EL VOYEUR

Paul Bowles explicó con lirismo y precisión en El cielo protector las existenciales diferencias entre el turista y el viajero. Yo tengo alma de lo primero, tan prosaico y desdeñado ello. Cuando era muy joven, el principal motivo de que viajara a otros países no era descubrir y palpar las maravillas del ancho mundo, sino ver las películas prohibidas por la siniestra censura de este subdesarrollado país. Si había tiempo también me fijaba en paisajes, monumentos, olores y nativos. Ahora, lo que más me preocupa es que la comida sea excelente y más que confortable el hotel. Soy así de banal. No llego ni a turista.

Y siento un escalofrío de piedad al escuchar el testimonio de los vecinos y amigos de esas siete personas asesinadas en Yemen porque a Alá le ha dado la gana. Cuentan que soñaban todo el año con la aventura de viajar por lugares exóticos, fuera de las rutas convencionales del turisteo. ¿Qué intolerable ofensa habían causado estos ilusionados viajeros a las fanatizadas bestias de Al Qaeda para que les arrancaran la vida? Kurtz, aquel ser trágico e inmerso en el corazón de la tinieblas, sólo podía balbucear «horror, horror» para definir lo que había visto. Se le entiende todo, no necesitaba añadir más.

Cuentan que los ingleses están comprensiblemente acojonados al descubrir que los angelitos que pretendían montar el Apocalipsis en Londres no eran ágrafos, ni analfabetos, ni embrutecidos dispuestos a cargarse a todo tipo de infieles en nombre de su bendecida yihad, sino que eran médicos y ciudadanos de comportamiento modélico. Que mosqueo si los que espantan a la muerte, alivian el dolor, intentan sanar al prójimo, pelean contra la enfermedad, han decidido convertirse en carniceros de inocentes. Es menos inquietante imaginarse al monstruo echando espuma. Jamás con una bata de galeno.

¿Y el Debate sobre el estado de la Nación? Pues da risa. Rajoy, ese profesional del negativismo, berreando el Apocalipsis y Zapatero recordándonos que por fin vivimos en un mundo feliz. No ya los banqueros y los grandes empresarios, castas que no entienden de ideologías sino de escandalosos beneficios, pactados con cualquiera que aspire al poder, sino también los pringados, los que pueden llegar a viejos sin haber conocido un trabajo fijo, las infinitos esclavos de los contratos basura. Todo está atado y bien atado, que diría el Generalísimo.

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