En “el discurso más doloroso de su vida”, y probablemente el más duro que ha pronunciado en el Parlamento desde que fue elegido presidente del PP, el líder de la oposición, Mariano Rajoy, ha pedido al presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero que disuelva cuanto antes las Cortes Generales porque su mandato no concluye en el mes de marzo sino que “ha concluido ya”. Es más, le ha pedido que tome el camino del Palacio de la Zarzuela para presentar su dimisión a Su Majestad el Rey.
“La única decisión suya que puede tener interés para la gente es la fecha de las elecciones. Para todo lo demás carece de crédito. No ha acertado en nada de lo importante y ha logrado que en su gestión sobresalga lo negativo. Su Gobierno representa un paréntesis, una triste pausa en la evolución de la España democrática. Deja la nación en peor estado de cómo la encontró y ya nadie espera que la mejore.”
En un tono realmente duro, descarnado, en el que ha intentado minar toda la credibilidad como político y como presidente del Gobierno, sin ningún tipo de concesiones, propio de una moción de censura y no de un debate sobre el estado de la nación, el líder de la oposición ha atacado los principales flancos del presidente del Gobierno y ha sido implacable en todo lo referente al “proceso de paz”, a la política internacional que está desarrollando, a su actitud ante los soldados muertos en el Líbano, al futuro de Navarra que ya lo liga inexorablemente a Nafarroa Bai, a la falta de presencia pública presidencial en los momentos claves, a la Ley de Memoria Histórica, a lo que ha bautizado como “amaño con los terroristas” en las conversaciones con ETA y a las reformas territoriales (la mayoría de ellas aprobadas por el PP), diseñadas por Zapatero después de haber “jugueteado con la estructura del Estado como un niño con un mecano” y haber creído que “esto de España, el Estado, la nación, la soberanía, son piezas discutibles y prescindibles que se pueden desmontar a capricho sin consecuencias”.
El discurso de Rajoy, brillante, duro, inmisericorde con su adversario, debería haber terminado, por la lógica interna de su intervención, por los argumentos utilizados ante la gravedad de la situación, con la presentación de una moción de censura.
Ante un Zapatero optimista que ha presentado un panorama idílico de la situación española, con excelentes resultados económicos pero con problemas realmente graves que han sido obviados, un Rajoy tronante ha hecho una crítica demoledora de tres años de mandato, pero no ha presentado ninguna propuesta que ante la opinión pública sirva para reforzar su capacidad de liderazgo.
Si en vez de un debate sobre el estado de la nación la de hoy hubiese sido una sesión de una moción de censura (¿para cuándo esa censura si realmente la situación del país es tan catastrófica como ha presentado el líder de la oposición?), Mariano Rajoy hubiera tenido que presentar una alternativa de Gobierno con un programa concreto y con unos objetivos definidos.
Gran parte del discurso del líder de la oposición responde a un estado de ánimo de parte de la opinión pública, pero esa misma opinión pública sigue sin conocer cuáles son sus propuestas sobre la economía, la vivienda, los derechos sociales, la inmigración, la política internacional, la seguridad ciudadana, la educación…
El debate abre, de hecho, la campaña electoral para las generales, que Rajoy quiere que sean cuanto antes en unos momentos en que el presidente del Gobierno, en la peor situación de su mandato, quiere agotar la legislatura con un nuevo impulso y una nueva agenda política que le sirva para recuperar parte de la credibilidad perdida, especialmente por el fracaso del “proceso de paz” (o se hacen públicas las actas de las conversaciones o se disuelven las Cámaras, ha sido la única propuesta de Rajoy) y por la reforma de algunos Estatutos de Autonomía, como el catalán, pendiente de recurso en el Tribunal Constitucional.
La intervención de Rajoy, cortante como un cuchillo, devastadora, no ha sido seguida de ninguna otra propuesta, de ningún proyecto, de ninguna alternativa, y rompe definitivamente los débiles puentes que se establecieron en el encuentro de la Moncloa hace poco más de un mes. Ya se han roto definitivamente los puentes, aunque la verdad es que esa falta luna de miel ha durado demasiado…

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