EL ESPECTADOR
Erase una vez un país de ladrillo electrizado en el que dos raras especies se disputaban los caramelos y las carantoñas. A un lado, los Gremlins, liderados por Rajoy; al otro, los Teletubbies, encabezados por Zapatero. Los primeros eran amables cuando estaban en el centro (de eso hace siglos) y terriblemente broncos cuando se mojaban o comían algo después de medianoche. Los segundos, en cambio, se dedicaban a repartir abrazos por doquier ( "¡un abrazo!" es su grito de guerra), entre los cuales, a veces, se colaba algún puñal traidor. Los habitantes de esa tierra fantástica debían escoger entre unos u otros para dejarse columpiar. El panorama no era precisamente para reventar de gusto. Porque los Teletubbies exageraban su bondad hasta convertir la realidad en papilla y los Gremlins golpeaban y gritaban tanto y tan duro que, al final, todo perdía sentido, incluso la verdad.
A pesar de los esfuerzos de los llamados periféricos, verbigracia Duran Lleida o los caballeros del PNV, asistimos hoy a una fábula regida por la lógica cruzada de Gremlins y Teletubbies. Es fábula y no drama, lo cual consuela. Porque la sociedad española está por otras cosas, espero. Por ejemplo, al personal le preocupa que nadie sepa qué hacer con la inmigración que nos desborda diariamente. Este asunto apenas ha ocupado unos pocos minutos en el debate de política general en el Congreso de los Diputados. Entre la música celestial de la España zapateriana y el hardcore gótico del aznarismo, han pasado por alto eso que los programas matinales, los demagogos y los consultores llaman "lo que de verdad interesa a la gente".
Algunas almas de bien esperan la llegada de una tercera especie que, entre la blandura tramposa del teletubbie ZP y la crispación mendaz del gremlin Rajoy, señale la salida antes que la Nada nos deje completamente secos. De momento, mientras Duran Lleida invoca, sin que le escuchen, la tercera España moderada y responsable, los únicos que se postulan para andar por este carril son los dirigentes de Basta Ya (con o sin Ciutadans), lo cual es un sarcasmo posthistórico que hará las delicias del profesor Paul Preston, estudioso de los pobres que quedaron atrapados, hace 70 años, entre la estupidez roja y la estupidez azul.
La verdad -y perdonen la dispersión fruto del calor-, tampoco nos pongamos tan serios. Olviden el cine americano. Con los payasos de la tele de nuestra infancia nos basta y nos sobra para decodificar el corral. El cara a cara entre Zapatero y Rajoy del martes me recordó mucho esa bonita canción que entonaba Fofó al calor de la transición: "¡Hola, don Pepito, hola, don José!". Al españolito medio ya no se le hiela el corazón por la mala política, simplemente cambia de canal, se va al centro comercial con los niños o se pega una siesta de tomo y lomo.

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