Terapia

La empresa NH aprovechó la remodelación de su hotel de la calle de Alcalá para convocar a 40 privilegiados, escogidos por un equipo de psicólogos, que destruyeron con mazas y martillos varias plantas del establecimiento

Que tu jefe te sobrecarga de trabajo?, ¿Que te abruman las responsabilidades?, ¿Que no tienes tiempo ni de ir a la compra? ¿Y además te cae la bronca por no rozar la perfección? Dos opciones: o te vas a vivir a una comuna hippie olvidando toda tu vida laboral anterior, o te adscribes a una iniciativa como el deroombing, la revolución en terapias antiestrés. Bien protegido con casco, mono, guantes y mascarilla, y armado con un buen martillo, te curas los males demoliendo todo lo que pilles a tu paso. Ayer, el hotel NH Alcalá sucumbió ante la furia de 40 estresados. Cayeron televisores, baños completos, cristales, paredes, camas y hasta una bajada de agua -con ligera inundación, de paso-. Desapareció el restaurante del hotel. Los pasillos fueron arrasados. Como la zona cero del estrés.

«¿Daños? ¡Cuantos más mejor! Había un plan B por si alguien rompía lo que no debía», explicaba ayer con humor y entre martillazos Enrique Tellechea, director de marca de NH. «La idea surgió porque muchos clientes nos decían que se prestaban a destrozar las habitaciones cuando quisiéramos cambiarlas. Cogimos esa idea y la convertimos en esto».

Esto comenzó con un anuncio aparecido el pasado mes de junio en prensa: NH convocaba a estresados a demoler su hotel de la calle de Alcalá. La empresa aprovechaba la remodelación de uno de sus establecimientos para lanzar la revolucionaria terapia. A la llamada de la cadena, contestaron cerca de 1.000 personas. Tras superar un sinfín de pruebas, las últimas ayer por la mañana, fueron 40 los privilegiados que lograron ostentar el dudoso honor de ser los más estresados y, por consiguiente, pasar a demoler el hotel. «Hemos contado con un equipo de psicólogos, que es el que ha elegido los perfiles en los que concurrían distintos niveles de estrés», apunta Tellechea.

El grupo resultante ha sido ecléctico. «Tenemos todo tipo de gente: el estresado clásico, el ejecutivo con mucha presión laboral, hay profesores, personal sanitario, gente con desengaños amorosos, taxistas, funcionarios... Hay un poco de todo». Laura García Agustín, la psicóloga al frente de todas las selecciones, confirmaba el dato: «La mayoría son personas con muchas actividades a la vez, hay varias amas de casa que también trabajan fuera de casa, tienen hijos y otras cargas familiares».

García Agustín era la encargada de seleccionar al equipo final de destructores. Con la ayuda del actor Eduardo Aldán, que funcionó como maestro de ceremonias, les recibía en grupos de seis. Primero tenían que golpear un putching ball con la cara de un jefe cabreado mientras gritaban el motivo de su estrés. La falta de tiempo, el amor, los exámenes y hasta la M-30. Todas esas cosas que les habían llevado hasta allí.

Tras ese primer desalojo de adrenalina, se le puso a cada uno un pulsómetro para medir su frecuencia cardiaca. Y, por último, un rápido test sobre situaciones límite vividas en los últimos doce meses. Al finalizar, la psicóloga dictaba sentencia y asignaba las habitaciones que, por parejas, iban a poder demoler.

La 205 y la 206, en la segunda planta, estaban soleadas, limpias y perfectamente equipadas cuando la maraña de medios -había más de 100 periodistas acreditados, entre ellos japoneses, europeos y norteamericanos- llegó pasadas las once de la mañana. En el suelo esperaban cientos de cascos, gafas, botas, monos de trabajo y mascarillas para evitar tragarse el polvo de los escombros. «No hay riesgo. Llevan toda la equipación profesional necesaria y en cada habitación hay un operario que indica lo que se puede y lo que no se puede romper».

Ricardo, uno de esos operarios, profesional de la construcción, estaba un poco alucinado. «Nosotros lo de las demoliciones lo solemos hacer con máquinas», dice con ironía, antes de dar las indicaciones elementales. «No toquéis los apliques, que están conectados a la luz. Sólo podéis golpear las paredes que están señaladas con una cruz. Y tened sentido común».

Pero ya se oye. Cataplum, crash, ¡pumba! Y cientos de cristales explotan contra el suelo. Es brutal. Ander, estudiante donostiarra, cambia la expresión inicial de timidez por otra cercana al histerismo. «Mira qué goterones de sudor, ¡pero qué subidón! Es una experiencia muy divertida. Al principio te cortas un poco, porque darle un mazazo a una tele... pero luego, en cuanto das el primero, te animas, te animas y... ¡ale!». Con lo que más ha disfrutado -y en esto están de acuerdo casi todos los derombers- es con «el espejo del baño y la mampara». Todo «lo que se hace añicos inmediatamente», apunta Gala, otra destructora. Ander recupera la mirada. «Si me dejan otra habitación, rompo otra», dice, y desaparece por los escombros. A la vuelta, Jorge parece que hubiera echado mano de sustancias ilegales: «¡Esto es maravilloso, originalísimo, es como 30 años de terapia! ¿Dónde hay más?».

Por todas partes hay trozos de pared, cristales y locos que van de un lado a otro con su maza o su martillo. «La experiencia ha ido muy bien», continúa Gala. «Mucho más fácil de lo que yo pensaba. La próxima vez no llamo a un fontanero, ya rompo el sanitario yo. ¡Te da como taquicardia!».

Mientras, en las plantas superiores del hotel la vida continúa. Los huéspedes se han tomado los ruidos con humor, alguno hasta se ha prestado a participar. Y Tellechea sólo quiere que todo termine. «Organizar este evento sí que genera estrés. Estoy deseando que acabe para empezar yo con una habitación que me he guardado».

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