades donde les sobran locales y les faltan agitadores culturales. Internet nos conecta al mundo y la red de comunicaciones terrestres (salvo la Renfe) nos pone a tiro de piedra de cualquier sitio donde tengan a bien comprar un espectáculo.

En Cataluña lo hicieron en su momento los Joglars, Els Comediants, los del Circ Cric y muchos otros del teatro de calle. En aquella época eran un poco hippies pero ahora ya no es necesario comulgar con la comuna. Es tan simple como aprovechar las virtudes de un urbanismo creciente que acerca las ciudades a una gran malla interactiva. Siempre hemos dicho que las políticas culturales deben actuar de arriba abajo y de abajo arriba y ésa es una manera evidente de practicarlo. No es una cuestión de dinero, simplemente de asegurarle a un colectivo que trasladarse a una pequeña ciudad no lo borrará del mapa o incluso mejor, que por razones de redistribución cultural, se trata de un esfuerzo que tendrá premio.

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