AQUI NO HAY PLAYA

Puede que el último cronista salvaje de Madrid sea Alberto García-Alix, que es de León. Tiene algo de aquel Hunter S. Thompson que retrató la sociedad estadounidense acuñando el periodismo Gonzo, algo así como escribir con una canana de barbitúricos, pegando tiros flipados en el folio hasta armar un reportaje desgarrado, doloroso y cierto. García-Alix, a la manera de la vieja canalla extinguida, nos ha ido descubriendo la ciudad sacando chispas con las botas en la acera. Tiene el esqueleto astillado, las manos anchas y la voz perforada por la noche, el insomnio y el humo. Su vida ha sido, hasta ahora, un pasote, pero lo que nos queda de él son unas fotografías algo sobadas por exceso de escaparate, pero que son hoy el mejor mapa del ferial humano del Foro. Cuenta que empezó a disparar la cámara a voleo, con una libertad inconsciente y sin pretensiones. Así fue descubriendo que hay un modo de mirar el mundo que no requiere más que disposición en el ojo, el alma partida y el corazón cansado.

Tiene álbumes con un censo abundante de cadáveres, negativos que puestos en fila son un cementerio donde reposan los suyos, su tripulación ya sin canto. Sabe que es un superviviente de aquellos barrios de entonces, donde los únicos peatones del alba eran los yonquis, los boqueras con la tiritona encima y brazos tatuados en una tinta azul de heroína mal cortada. Pero extrañamente él sobrevivió a contracorriente, a contraluz, en dirección contraria. Conoce bien el infierno. Se ha autorretratado en él. Sus fotografías tienen la electricidad de una postal torcida, de las gentes que estaban y están en el underground auténtico, en los sótanos gloriosos, en la penumbra de un Madrid muy lejos ya de esta ciudad precocinada y homeopática.

García-Alix destila la melancolía de los chungos, la tristeza seca de los tipos duros. Ese espíritu recorre también sus instantáneas, donde hay putas desveladas, niñas en cinta, moteros en flor, un gato tuerto... No sabemos (ni importa) si la fotografía ha sido en él un exorcismo, pero lo es en nosotros. La Transición suburbial la vivió este hombre con una cámara al hombro y un trapicheo siempre en la punta de los dedos. Pertenece a la tribu de los hijos del limo, aquellos que pasaron del casticismo y en su organillo enchufaron el Heroin de Lou Reed para escándalo de la peña bien peinada. El suyo es un Madrid desbaratado y mortal, que dijo alguien. Hace la ronda de la noche con una cofradía reciclada y una mujer en la trasera de la Harley. Ahora anda en el cine, volcando allí todo el dolor y el escalofrío. Pero para algunos será siempre el narrador de una verdad muy bien mentida, de cuando en los bares de la ciudad aún había percheros de boinas y la modernidad era andar sin rumbo fijo, tirando una foto aquí para contar no se sabe qué, quizá su penúltimo naufragio, tanta feliz deriva.

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