Si no se lo ha pensado mejor, el PP obligará hoy a los grupos parlamentarios a retratarse sobre su propuesta de retirar la luz verde para un final dialogado de la violencia -mayo de 2005-, base legal y política del fracasado intento del Gobierno para acabar con ETA por las buenas. En la misma propuesta de resolución, tal y como quedó redactada ayer tarde, el PP insiste en reclamar del Gobierno la entrega de las actas de sus reuniones con la banda terrorista.
Las dos peticiones se agotan en sí mismas porque no tienen la menor posibilidad de ser aprobadas. Pero el propio hecho de presentarlas y su seguro rechazo en la Cámara nos permiten elevar a definitiva la conclusión derivada del discurso de Mariano Rajoy, el martes por la tarde, y su durísimo cruce con el presidente del Gobierno en el debate sobre el estado de la Nación: la ruptura del alto el fuego por parte de ETA ha roto el discurso del PP o, al menos, le ha ocasionado serios desperfectos.
Si los dirigentes del principal partido de la oposición quieren recuperar el pulso harían bien en asumir cuanto antes que su capacidad de maniobra, cuyo eje era la impugnación de la política antiterrorista de Zapatero, ha quedado visiblemente disminuida desde el comunicado difundido por ETA el 5 de junio. Quien haya mirado con cierta distancia lo ocurrido en el debate se habrá dado cuenta del achique de espacios que la frustración de ETA ha producido en el discurso del PP. Sin atentados, su apoyo será el vacío. Y con atentados, solo le quedará alinearse con el Gobierno.
Todo lo cual viene a demostrar que, desde el punto de vista político y electoral, efectivamente, los tratos del Gobierno con ETA, perjudicaban a Zapatero y favorecían a Rajoy en tanto éste los convertía en resorte argumental para el desgaste del adversario político. No es ningún secreto que el PP ha encontrado hasta ahora en ese caldo de cultivo, oportunamente agitado por sus medios afines, sus más eficaces argumentos para mantener a la defensiva al Gobierno y al PSOE durante los tres años de esta Legislatura inacabada.
Todo eso es lo que empezó a cambiar con la ruptura del alto el fuego y el portazo del Gobierno a los terroristas. Las declaraciones de Rajoy tras su encuentro con Zapatero en Moncloa nos hicieron concebir la esperanza de que el PP daba por terminada su ofensiva contra el Gobierno y, ante las amenazas de ETA, se sumaba a la unidad de los demócratas y se ofrecía a colaborar con Zapatero "para derrotar a ETA". Por desgracia, no era verdad. Cuando ni siquiera ha pasado un mes de aquella entrevista, ya sabemos que la tregua anunciada por Rajoy sólo era una parada técnica.
El debate sobre el estado de la Nación ha sido una ocasión para verificar que el escenario cambió el 5 de junio, por desgracia para el PP, y que lo del 11 de junio, la mano tendida de Rajoy para "derrotar a ETA", era un espejismo, por desgracia para los españoles en general, que reclaman la unidad de los partidos políticos en la aversión al común enemigo terrorista.
Y si había dudas, quedan despejadas con estas inútiles propuestas de resolución contra el final dialogado de Eta y en demanda de las dichosas actas. En las actuales circunstancias, esas iniciativas ya no perjudican al Gobierno sino al PP.

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