El presidente del PP y líder de la oposición no atiende razones, no toma decisiones y no actúa en consecuencia con su propio discurso político. Quiere que la victoria electoral le llegue del cielo, como el maná, porque considera que los españoles tienen que saber —ya son mayorcitos, pensará— que Zapatero es un mal y temerario gobernante que ha puesto España en cuarentena, que ha mentido sobre ETA, trucado el mapa territorial del Estado y provocado una ruptura de los pactos de la Transición. Pero siendo cierto todo esto, que lo es, también es cierto que España no se ha roto (se han roto más los partidos de los nacionalistas catalanes y vascos con estas reformas), que la Transición está agotada y debe caminar de la partitocracia hacia la democracia —separación de los poderes del Estado, reforma de la Ley Electoral, modernización tecnológica y globalización, etc.—, y que lo de ETA, al margen de las mentiras y del fallido proceso negociador, no importa demasiado a los españoles siempre y cuando la economía vaya bien, y menos cuando los ciudadanos no están para tragedias, como la escenificada el martes en el Congreso de los Diputados, porque en este momento muchos están ya de vacaciones o haciendo las maletas para tumbarse al sol.
Como muy bien ha escrito José Oneto en este diario, después de su duro —“doloroso”, lo calificó el líder del PP— discurso, a Rajoy no le quedaba más remedio que lanzar una moción de censura contra Zapatero, para presentar en ella su proyecto político y su programa de gobierno alternativo, cosa que no hizo durante el debate, como se lo reprochó Zapatero. Y cosa, la moción de censura, que debió haber presentado Rajoy hace tiempo; pero no lo hizo porque en su manera política de actuar prima el no hacer nada, el verlas venir, y su confianza en que Zapatero se va a estrellar solo, lo que está por ver, no vaya a ser que, al final, el que se estrelle sea el líder del PP.
Es verdad que Zapatero hace muchas cosas y tiene muchos méritos para perder las elecciones, pero también es cierto que Rajoy no hace nada para ganarlas. Su discurso en el debate de la nación fue duro y muy conservador. Con guiños exculpatorios a las grandes mentiras de la guerra de Iraq y del 11M, a base de inflar las causas de las muertes de soldados españoles en Líbano y Afganistán, y con apoyos sumisos a los disparates de la Conferencia Episcopal sobre ese pretendido “catecismo socialista”, como llamó a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, de la que no supo ni quiso decir ni pío sobre el presunto credo político y maldades de dicha asignatura.
Es decir, aquello del “centro reformista”, el cuento luego abandonado por Aznar, con el que el PP llegó al poder en 1996 ha desaparecido del ideario de este partido y de los discursos de Rajoy. Ahora resulta que todos son liberales, a palo seco, sin más, que es una manera vergonzante de ocultar que son conservadores y confesionales católicos, por más que vayan a Cádiz a gritar ¡viva la Pepa! como hicieron Zaplana, Acebes y Aguirre. ¿Dónde estaba el discurso moderado, de centro, el llamamiento de Rajoy a todos esos españoles que se sienten decepcionados por Zapatero, en su intervención del debate de la nación? En ninguna parte, por lo que cabe presumir que algunos de esos que están decepcionados piensen que Zapatero ha aprendido la lección de ETA y del nacionalismo y que no volverá a caer otra vez en esas redes. En cierta manera es lo que vino a decir Zapatero al electorado de centro, hablando de errores y rectificaciones. Y al final, puede que ese electorado se divida en tres partes: 25 por ciento para Rajoy, 25 por ciento para Zapatero y 50 por ciento para la abstención, que seguramente fue el partido virtual que verdaderamente ganó el martes el debate de la nación.
O sea, Rajoy, lleno de razón, sigue por la senda del tremendismo, desprecia el centro, no presenta su programa, no hace la moción de censura, no convoca el Congreso del PP —le da tanto miedo como pereza—, no cambia a Acebes y Zaplana por Rato y Gallardón, y todo se lo juega a que el Espíritu Santo ilumine las mentes de los votantes de centro y de centro izquierda el día de las elecciones, o a que ETA le dé definitivamente la razón publicando las actas de negociación con Zapatero y desatando una oleada de atentados que ponga en evidencia las cifras que, imprudentemente, utilizó Zapatero para decir que en esta legislatura hubo menos muertos, porque quedan ocho meses en los que tanto ETA como Al Qaeda podrían organizar una matanza como la del Hipercor o del 11M.
Rajoy va a su aire, él es así —dicen en su equipo—, no quiere mover fichas, ni correr los riesgos que debe correr, ni tampoco parece consciente del poderío mediático de sus adversarios y de los publicistas de la Moncloa, que desempeñan un definitivo papel a la hora de calentar los ánimos ciudadanos, o de decir quién ganó o perdió el gran debate de la nación. Rajoy está a verlas venir, pendiente del revolver de ETA, de un milagro, o de que se confirme la profecía de que quien gana las elecciones municipales suele ganar las generales, un tufillo optimista que le llega a la nariz y que los cocineros de datos y de encuestas —los Arriola y compañía— seguro que le endulzarán todos los días, entre otras cosas para justificar su sueldo y posición. Aunque desde la parte más sensata de la sociedad civil las cosas, seguramente, se ven de otra manera.
Y, ahora, ¿Qué hacer? Pues, como todos, Rajoy se irá de vacaciones a la espera de saber si hay o no adelanto electoral, si Rato quiere o no entrar en política, y si ETA va o no a dar señales de humo, como consecuencia de algún bombazo. Lo que, en ese caso, Rajoy cree que le beneficiará a él, haciendo un macabro cálculo del cuanto peor mejor, que no suele ser del todo una ciencia exacta porque hay acontecimientos que provocan la unión de los ciudadanos con el presidente del Gobierno, salvo que les mientan, o se ausenten y alejen del lugar de los hechos y de la verdad, que fue lo que hizo Aznar en el 11M, con la ayuda notoria de Acebes y Zaplana, que ahí siguen con la teoría de la conspiración del 11M, sobre el que se espera una sentencia condenatoria para los islamistas y la trama asturiana de la dinamita para el mes de octubre, dando un sonoro revolcón a todos los conspiradores político/mediáticos. Un buen momento para que Zapatero haga coincidir el fin de la conspiración con la convocatoria electoral haciendo sonar toda su orquesta mediática, que para eso está. Como Rajoy, a su aire, lejos del centro y del sector más decisivo de la sociedad.

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