TIEMPO RECOBRADO

Hegel vivió tiempos convulsos. Su obra estuvo marcada por el hecho que conmocionó a los intelectuales de la Europa de aquel tiempo: la Revolución Francesa. Antes de morir a causa de una epidemia de cólera en 1831, Hegel pudo ver la desaparición de la monarquía borbónica de Francia y los movimientos liberales que sacudieron el continente unos meses antes de su fallecimiento.

Fue probablemente la Revolución Francesa el acontecimiento que inspiró sus famosas leyes de la dialéctica. Hegel veía la antítesis en la monarquía absoluta, la tesis en el poder revolucionario y la síntesis en un nuevo Estado -el prusiano- que superaría las contradicciones entre ambos opuestos.

Hegel creía en el Estado como la encarnación de la racionalidad, una idea equívoca que algunos como Popper han interpretado como una legitimación del totalitarismo. Pero Hegel jamás fue tan allá. Simplemente se limitó a subrayar que la Historia avanzaba inexorablemente hacia lo absoluto, entendido como superación racional de todas las contradicciones.

Fueron los idealistas Hegel y Feuerbach -y no Marx- los que formularon el término de «falsa conciencia», entendido como la incapacidad del individuo para comprender los procesos históricos y sociales.

Hegel acuñó el término «astucia de la razón» para reflejar el autoengaño de los hombres que creen estar haciendo la Historia cuando en realidad son víctimas de ella. La Historia acaba por burlarse de estas pretensiones, poniendo a cada uno en su lugar.

El filósofo de Tubinga estaba probablemente pensando en Robespierre, brutalmente superado por los acontecimientos y víctima de la dinámica que él mismo había suscitado. Pero nosotros tenemos mucho más cercano un ejemplo que ilustra sobre esos espejismos de la razón. Se llama José Luis Rodríguez Zapatero, que ha sufrido una «cruel burla del Espíritu del Mundo» por expresarlo con las mismas palabras de Hegel.

Zapatero creyó que podría negociar con ETA y lograr que abandonara las armas. Creyó que el Estatuto de Cataluña serviría para aplacar la voracidad del nacionalismo. Creyó que podría aislar al PP mediante un cinturón de hierro. Creyó que podría reescribir el pasado para legitimar su sectarismo. Creyó que podría poner una vela a Dios y otra al diablo con su política exterior. Y creyó que podría dominar el poder judicial para ponerlo a su servicio.

Muchos de estos errores ya los cometieron gobernantes anteriores. Pero ninguno como Zapatero -que raramente reconoce una equivocación- se autoengañó creyendo que iba navegando con el viento a favor de la Historia cuando en realidad estaba reproduciendo lo peor de nuestros demonios familiares. La astucia de la razón se está vengando de Zapatero, que ayer realizó en el Congreso un balance triunfalista de su pobre gestión que pone de relieve que el poder le ha endiosado y que es incapaz de soportar la crítica.

© Mundinteractivos, S.A.